Innocentia XXVIII
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Sucaelo

Domicia salió en dirección a la vivienda de Tito Papirio. Tauro había decidido que harían el camino por separado y se encontrarían allí, para no llamar la atención. Desde el regreso de su esposo, una maraña de pensamientos la acompañaba a cada paso que daba.

La primera imagen que la asaltaba, una y otra vez, era la de aquella maldita villa y lo cerca que había estado Tauro de encontrar la muerte entre sus muros.

Su esposo le había relatado la tortura del escafismo a la que lo habían sometido y cómo, contra todo pronóstico, había logrado escapar.

Desde ese momento, no podía apartar de su mente la visión de aquel sufrimiento.

Solo entonces había tomado plena conciencia del peligro que los rodeaba.

Trató de ahuyentar aquella imagen para centrarse en la segunda causa de su desvelo: Tito Papirio y su fría indiferencia.

Le costaba comprender por qué se había desentendido de ayudarlos ante el edil tras el incendio.

Desde niña, criada en el seno de una familia patricia en Roma, había aprendido el valor del linaje y la importancia del honor familiar.

Pero jamás habría imaginado que, para algunos hombres, ese orgullo pudiera estar por encima del amor hacia su propia hija.

No lograba entender cómo el duunviro había pasado de ser un hombre desesperado, capaz de viajar hasta Augusta Emerita para implorar su ayuda, a mostrar la frialdad con que los había recibido desde su llegada a la ciudad.

Aquel cambio la turbaba tanto como el rumbo incierto que había tomado todo desde que pisaron Sucaelo.

Además, la inquietaba la identidad del hombre que los había atacado en la taberna y que había logrado escapar de Tauro.

Tal como había presentido su esposo, también ella intuía que, tras la desaparición de las niñas, se ocultaban personas muy poderosas.

Respiró hondo, procurando templar el ánimo justo cuando llegó a la vivienda de Tito Papirio. Tauro la aguardaba en la entrada. Intercambiaron una mirada de complicidad antes de llamar a la puerta. Ambos esperaban encontrar, al fin, alguna respuesta.

El esclavo abrió y lanzó una mirada de desconfianza al reconocer a los visitantes. Durante un instante, dudó si debía dejarlos pasar.

Tauro, leyendo la indecisión en el rostro del siervo, empujó la puerta con fuerza y se dirigió al tablinum , ignorando las protestas del esclavo.

Dentro, Tito Papirio se encontraba junto a su hijo. Estaba sellando una carta con su anillo sobre la cera caliente cuando ambos levantaron la vista, sorprendidos al oír voces en el interior de su hogar. Parvus, asustado al ver aparecer a Tauro, se refugió detrás de su padre.

—Yo me encargo, Epicteto —ordenó Tito Papirio—. Antes de continuar con tus tareas, ve a la domus del edil y tráelo junto con los esclavos encargados de la seguridad para que arresten a estas personas.

—Sea, domine —musitó el siervo inclinándose antes de abandonar la estancia.

Tito Papirio se aproximó a un arcón cercano y extrajo un pequeño saco de monedas.

—Supongo que no hace falta decir que ha sido un lamentable error solicitar vuestra ayuda. Os pido, con el debido respeto, que abandonéis esta domus y nos olvidéis para siempre.

—No queremos tu dinero, solo ansiamos encontrar a las niñas —señaló Domicia con firmeza—. Y hasta ahora no nos has ayudado mucho.

—¿Y por eso vais dejando un reguero de cadáveres y quemando tabernas? —replicó Tito Papirio.

—Las niñas estuvieron en una casa al este, llamada la villa de Mitra. ¿A quién pertenece? —inquirió Domicia.

—Nunca he oído hablar de ella. Os recomiendo que salgáis por detrás. El edil vive solo dos casas más arriba —contestó Tito con el rostro serio.

Tauro se acercó hasta quedar a escasa distancia de Tito Papirio; su presencia intimidaba.

—Te juro que no descansaré hasta encontrarlas.

El duunviro retrocedió.

—Tanto si las encuentras como si no, ya nada se puede hacer por ellas —admitió. Sus palabras salieron apagadas.

Domicia frunció el ceño, inquieta por aquella afirmación; no sabía a qué se estaba refiriendo. En medio del tenso encuentro, el sonido de la aldaba resonó con fuerza por toda la casa, interrumpiendo la tensa conversación.

—Supongo que será el edil —añadió Tito—.

Cuando fui a buscaros, lo hice para que encontrarais a mi hija, no para ver mi nombre ligado a cadáveres y edificios en llamas.

Si el resto de los duunviros descubre que los responsables de traer la violencia a la ciudad fueron invitados por mí, la reputación que tanto me ha costado conseguir quedará en entredicho.

Pero mi esposa, Plautia, a quien amo por encima de todas las cosas, jamás me lo perdonaría si os entregara a la justicia.

Por eso os estoy dando una oportunidad de huir.

Parvus se apresuró a abrir la puerta, mientras Tito señalaba hacia una salida trasera.

—Por allí podréis salir —indicó el duunviro invitándolos a marcharse.

Domicia, Tauro y el pequeño Expositus obedecieron y escaparon sin perder más tiempo por la puerta que les indicó Tito.

