XXIX
XXIX
Gades
Las mejores aprendices de Demetrio, las futuras puellae gaditanae , entre las que se encontraba Elia, eran testigos de la reprimenda que caía sobre una de las mujeres del lupanar. Tras ella aguardaba, intimidante, el Africano.
—Por favor, domine . Te lo suplico —rogó Annia, la bailarina más veterana y la encargada de enseñar a las pupilas a bailar.
—Creo que he sido claro —replicó el leno —. No podéis quedaros embarazadas. Os lo he explicado una y mil veces.
—Juro que utilicé los mismos métodos de siempre —insistió Annia.
Demetrio hizo un gesto al Africano. El esclavo comenzó a preparar una especie de brebaje en un cuenco de madera.
—¡No! Por favor, te lo ruego, domine —imploró Annia con la voz rota por la desesperación.
El dueño del lupanar caminó alrededor de las niñas, quienes seguían con la mirada fija en el suelo.
—Si soy capaz de hacerle esto a mi mejor bailarina, imaginad lo que os haré a vosotras —dijo con frialdad para, a continuación, hacer un gesto al hombre de África—. Dale el brebaje.
Este se acercó; la bailarina trató de huir, gritando de terror, mientras dos esclavos la sujetaban.
Annia, en su intento de resistirse, arañó la espalda del Africano, quien no se inmutó, sino que le tapó la nariz con una mano, obligándola a abrir la boca, mientras con la otra le inclinaba el cuenco.
Un líquido espeso y amargo le quemó la garganta.
Los dos esclavos la soltaron, y Annia cayó al suelo con un golpe sordo. Durante un instante, solo sintió el frío del suelo bajo sus mejillas.
Hasta que todo comenzó.
Primero fue un zumbido perforándole los oídos.
Después, las sombras cobraron vida. El aire se volvió espeso, pegajoso, negro.
Los rostros de las crías, antes pálidos y asustados, se retorcieron en formas grotescas.
Ojos sin párpados, bocas que se abrían hasta la mandíbula, dedos que se alargaban como gusanos hacia ella.
Annia gritó, pero su voz se ahogó en el eco de risas que no provenían de ningún sitio y, a la vez, de todos los rincones.
—¡Dejadme! ¡No me toquéis! —aulló arrastrándose hacia atrás.
Las voces acometían ahora desde dentro de su cabeza, susurros en lenguas ininteligibles, gritos de criaturas que no eran humanas. Se tapó los oídos con tanta fuerza que sus dedos se volvieron blancos, pero el sonido no cesaba.
Y entonces lo sintió.
Un movimiento en su vientre, como si algo con garras luchara desde dentro por emerger. Sus manos, trémulas, se aferraron a su propio abdomen.
—¡Sácatelo! ¡Sácatelo! —gritaba arañándose la piel, convencida de que una criatura se retorcía bajo su carne.
Antes de que se hiciera más daño, Demetrio intercambió una mirada con el Africano y, con un gesto brusco, ordenó que la sujetaran.
Los esclavos se abalanzaron, pero Annia forcejeó como una fiera.
Entre cuatro hombres lograron inmovilizarla, aunque sus ojos seguían viendo, sus oídos seguían oyendo, y su mente seguía cayendo en el abismo.
—Voy a repetirlo por si no ha sido suficiente advertencia: si una sola de vosotras se queda preñada, nos haréis perder mucho dinero y mis amos se enfadarán. Recordadlo bien. Si sucede una vez, sufriréis las alucinaciones como Annia. Si ocurre dos veces, juro que acabaré con vuestra miserable vida.
Las niñas estaban paralizadas por el horror. Tenían miedo de lo que el gigante de piel oscura podía hacerles, pero temían mucho más al verdadero monstruo: el que se escondía dentro del dueño de aquel lugar.
La implacable voz de Demetrio resonó de nuevo:
—Antes de cada encuentro, debéis introduciros en la vagina una mezcla de aceite de oliva, miel y resina de cedro.
Y cuando hayáis terminado de servir al hombre que ha pagado por vosotras, os lavaréis con agua fría.
Además, cada día beberéis la infusión de ruda, mirto y mirra. Sin protestar. ¿Entendido?
Un murmullo de asentimiento recorrió la sala. Nadie se atrevía a levantar la cabeza.
Elia se fijó en el hombre de mirada blanca. Tenía sangre en la espalda, fruto del forcejeo con Annia. El siervo se giró, como si pudiera notar que lo observaban, y clavó la mirada en ella. Uno de sus ojos era completamente blanco. Elia sintió que su piel se estremecía y apartó la vista.
