Innocentia XXVI
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Sucaelo

Fabia abrió los ojos de golpe con el corazón en un puño. Su frente estaba bañada en sudor y el pecho le subía y bajaba sacudido por el pánico. Miró a ambos lados y respiró aliviada al reconocer las sombras familiares de su cámara. Solo había sido una pesadilla. Otra más.

Se tumbó de nuevo. Las lucernas, dispersas por la estancia, proyectaban una luz que danzaba sobre las paredes. Nunca había soportado la oscuridad, y mucho menos desde que había regresado.

Lo primero que supo al preguntar por su amiga Pompeya fue que había muerto. Desde entonces, el tiempo se dividía entre largos sueños e interminables horas de llanto.

Por primera vez en tres días, Fabia se levantó de la cama y salió de su habitación.

La atmósfera en la casa parecía inmóvil, como si todo a su alrededor se hubiera detenido.

Los esclavos se hallaban afanados en la preparación de la Neptunalia, la fiesta en honor a Neptuno que llenaba las calles de banquetes bajo el cielo abierto.

Todos agradecían al dios del mar por las aguas que les ofrecía, por eso la domus , en ese momento, estaba vacía.

Bajó las escaleras en silencio, caminando despacio hasta llegar al peristilo. El jardín la recibió con su belleza habitual, como si el tiempo no lo hubiera tocado, como si los meses que habían pasado no hubieran dejado huella entre sus flores. Sin embargo, todo era distinto.

No era solo el entorno. El aroma de las plantas parecía haber cambiado, el arrullo de los pájaros entonaba una melodía extraña y el murmullo de las fuentes sonaba diferente.

Todo en la casa le resultaba desconocido, incluidos los rostros de quienes la habitaban.

Los mismos ojos, pero miradas desemejantes.

Las sonrisas que antes la llenaban de luz, ahora se apagaban con tristeza y ocultaban un misterio que Fabia no lograba comprender; había algo que las volvía distantes.

Se sentó en el banco de piedra, su favorito, aquel en el que había pasado horas contemplando las estrellas. Todo parecía igual, pero qué diferente es un lugar cuando el alma de quien lo habita ha cambiado para siempre.

Un ruido la sacó de sus pensamientos. Voces. Se tensó al reconocerlas. Provenían del tablinum , del despacho de Fabio Balbo, su padre. Se levantó y se acercó al umbral. Algo la detuvo antes de entrar, como si una fuerza invisible la obligara a permanecer oculta.

—¿Qué han dicho los otros duunviros? —preguntó su madre en un susurro.

—Justo lo que te advertí —gruñó su padre, levantándose de la silla con el rostro encendido por la ira.

—¿Saben dónde están el resto de las niñas y no van a ir a buscarlas?

—Por supuesto que no —replicó Fabio golpeando la mesa con el puño—. ¿Qué esperabas?

Fabia se llevó las manos a la boca, ahogando un grito. Poco tiempo atrás, se habría marchado sin escuchar ni una palabra más, respetuosa ante las conversaciones que no le concernían. Pero también eso había cambiado; algo la empujaba a quedarse, a escuchar lo que sus padres nunca le habrían contado.

—Pero son solo unas crías —murmuró su madre, como si intentara convencerse a sí misma—. ¿Tampoco van a denunciarlo al gobernador?

—¡Basta ya! Te dije que esto pasaría, pero tú insististe en que lo contara en la reunión de duunviros. Sabes que no harán nada por salvarlas.

—¡Por todos los dioses! Son sus hijas.

—Puedo comprender que Fabia no lo entienda y por eso haya decidido regresar, pero me sorprende que tú no lo veas. Todo esto es culpa tuya.

—¿Mía?

—Tú eres responsable de su educación. Deberías haberle enseñado que su obligación no es solo la de traer hijos a este mundo, sino lo más importante para una patricia y el verdadero motivo por el que nadie irá a buscarlas: el prestigio de los varones de su familia.

Deberías haberle enseñado que una mujer no debe temer por su cuerpo, sino por preservar, incluso con su propia vida, el honor del apellido de los hombres que la rodean.

