XXXI
XXXI
Gades
Elia cerró la puerta del dormitorio del hombre africano. Cuando salió, se topó de frente con Demetrio.
—¿Qué hacías ahí? —preguntó el leno observándola con desconfianza.
—Lo siento, domine , me he confundido de habitación —respondió Elia inclinando la cabeza.
El hombre la miró con el rostro serio, como si intentara desentrañar si ocultaba algo. Sin embargo, otras preocupaciones ocupaban su mente en ese momento.
—Acompáñame. Ha llegado un grupo de niñas nuevas desde Urgao 1 y quiero que te vean bailar.
La joven asintió, obediente, respiró hondo y lo siguió sin más.
Al llegar al cuarto donde estaban las recién llegadas, Elia sintió una punzada en el pecho: las niñas eran muy pequeñas.
Al ver entrar a Demetrio, comenzaron a temblar; el miedo se reflejaba en sus miradas y recorría sus pequeños cuerpos.
—Déjame sola con ellas, domine —pidió Elia en un susurro.
Su obeso señor arqueó una ceja, sorprendido.
—¿Qué has dicho?
—Solo están asustadas —continuó Elia—. Se adaptarán más rápido y estarán listas para ir a Roma mucho antes si dejas que yo me encargue. Sé lo que están sintiendo. Yo también pasé por esto y sé cómo calmarlas.
Él la miró con incredulidad. Dudaba de aquella joven que había llegado y se había adaptado con tanta rapidez, con tanta eficacia.
—¿Crees que soy estúpido? —preguntó posándose las manos encima de la enorme barriga—. Sé lo que tramas. No pienses que esto te traerá ningún tipo de beneficio.
—Solo quiero ayudarlas a aceptar su nueva vida lo antes posible —replicó la muchacha sin levantar la vista.
Demetrio la miró con frialdad durante un instante, evaluándola, hasta que al fin salió en busca del Africano. Elia se quedó sola con las diez niñas. Una de ellas sollozaba mientras las otras temblaban de miedo.
—Sé que estáis asustadas —les dijo la chica con voz suave—. Pero no os preocupéis, estoy aquí para ayudaros.
Se agachó y trató de consolar a la niña que lloraba.
—Yo también estuve en el mismo lugar que vosotras no hace mucho —susurró—. Fabia, una amiga, me hizo sentir mejor.
Con una caricia en el cabello de otra niña, que se aferró a ella en silencio, Elia intentó calmar a las pequeñas.
—Me quedaré con vosotras hasta que estéis más tranquilas —añadió ofreciéndole la mano a una criatura que la rechazó con recelo—. No iré a ninguna parte... ¿Cómo te llamas? —preguntó paciente.
—Quiero irme a mi casa —contestó la niña.
—Yo también quiero volver a mi hogar —le susurró la adolescente con ternura—. Pero ahora que estoy aquí con vosotras, no deseo moverme de este lugar.
La pequeña la miró con ojos grandes y asustados.
—Me llamo Cornelia.
—Tienes un nombre precioso, Cornelia —aseguró Elia con una sonrisa.
Un rato después, Demetrio regresó y se detuvo a observar a través de un resquicio de la puerta. Las niñas, aún temerosas, habían empezado a relajarse y rodeaban a su bailarina, hablando en voz baja y con menos tensión.
—Si necesitáis algo, solo tenéis que buscarme —les decía la patricia—. Haré todo lo posible para que no os falte nada...
Demetrio, sin que Elia lo notara, escuchaba cada palabra. Una sonrisa tenue se formó en sus labios: tenía frente a sí a una inesperada aliada. En ese instante, el Africano llegó y, al darse la vuelta, el leno dejó de escuchar las últimas palabras de su aprendiza.
El leno entró en la habitación seguido de Massin.
Los ojos del Africano se encontraron con los de Elia, que se levantó de inmediato.
Al ver a aquel hombre de piel oscura y aspecto intimidante, las niñas se pusieron a llorar y se ocultaron tras ella, aferrándose a su vestido.
Las manos de la incipiente maestra temblaban mientras rogaba en silencio para que Demetrio no hubiera escuchado su última promesa.
Estaba convencida de que no la había oído.
De haberlo hecho, su actitud sería distinta.
—Baila —exigió Demetrio.
Elia no lograba desprenderse de las niñas.
Estaban tan asustadas y la aferraban con tanta fuerza que le resultaba difícil separarse de ellas.
Sin embargo, aquella promesa que les había hecho seguía resonando en su mente, una y otra vez.
Demetrio la observaba con atención y Elia bajó la mirada, temerosa de que pudiera leer a través de sus ojos la sentencia que había jurado a las niñas: «Os prometo que muy pronto acabaré con él».