Innocentia XXX
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Sucaelo

Tauro bajó las escaleras de la habitación de la taberna donde se ocultaban, en el otro extremo de la ciudad, lejos de aquella que había ardido.

Al llegar al salón, echó un vistazo a los habituales bebedores; no parecía haber ningún rostro nuevo ni nadie sospechoso.

Solo un detalle llamó su atención: un carpintero reparaba una de las mesas.

Observó al hombre con detenimiento, reconociendo a quien es diestro en su oficio y sabe lo que hace.

—Todo parece en orden. Ve a buscar a Domicia —ordenó a Expositus, pendiente de las manos del carpintero.

El niño asintió y enseguida regresó acompañado por la patricia. En ese instante, el carpintero comenzó a preguntar en voz alta por su bolsa de herramientas; alguien se las había robado.

—Vamos, ha llegado la hora de hablar con el duunviro —dijo Domicia.

—¿Qué llevas ahí? —preguntó Expositus.

—Son las herramientas del carpintero —explicó.

—¿Puedo quedármelas? Me gustaría aprender el oficio.

Domicia lanzó una mirada a su marido, contrariada.

—Tranquila, se las devolveré. Solo es por si las necesito —contestó sin detenerse.

—Por ahí no —advirtió su esposa.

—¿No íbamos a ver al duunviro?

—Así es.

—Aurelio Carisio vive en Corduba. La puerta está en esa dirección.

—No me refería a ese duunviro —corrigió Domicia—, sino al que ha estado ocultándonos información desde que llegamos.

Tito Papirio había salido de su domus en dirección al foro acompañado de su hijo.

Avanzaron por la calle. Los puestos de comida y artesanía llenaban el aire del bullicio habitual de la urbe.

Parvus caminaba erguido, orgulloso, como siempre que acudía al foro junto a su padre.

Al cabo de un rato se volvió, extrañado por el silencio prolongado.

—¡¿Padre?!

El joven retrocedió sobre sus pasos, buscando en los negocios más cercanos. No había rastro de él; había desaparecido.

Tauro los había seguido a corta distancia y aguardó con paciencia el momento oportuno. Cuando Parvus se despistó, colocó un puñal en la espalda de Tito y le susurró al oído:

—No te muevas.

Lo obligó a caminar hasta una taberna cercana, siempre a su espalda, con la hoja presionándole el costado como advertencia.

—Guardaré el puñal, pero si intentas huir o atraer la atención, lo usaré —advirtió con calma.

—¿Qué es lo que quieres de mí? Creía haber dejado claro que no deseaba volver a veros.

El veterano centurión no respondió y entraron en una taberna. Tito saludó a varias personas mientras avanzaba hacia la habitación que Tauro le indicó. Dentro, los esperaban Domicia y Expositus.

—Siéntate —ordenó Domicia.

Tito obedeció.

—Seré sincera contigo —dijo la patricia, sin apartar la mirada de Tito, que la observaba con arrogancia—. Desde que llegamos a Sucaelo, hay algo en tu actitud que no encaja. Pero no eres tú quien me preocupa..., sino Tauro.

El duunviro desvió la mirada hacia el antiguo frumentarius , que se movía inquieto por la sala; supuso que lo hacía para intimidarlo.

—Os pedí que encontrarais a mi hija, no que arrasarais la ciudad —replicó Tito con altivez.

Tauro iba a golpearle, pero su esposa se interpuso entre ambos, erguida.

—Será mejor que empieces a comprenderlo, Tito —dijo Domicia con frialdad—.

Nos suplicaste ayuda y aceptamos venir. Desde entonces no has hecho más que eludirnos y ocultarnos la verdad.

Es como si no quisieras que encontremos a tu hija.

No estamos aquí por ti, sino por ella...

y por la memoria de Marco. No descansaremos hasta hallarla.

Cuando Tauro dio con el lugar donde podían retenerla, lo secuestraron y lo torturaron.

Y no tolero que dañen a quienes amo. Tampoco has hecho nada por defendernos ante el edil, sino todo lo contrario.

Así que, si detecto una sola mentira más, no volveré a interponerme entre vosotros dos.

Tito Papirio apretó los labios y sostuvo la mirada, sin rastro de miedo. En su gesto solo había la soberbia de quien se cree obligado a tolerar, una vez más, la presencia de aquellos a los que tenía por poco más que bárbaros.

—Mi hijo dará aviso en cuanto note mi ausencia. Varios hombres me han visto entrar aquí y esta vez no moveré un dedo para impedir que os arresten.

—Entonces seremos rápidos. Te lo preguntaré de nuevo: ¿de quién es la villa de Mitra?

—Ya te dije que lo desconozco.

Domicia intercambió una mirada con Tauro, quien sacó de la bolsa del carpintero un martillo, sujetándolo con calma.

—Está bien... —cedió Tito retorciéndose en la silla—. Pertenece a Aurelio Carisio.

—¿Por qué nos lo ocultaste? —insistió Domicia.

—Tiene mucho poder. Me destruiría si me hubiese atrevido a ir contra él, y desde luego no dudaría en destruir a mi familia.

—¿Tenéis negocios juntos?

—Aurelio Carisio se dedica a la venta de ladrillos; tiene varios hornos en Corduba y otras urbes. No veo en qué podríamos hacer negocios.

Domicia volvió a dirigir la mirada a Tauro, que esta vez sacó de la bolsa un cepillo de carpintero con una afilada cuchilla.

—La primera vez que estuvimos en tu casa, tu esclavo nos dijo que te habías ido para tratar una venta de aceite en Augusta Emerita. Si este se vende en los meses de octubre y noviembre, ¿cómo es posible que tú lo hagas en mayo?