—No es justo que me lo reproches a mí —contestó su madre con los labios contraídos, luchando por contener las lágrimas—.

Siempre he tratado de educarla en todo aquello que concierne a las mujeres de su posición.

Pero la vida de esas pobres niñas debería importar más que la memoria o el reconocimiento de todos los que llevaron su apellido antes que ellas.

—Dime que no estás hablando en serio. Tu hija, al regresar y confesar lo que les han hecho a ella y a todas las niñas secuestradas, ha manchado el honor de generaciones enteras.

—Pero esas pobres criaturas no pueden ser responsables de algo que no ha sido culpa suya. Es injusto e inhumano —dijo ella con la voz quebrada, entrelazando las manos sobre las rodillas para contener el temblor.

—Nadie cuestiona a los verdaderos culpables, pero ¿acaso eso importa?

Cuando Lucrecia fue violada por el hijo de Tarquinio el Soberbio, uno de los siete reyes de Roma, se clavó un puñal.

No lo hizo por vergüenza propia, sino porque sabía que su vida ya no era suya: su castidad era un tributo al honor de los hombres que la habían precedido durante generaciones.

—¿Estás insinuando que debería quitarse la vida? —preguntó su madre indignada.

—No te reconozco. Nuestro apellido es como una toga blanca puesta al sol.

Pero ahora, por primera vez, se ha oscurecido, y para siempre.

No ha sido por una derrota en el campo de batalla, ni por la cobardía de un hombre ante sus enemigos...

, sino por el escándalo que tu hija ha traído a esta casa.

Una mancha de lodo que el tiempo no borrará con facilidad.

Fabio se sirvió una copa de vino, se la bebió de un trago y continuó hablando.

—Pregunta a los bustos de nuestros antepasados que vigilan este atrio si hasta hoy alguna sombra había caído sobre nuestro nombre.

Durante años, el linaje que me ha precedido ha mantenido nuestro honor inmaculado.

No el vuestro; sabes tan bien como yo que a vosotras no os pertenece, sino el mío y el del que iba a ser su futuro marido.

—¿A qué te refieres? —preguntó su madre, con un hilo de voz.

—Ayer recibí una carta de Cornelio Marullo —informó su padre con frialdad.

—¿Qué decía?

—¿Qué esperabas? Ha roto el compromiso entre nuestros hijos.

Fabia se tapó los oídos, incapaz de creerse lo que escuchaba. Aquella conversación le estaba desgarrando el alma en mil pedazos.

Su madre hundió el rostro entre las manos, derrotada por la impotencia.

—Sé que es difícil —continuó Fabio, agachándose y posando las manos sobre los hombros de su esposa con gesto resignado—.

Me cuesta decir esto tras haber estado dos meses llorándola.

No digo que no la ame, pero su presencia aquí nos hará pagar un precio muy alto.

Esta mañana todos los duunvirus me han recriminado en silencio que no se haya quedado en Gades .

Que sabiendo lo que le habían hecho, no debería haber regresado. Al menos no tras lo que le ha ocurrido.

La madre de Fabia se incorporó de golpe, apartándose del abrazo de su esposo, como si aquellas palabras le quemaran la piel.

—¡No digas eso! —gritó con los ojos enrojecidos—. ¡No te atrevas!

Empezó a caminar sin rumbo por la sala, llevándose una y otra vez las manos al pecho, al cuello, al rostro, como si buscara aire, como si algo la ahogara. Las lágrimas le nublaban la vista.

—Nuestra hija está viva. —Sollozó desgarrada—. Eso es lo único que importa... Lo único.

—Lo sé, pero... piénsalo, ¿quién querrá casarse con ella ahora? Reconocer ante todos que ha sido mancillada una y otra vez ha traído mucho más que deshonor a esta familia. Desde su vuelta, paso las noches en vela tratando de pensar cómo puedo resarcir el daño que nos ha causado.

—Te suplico que no hables así. No imagino cuánto tiene que haber sufrido.