Una vez fuera, una figura femenina, cubierta con una estola y el rostro oculto, les hizo un gesto para que la siguieran.

Domicia vaciló, pero la mujer dejó caer el velo que le cubría el rostro, revelando su identidad: era Plautia, la esposa de Tito Papirio.

La siguieron hasta el mercado, donde el bullicio de la gente les serviría de refugio.

—Sé que mi esposo ha prescindido de vuestra ayuda —confesó Plautia, con tristeza—. Solo quería despedirme y agradeceros que buscarais a mi hija.

—Y no abandonaremos la búsqueda hasta que la encontremos —aseguró Tauro con determinación.

Plautia suspiró aliviada.

—Tu esposo nos ha dicho que ya nada puede hacerse por ellas. ¿Qué quería decir? —preguntó Domicia.

—Hace unos días apareció una de las niñas, Fabia...

—¿Dónde? —interrumpió Domicia—. Quiero ir a verla.

—Me temo que sería inútil —dijo Plautia con la voz quebrada—. Se quitó la vida hace dos días.

—¡Por todos los dioses, Plautia! Es difícil encontrar a tu hija si no nos decís toda la verdad —reprochó Domicia indignada—. ¿Por qué no nos avisaste cuando Fabia regresó?

—Mi esposo dirá que fue porque el dueño de la taberna que quemasteis interpuso una denuncia para buscaros, pero la realidad es otra —admitió Plautia.

Tauro, impaciente, miraba a su alrededor, buscando signos de los hombres del edil.

—Fabia confesó que todas las niñas habían sido violadas —continuó Plautia—. Las familias más poderosas de la urbe prefieren que sus hijas no regresen. Algunas, incluso, han retirado su apoyo a los padres de Fabia por haber traído esta ignominia a sus hogares.

Domicia cerró los ojos y pensó con rapidez. Era justo lo que tanto había temido. Además, aquello explicaba la frialdad y la distancia de Tito: el miedo a descubrir que su hija, al igual que las demás, había sido mancillada.

—Sabemos desde hace tiempo que esa fue la causa de su secuestro.

¿De verdad pretendéis que creamos que ninguno de vosotros lo sospechó?

—interpeló Domicia con dureza—. Como patricia, yo también fui educada bajo la evidencia de que el apellido no nos pertenece, sino que es legado de nuestro linaje, y tenemos el deber de custodiarlo con pureza por el honor de quienes nos precedieron.

Pero esas niñas no son culpables de los crímenes cometidos por hombres sin alma.

—No sé cómo serán las cosas en Roma, pero aquí en Hispania da igual si las mujeres damos o no nuestro consentimiento. A ojos de los hombres, siempre somos culpables —dijo la madre con tristeza.

—¿Qué clase de vida les espera si no hacemos nada por ellas? —inquirió Domicia.

—Por eso Vitruvia, Cornelia y otras mujeres, incluyéndome a mí, deseamos que nuestras hijas vuelvan con nosotras, aunque sea arrastrando esa vergüenza —contestó Plautia.

—Debemos irnos, Domicia. El edil nos está buscando y no tardarán en dar con nosotros —advirtió Tauro.

—¿Fabia dijo algo antes de quitarse la vida? —quiso saber Domicia.

—Su madre nos comentó que dejó una tablilla de cera con una palabra escrita —explicó Plautia.

Tauro divisó a lo lejos a un grupo de hombres acompañados por alguien que llevaba la túnica de edil. Hizo un gesto rápido a Expositus para que distrajera a los hombres.

—¿Qué ponía en la tablilla? —apremió Domicia.

—Solo una palabra, un nombre: Elia. No es de este municipio , no sabemos quién es.

Domicia miró a Tauro; seguían sin tener gran cosa.

El pequeño Expositus robó una manzana de un puesto, provocando la ira del tendero, que comenzó a gritar. Los hombres del magistrado, alertados por el bullicio, se giraron hacia la escena y se dispusieron a perseguir al muchacho.

—Domicia, debemos aprovechar para irnos —urgió Tauro.

—Antes, necesito pedirte una cosa —dijo Plautia acercándose.

El antiguo frumentarius la miró, invitándola a hablar.

—Quiero que me traigas a mi hija. Si descubres que le ha ocurrido algo, prométeme, por tu amigo Marco, que se lo harás pagar a los responsables.

—Te lo prometo —aseguró Tauro mirándola a los ojos.

Escamado por los gestos de burla de Expositus, el edil, sospechando que todo era una distracción, se giró y reconoció a Tauro, señalándolo con el dedo y ordenando a sus hombres que lo capturaran.

—Domicia, ahora sí..., vámonos. Deprisa.

—Una cosa más —dijo Domicia—. ¿A quién pertenece la villa de Mitra?

—A un hombre poderoso. El edil de Corduba, además de esa, posee varias villas más aquí, en Hispalis... —explicó Plautia con prisa.

Tauro tiró de su esposa mientras los hombres del edil se aproximaban.

—¿Cuál es su nombre? —preguntó Domicia mientras comenzaban a correr.

—Todo el mundo lo conoce —gritó Plautia—. Aurelio Carisio.