Innocentia XXXII
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XXXII

XXXII

Sucaelo

Antyllus salió del templo de Esculapio, donde los enfermos más graves pasaban la noche en la cella, esperando que el dios intercediera por ellos para curarlos.

Los establecimientos y las tabernas habían cerrado hacía unas horas.

Las calles estaban vacías y lo recibieron silenciosas, bajo la escasa luz de unas pocas antorchas.

Comenzó a caminar hacia la ínsula donde vivía, envuelto en sus pensamientos, cuando sintió unas pisadas a su espalda.

Se detuvo y se volvió, pero no había nadie.

El griego continuó caminando. Lo más probable era que el cansancio tras las largas horas atendiendo a pacientes le hiciera escuchar y ver cosas donde no las había.

No era la primera vez que sufría un robo, pero esa noche no podía permitirse desprenderse de lo que llevaba.

Agarró con fuerza su zurrón. Estaba cerca de su ínsula.

De nuevo, el viejo médico se detuvo al oír no solo unas pisadas, sino también el ruido de un animal y un crujido que no supo identificar. Se ocultó en un pequeño callejón. Los sonidos resonaban con más claridad. Estaban muy cerca.

No llevaba nada para defenderse, así que extrajo la pequeña bolsa de cuero que portaba y la ocultó en el suelo, entre lo que le parecieron dos piedras. Si le robaban, al menos no se llevarían sus medicinas.

Al fin, se atrevió a mirar. El crujido provenía de uno de los carros que recogían la basura de la calzada y los pasos eran los de los stercorarii , los hombres que limpiaban las calles.

El gruñido brotaba de los hocicos de los cerdos atados al carruaje, que husmeaban restos de comida entre los desperdicios.

Antyllus exhaló aliviado, sintiéndose ridículo.

Cientos de veces se había cruzado con los encargados de adecentar las calles y, sin embargo, no los había reconocido.

Quizá porque esa jornada había trabajado demasiado.

Al llegar a su ínsula, frotó un igniarium , un pequeño objeto de hierro, contra un pedernal, encendiendo una mecha impregnada en azufre.

Con ella prendió varias lucernas en la pequeña habitación.

Aún tenía trabajo por hacer. Quería dejar constancia en sus escritos de los avances de algunos de sus pacientes y de varios pensamientos sobre nuevos remedios.

Mientras encendía la última lámpara, se sobresaltó al ver una figura en la penumbra del rincón. La mecha encendida le cayó de la mano.

—¡Apágala! —ordenó la voz de Aquilio desde las sombras—. No soporto el fuego.

—¡Por Esculapio! Casi me matas de un susto —murmuró Antyllus mientras pisaba la llama—. A mi edad, no es prudente alarmar tanto al corazón.

—¿Lo has traído? —preguntó la figura avanzando hacia la luz.

—Primero, deja que te examine, Claudio.

Aquilio se acercó a las lucernas. Aún lo incomodaba, incluso aunque fuera un médico, que alguien viera su nuevo aspecto. Antyllus lo examinó en silencio; las quemaduras parecían estar cicatrizando, el tejido se estaba endureciendo, aunque las marcas seguían frescas y el peligro no había pasado.

—Tienen buen aspecto. Ya no perderás humores, aunque necesitarás limpieza en el templo para retirar los tejidos muertos —dijo.

Aquilio calló, pero el heleno percibió el temblor en sus manos, el brillo febril en sus ojos. Un hedor a vómito lo envolvía.

—Pero hay algo que me preocupa más —añadió examinando el único ojo del quemado—. Tienes la pupila dilatada, estás empapado en sudor... Te advertí que esto podía suceder.

—Dámelo —ordenó Aquilio impaciente.

Antyllus se levantó y buscó por la habitación, palpando entre sus cosas sin hallar lo que Aquilio necesitaba.

—¡Por Esculapio! Debo de haber dejado la bolsa en el callejón —murmuró.

—¿Qué estás diciendo? ¿Dónde está el opio?