—No lo dudo —dijo su padre, con amargura, volviendo a abrazarla para consolarla—.

Pero piénsalo bien. Tenemos tres hijos más, y temo que por su culpa nadie quiera estrechar lazos con nosotros.

Si la noticia ha llegado a oídos del prometido de nuestra hija, no es difícil pensar que ya estará en boca de toda la provincia Bética.

Y si es así, temo que afecte a los otros patricios de la ciudad.

Por eso he sentido el peso de las miradas de mis conciudadanos al salir de la reunión de duunviros.

Todos piensan que, por nuestra culpa, Sucaelo podría sufrir una ignominia inimaginable.

La madre de Fabia asintió, despacio y en silencio, como si al fin comprendiera algo que debería haber sido obvio desde el principio.

—No pensé en las consecuencias —dijo con la voz rota, aunque algo más calmada—.

La emoción de ver a mi hija con vida me nubló la razón.

De haber tenido un atisbo de lucidez, jamás te habría pedido que hablaras con los duunviros.

Ni siquiera debería haber mencionado su regreso a las otras mujeres.

Tendría que haberla ocultado, como esas madres que esconden a los hijos a quienes los dioses negaron la luz del entendimiento.

—Por eso tienes que convencerla.

—¿Convencerla de qué? —preguntó su madre, desconcertada, sin saber a qué se refería.

—De que no salga más de esta casa —respondió su padre, con firmeza—. Que desaparezca de la vista de todos, incluso cuando haya visitas. Que olviden que existe. Que nunca más nadie vuelva a saber de ella.

Fabia retrocedió con el corazón resquebrajado. Había oído suficiente. Todo lo que no entendía, lo que no quería ver, ahora se presentaba con claridad ante ella.

En ese momento comprendió por qué las habían violado al poco tiempo de ser capturadas.

Querían asegurarse de que la vergüenza que causarían a sus familias pesara más que la suya propia.

Ahora entendía la razón por la que Elia no quiso acompañarla aquel día y también por la que las demás niñas, salvo Plautia, no regresaron ni intentaron escapar.

Desconocía cómo sería en otros rincones del Imperio, pero aunque no tuviera la culpa de que la hubieran violado, suponía una deshonra para los hombres de su familia.

Se había convertido en un estigma. Y esa era la causa de que todo a su alrededor fuera tan diferente.

Las miradas no eran de lástima, sino de reprobación.

Incluso los rostros afligidos no eran por el dolor de Fabia, sino por el que ella causaba a su familia.

Pasó por la parte trasera de la domus , donde estaban las cuadras, para coger lo que necesitaba. Volvió a su habitación, la misma que había sido refugio de sus anhelos y sus ilusiones. Pero aquellos sueños habían muerto junto con su inocencia.

En una tablilla de cera, escribió una palabra y luego la dejó sobre la cama. Después tomó la cuerda que había cogido en la cuadra y la ató con firmeza al cabecero. Sin pensarlo, se pasó el otro extremo alrededor del cuello.

Miró las paredes de su habitación. Eran las mismas que durante toda su vida la habían protegido y ahora se veían ajenas a ella, distintas, como todo a su alrededor.

Fabia pensó en Gades, en aquel bello atardecer y en el mar. Una inmensa paz recorrió entonces su alma, igual que cuando vio aquel vasto espejo con sus tres tonos azules. Pero, a la vez, supo que sus sentimientos y todo su dolor, al igual que las olas, eran imposibles de dominar.

Su padre tenía razón al evocar el destino de Lucrecia.

La estirpe de una mujer no era suya, sino moneda de cambio para el honor de los hombres.

Todos lo sabían. Nadie dudaba de los culpables.

Pero en aquel instante lo único sagrado que importaba era que aquella mancha desapareciera con la víctima, no con los verdugos.

Y lo único cierto era que ya no deseaba seguir viviendo.

En ese momento saltó por la barandilla al vacío del vestíbulo. Su cuerpo luchó brevemente, con los estertores de una vida que nunca le había pertenecido, hasta que un silencio eterno la envolvió para siempre.