Innocentia XXVII
36%

XXVII

XXVII

Sucaelo

Aquilio se despertó sobresaltado. El aire le pesaba en los pulmones, como si mil cuchillas le atravesaran el pecho.

No sabía dónde estaba, hasta que el tormento, agudo y abrasador, lo devolvió a la realidad.

El recuerdo de lo que había ocurrido despertó en su memoria.

Una vez más, había caído en la trampa de Tauro y en esta ocasión por poco le había costado la vida.

Estaba desnudo, apenas cubierto por un calzón.

La rabia se apoderó de él cuando observó que sus brazos y buena parte de su cuerpo estaban quemados.

Algo pegajoso le cubría la piel. Intentó arrancárselo, pero la punzada que sintió fue tan insoportable que un grito le desgarró la garganta.

—Yo no lo haría —dijo una voz, a su espalda.

Aquilio se giró de golpe; apenas veía bien.

—Soy Antyllus, el médico que ha asistido al dios Esculapio para salvarte. ¿Cuál es tu nombre?

—Claudio —mintió.

—Será mejor que bebas esto, Claudio —dijo ofreciéndole una copa con una bebida en su interior.

—¿Qué es? —preguntó escéptico.

—Triaca. Un compuesto hecho a base de opio, jengibre, canela y extractos de origen animal. Te ayudará a sobrellevar esta agonía.

El herido obedeció.

—Los dos primeros días han sido los peores —continuó el médico—. Tu cuerpo estaba al borde del colapso, desollado por el fuego de cintura para arriba y parte de una de tus piernas. Tuvimos que tomar medidas desesperadas para evitar que perdieras los humores...

—¿Humores? —preguntó el falso Claudio.

—Sí, los líquidos que gobiernan el cuerpo —respondió el médico, con la paciencia de quien lo ha repetido mil veces—.

La sangre, la flema, la bilis amarilla y la negra.

Un desequilibrio entre ellos provoca enfermedades, dolores...

o incluso la muerte. Si te quitas lo que te cubre la piel, perderás esos humores vitales.

—¿Qué es lo que me han puesto? —quiso saber.

—Tu estado era muy grave, así que sacrificamos un cordero.

Con retazos de sus entrañas hemos cubierto tus heridas; donde no pudimos usar intestinos, colocamos pergamino húmedo.

—Antyllus carraspeó—. En tu rostro y en tu cuero cabelludo hemos usado el estómago del animal.

Siento decírtelo así, pero no pudimos salvar uno de tus ojos.

Aquilio se quedó petrificado.

—Dame un espejo —ordenó.

—No lo recomiendo. Es mejor acostumbrarse poco a poco...

—¡Un espejo! —insistió.

El galeno fue a buscarlo. Había tratado a lo largo de su vida con cientos de pacientes y sabía el rechazo inicial que las quemaduras causaban en quienes las sufrían.

El paciente miró su reflejo con repulsión y horror.

Tenía la cara completamente abrasada y, donde antes brillaba uno de sus ojos, ahora había una cuenca vacía y oscura.

No tenía cabello, tan solo la piel del estómago del animal.

No se reconocía. Parecía un monstruo. Todo cuanto veía le era ajeno.

Levantó la cabeza, observando a su alrededor.

Una docena de hombres yacía en una hilera de camas, con los rostros demudados por el dolor.

—Sé lo que estás pensando —señaló el médico con tono serio—. Hemos hecho cuanto hemos podido y, por lo que veo, lo hemos hecho bien. Tienes suerte de estar vivo. Has dormido aquí, en el templo, las últimas tres noches. Y, por supuesto, gracias a la intervención del dios Esculapio...

De repente, unos golpes secos interrumpieron sus palabras. Alguien llamaba a la puerta del templo.

—Vuelvo enseguida —indicó Antyllus mientras se dirigía hacia la entrada.

En el umbral, se encontró con un sujeto de aspecto desaliñado.

—¿En qué puedo ayudarte? —preguntó el hombre de Esculapio.

—Estoy buscando a mi hermano —respondió el desconocido, desesperado—. Por favor, dime que está aquí.

—¿Tu hermano? ¿Por qué crees que debería estar en el templo del dios Esculapio?

—Se llama Aquilio —informó el visitante—. Se quemó en una taberna hace varios días. Desde entonces no sé nada de él.

Antyllus lo miró, enarcando una ceja.

—Aquí no está. El único individuo con quemaduras responde al nombre de Claudio.

El hombre palideció.

—Claudio soy yo. ¡Tiene que ser él! —manifestó casi suplicando—. Puede que esté confundido. Es mi hermano. Déjeme verlo, se lo ruego.

Antyllus dudó un instante, pero finalmente asintió; muchos hombres, tras una impresión tan grande, mostraban esa misma desorientación.

—Ven conmigo. Espero que puedas ayudarle a aceptar el impacto que ha sentido al verse el rostro completamente abrasado. Está bastante confundido.

Juntos cruzaron el templo, sorteando camas ocupadas por enfermos con diferentes dolencias, muchos cerca de ser acogidos por los brazos de Plutón, dios del inframundo.

Un paciente detuvo a Antyllus para preguntarle algo.

El hombre que buscaba a su hermano extrajo disimuladamente un puñal de su cinturón, mientras sus ojos recorrían todas las camas y a sus pacientes, rastreando en ellas los rasgos quemados de su enemigo.

Cuando el médico terminó, continuaron andando hasta llegar a la cama de Claudio.

—No puede ser —murmuró Antyllus al ver que estaba vacía.

—¿Qué ocurre? —dijo el hombre con preocupación.

—Estaba aquí cuando he ido a abrir la puerta.

El galeno fijó la vista en la ropa de lino que cubría la cama, ahora manchada con restos de sangre, pus y otros fluidos que desprendían un hedor repulsivo. No podía haberse marchado muy lejos. Se agachó para mirar debajo del catre, pero solo halló polvo.

—¿Hay alguna otra salida? —preguntó el otro con la respiración acelerada.

—Sí, la puerta trasera... —Antyllus se calló de repente al alzar la mirada y ver que estaba abierta—. Debería estar cerrada.

Su interlocutor corrió hacia allá. Ya fuera, solo encontró a un niño jugando con una espada de madera, de espaldas a la puerta.

—¡Dentatus! —gritó Tauro desesperado al salir—. ¿Hacia dónde ha ido?

Expositus se giró, sobresaltado.

—¿Quién? —preguntó asustado.

—¡Por los dioses, Dentatus! ¡Se te ha escapado delante de las narices! Solo tenías que vigilar este acceso.

—¡Por aquí no ha salido nadie! —protestó el niño.

—¡Estabas de espaldas! ¿Cómo lo ibas a ver?

—¡Te juro que por aquí no ha pasado nadie!

Antyllus apareció en ese momento. Algo allí no cuadraba.

—¿Qué es lo que está ocurriendo? Su hermano morirá si no recibe nuestra atención.

Sin hacer el menor caso al médico, Tauro echó a correr por la calle que tenía frente a él. Expositus, insistiendo en que nadie había salido por la puerta, lo siguió de cerca.

Aquilio, instantes después, se incorporó de la cama donde había estado oculto, envuelto en una túnica que se adhería a su nueva piel y le provocaba un dolor insoportable.

Arrastraba el pie quemado y cada paso se convertía en un suplicio que le atravesaba el cuerpo.

Con esfuerzo, alcanzó la entrada principal.

Antes de huir, se detuvo un instante y miró hacia atrás, hacia el lugar por donde había desaparecido el médico.

Aunque las quemaduras le impedían mostrarlo, la ira se dibujó en su rostro: Tauro seguía vivo.