Tauro tomó la mano de Tito y la colocó sobre la cuchilla del cepillo. El magistrado respiraba con ansiedad, sintiendo el filo en la piel.

—Mi aceite es apreciado... Buscaba acuerdos futuros.

Domicia hizo un gesto para que Tauro soltara la mano de Tito.

—Tengo aún varias dudas que me intrigan —dijo, sin apartar la mirada de su invitado forzoso.

El duunviro suspiró al notar la mano libre de nuevo.

—En todos los municipios por los que hemos pasado, cada aspirante a las elecciones tiene pinturas en su vivienda anunciando su candidatura. Tu casa carece de pinturas electorales. ¿Por qué?

Tauro apoyó de nuevo la cuchilla sobre los dedos de Tito.

—No me he presentado a ningún cargo —respondió con falsa calma.

Ella lo escrutó con sus sagaces ojos y continuó:

—He estado en tu casa varias veces. La puerta tiene un soporte para cerrarla con un hierro. ¿Por qué esa noche lograron entrar y llevarse a tu hija?

—Supongo que el esclavo encargado de ponerlo lo olvidó. Hablaré con él.

—Curioso —continuó Domicia—. He hablado con varias madres de las niñas secuestradas. Todas sus casas poseen el mismo tipo de pasador, pero esa noche, ninguna de ellas lo tenía puesto. Alguna tiene una excusa convincente. ¿Puedes ofrecerme la tuya?

Tito bajó la mirada. Su voz tembló.

—No sé de qué habláis... —murmuró con miedo.

Tauro golpeó la mesa con el martillo.

—Mientes. El siguiente golpe será en tu dedo —advirtió el antiguo soldado, sin perder la calma—. Alguien os avisó para que no lo pusierais. ¿Quién?

—Nadie.

El exlegionario levantó el martillo.

—Está bien... —dijo intentando detener a Tauro—.

Os lo contaré todo... El gobernador promulgó un edictum provinciale , a petición de Aurelio Carisio, donde se prohibía cerrar las puertas por dentro para que, en caso de incendio, los esclavos encargados de la seguridad pudieran acceder y salvar a los ciudadanos.

Domicia arqueó una ceja, escéptica.

—¿Y creísteis ese subterfugio? —preguntó—. Sabíais que os dejaba expuestos.

Tito tragó saliva y asintió con resignación.

—Nunca imaginamos el motivo real detrás de ese edicto —admitió—.

Todos los duunviros lo hablamos, pero el miedo nos venció.

Ese hombre..., Aurelio, vino y nos amenazó con matar a nuestras familias si decíamos que habíamos descubierto la verdad.

Que no era por protegernos, sino para arrebatarnos a una de nuestras hijas.

Además, admitirlo ante el gobernador habría implicado confesarles a nuestras esposas que sabíamos quién estaba detrás de los secuestros.

Domicia se inclinó hacia él.

—¿Sabías que, de haber hablado antes, a las niñas se las habría podido salvar de algo tan atroz como una violación y no lo denunciasteis?

Tito asintió apesadumbrado.

—Jamás nos lo perdonaremos —susurró con la voz rota.

—Entonces, si ya sabíais quién estaba detrás, ¿por qué fuiste hasta Augusta Emerita en busca de Tauro?

Tito tragó saliva, dudando.

—Plautia me obligó a ir a buscarlo y la amo tanto que no pude negárselo. Pensé en decirle que no lo había encontrado, pero al verlo en la taberna, me pareció un hombre abatido, abandonado al vino; no daba un sestercio por él. No contaba contigo, Domicia.

—Continúa —ordenó esta.

—Lo que nunca imaginamos es que una de las niñas, Fabia, escaparía y vendría para decirnos que habían sido prostituidas.

—Yo tardé un día en averiguarlo. No me creo que nadie más no lo pensara. ¿Cuál iba a ser el motivo de secuestrarlas, si no?

—Claro que lo suponíamos. Tú eres una patricia de Roma, Domicia.

Sabes la ignominia y la vergüenza que supone para el honor de una familia un acto de ese tipo; imagina para todo un municipio.

Si Fabia no hubiera regresado, habría sido como vivir en la ignorancia.

Con la duda, pero sin saber realmente qué pasó.

Las mujeres habrían tenido siempre la esperanza de pensar que sus hijas algún día regresarían y nosotros el deseo de que nunca más volvieran.

—¿Preferíais no saber si estaban vivas antes que conocer la verdad? Vuestras hijas están sufriendo mientras vosotros cenáis en vuestros triclinios.

—Hay verdades que ciegan más que la luz del sol. Por eso os ocultamos información... No queríamos que siguierais investigando. Y ahora lamento haberos mentido.

Domicia respiró hondo y, con frialdad, señaló la puerta.

—Vete, Tito. Nosotros seguiremos buscando a las niñas. Cuando todo esto termine, tendréis que denunciar a Aurelio al gobernador y asumir vuestra culpa. Quizá así puedas mirarle a los ojos a tu hija..., si ella alguna vez decide perdonarte.

El duunviro se levantó, afectado.

—Espero que podáis comprendernos. Teníamos miedo de Aurelio. Debía proteger al resto de mi familia. Por favor, no le digáis nada a Plautia; la amo con todo mi corazón y jamás me lo perdonaría.

—No somos nosotros quienes debemos entenderlo, sino vuestras hijas. Ellas son las que os juzgarán por no haber hecho nada cuando debisteis hacerlo.

Tito Papirio asintió y salió.

Domicia observó a Tauro en silencio durante unos instantes.

—¿Qué opinas? —preguntó al fin.

—El miedo siempre nos empuja a ver las cosas peor de lo que son. Pero sé quién tiene todas las respuestas que necesitamos. Creo que ahora sí ha llegado el momento de conocer a ese tal Aurelio Carisio.