—Mañana partís hacia Roma —anunció el dominus —.
He invertido demasiado esfuerzo en vosotras.
Si recibo la más mínima queja, si alguien me dice que no habéis estado a la altura, os buscaré hasta debajo de las piedras.
Y si alguna, a pesar de mis advertencias, osa quedarse embarazada, no os imagináis lo que el Africano os hará. Y ahora, fuera de mi vista.
Las niñas obedecieron y se marcharon.
—Tú no, Elia.
La joven se detuvo en seco, paralizada al escuchar su nombre, mientras las demás continuaban.
Demetrio no habló de inmediato. Avanzó hacia ella con lentitud.
En la sala, sepultada bajo un silencio premonitorio, lo único que se oía eran las pulseras que él hacía tintinear a propósito y, por encima de todo, su respiración, laboriosa, debido a su enorme peso.
Cuando estuvo lo bastante cerca, inclinó el rostro hacia la muchacha, que sintió en su aliento el aroma agrio del vino.
—Sigo investigando cómo tu amiga pudo escaparse. Aún no lo he descubierto, pero si me entero de que tuviste algo que ver, lo pagarás.
—No tuve nada que ver, domine , lo prometo —dijo Elia tratando de que sus manos no temblaran.
—Me ha llegado una carta de Aurelio Carisio. Ha ordenado que no vayas a Roma. Que te quedes aquí.
La pequeña patricia levantó la vista apenas un instante, pero no pronunció palabra.
—¿Puedes explicarme por qué?
—No lo sé, domine —respondió Elia.
—No sé qué hiciste cuando estuviste a solas con él, pero no te saldrá gratis quedarte.
La joven evitó sus ojos, sumisa.
—Sin Annia, eres la mejor bailarina —prosiguió Demetrio, moviendo de nuevo las pulseras—. A partir de ahora, te encargarás de entrenar a las nuevas.
La niña abrió la boca para protestar, pero algo en la mirada de Demetrio la detuvo.
—Quizá quieras experimentar en tu propio cuerpo las mismas alucinaciones de Annia.
—No, domine —murmuró bajando la mirada aún más—. Haré lo que me pidas.
—Ve con las demás. Sal de mi vista.
La muchacha obedeció y caminó hacia la cámara donde dormía con las otras niñas. Allí rasgó un trozo de tela de una túnica vieja. Luego fue al comedor. Esperó. Cuando se aseguró de que nadie la observaba, robó una pequeña frasca de vino y, sin volverse, se dirigió a la habitación del Africano.
La puerta crujió al abrirse. El hombre se incorporó de inmediato, entre sorprendido y tenso. Al verla, dio un paso al frente con el rostro endurecido.
Elia se detuvo. Alzó la frasca y el trozo de tela frente a su rostro, como un escudo. Cerró los ojos, temiendo un golpe. O algo peor.
Pero lo único que sintió fue el portazo seco al cerrarse la puerta tras ella.
—Venía a ver si necesitabas ayuda —acertó a decir.
El Africano guardó silencio. Permaneció inmóvil, a escasa distancia, observándola, como si pudiera leer a través de su piel. Tomó la frasca y el paño sin pronunciar una palabra. Empapó la tela y trató de limpiarse la herida de la espalda, pero apenas conseguía llegar.
La pequeña respiró, por fin, algo más tranquila. Miró a su alrededor con cautela. No había cama y supuso que ese hombre dormía en el suelo. Solo tenía estantes llenos de frascos, raíces secas y ungüentos. En el ambiente había un olor penetrante, a tierra húmeda y resina.
—Si quieres, puedo ayudarte —murmuró en voz baja.
El hombre se volvió.
—Me llamo Elia —añadió, y con delicadeza le quitó el paño de las manos para continuar ella misma.
El hombre no protestó. Se giró hacia uno de los muebles, recogió un puñado de hierbas secas y las mezcló con un aceite oscuro. Intentó aplicárselas, pero la dificultad de alcanzar la herida se lo impedía.
Ella se acercó de nuevo. Lo ayudó, sin hablar, con gestos suaves. El Africano seguía estudiándola en silencio.
—Massin —dijo de pronto.
Elia lo miró, desconcertada.
—Mi nombre —aclaró—: Massin.
—¿Hablas mi idioma?
El hombre asintió con la cabeza.
—¿Y por qué nunca hablas?
—Nunca nadie hablar conmigo, todos creen que soy un monstruo. Hasta ahora. Te estaba esperando.
—¿A... mí?
—Apareciste en mis visiones.