—Iré a por ella. Solo será un momento.

Antyllus salió apresurado, sin notar que Aquilio lo seguía a escasa distancia.

Ya no confiaba en nadie, ni siquiera en el galeno que lo había salvado.

Amparado en la oscuridad de la noche y buscando las sombras que producían las antorchas, lo persiguió, vigilando cada movimiento de aquel súbdito de Esculapio.

Al verlo desaparecer en el callejón donde había escondido la bolsa, Aquilio entendió que era una trampa y supuso que Tauro lo estaba esperando.

Extrajo un puñal oculto bajo la túnica y se asomó despacio al callejón.

No le pareció reconocer ninguna figura en la oscuridad. No había nadie. Aquello no parecía formar parte de ningún plan.

Estaba a punto de guardar el puñal, pero entonces, del suelo emergió un bulto oscuro justo frente a él. No lo pensó. La tensión lo dominó. Actuó por instinto y hundió la hoja sin mirar dónde la clavaba.

El médico se levantó en ese momento del suelo y sintió que algo frío le atravesaba la piel.

Un hombre estaba de pie junto a él.

Antyllus notó la calidez de su propia sangre empapándole la túnica. Tentó la herida de donde brotaba. Si hubiera tenido una lucerna, sabría sin lugar a dudas que los humores, esos de los que siempre hablaba a sus pacientes, eran oscuros y, por lo tanto, el daño había alcanzado al hígado.

—Pensaba que me estabas engañando —murmuró Aquilio.

—Al único que he engañado en mi vida fue a mí mismo —jadeó Antyllus.

—¿Puedo hacer algo por ti? —preguntó.

—Déjame morir en paz.

Aquilio caminó de espaldas, despacio. Negó con la cabeza.

Por primera vez en su vida, matar a un hombre lo abrasaba por dentro, más incluso que las quemaduras que tenía por todo el cuerpo.

Aquel médico le había salvado la vida, curado sus heridas y calmado los dolores que lo estaban desgarrando y él, a cambio, lo había recompensado con la muerte.

Pero ya era tarde para lamentarlo. A pesar de ser un sentimiento desconocido, el arrepentimiento no cambiaba lo que había hecho.

Antyllus no pasaría a ser una muesca más en su punzón.

—Que la tierra te sea leve —añadió mientras le arrancaba la bolsa de las manos al médico. Después, se perdió en la oscuridad.

Tembloroso, su víctima se apoyó en la pared del callejón y emprendió el que sería el último viaje hacia su ínsula.

Las piernas le fallaban y cada paso costaba más que el anterior, pero logró subir las escaleras y entrar en su hogar.

Las lucernas aún ardían y, junto a una de ellas, separó la mano de la herida para examinarla.

Al ver la sangre, sintió un mareo. Se dejó caer en su silla, la misma donde había anotado cada avance y cada palabra de frustración por aquello que no había logrado comprender en sus años de práctica.

Sabía que no le quedaba mucho tiempo. Imaginó que su rostro se habría puesto más pálido y, con dificultad, lo escribió en sus papiros.

Siempre había dado a sus pacientes mandrágora para que no sintieran dolor; entonces se dio cuenta de su error, pues él mismo no sentía nada.

Tomó nota, muy despacio, de todo cuanto experimentaba.

Cómo le subía la fiebre, cada espasmo, el modo en que su visión se empañaba y la forma en que su respiración se fatigaba.

Quizá aquello algún día ayudaría a comprender los misterios que se esconden tras la vida de un ser humano.

Su mano iba cada vez más lenta, entre los temblores y el agotamiento que ya dominaban su cuerpo.

Sus ojos empezaron a cerrarse hasta que su mano dejó de obedecer.

Antyllus exhaló su último aliento con el cálamo con el que escribía aún entre los dedos, dedicando sus últimas palabras a lo único que jamás podría repetir: describir lo que veía, lo que oía y lo que sentía un ser humano en los instantes previos a la muerte.