Innocentia XXV
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Sucaelo

Expositus llevaba varios días esperando en el acceso principal de Sucaelo a Tauro.

Quería ir hasta la villa de Mitra para sacar de allí al hombre a quien más admiraba, aunque fuera a la fuerza, pero Domicia se lo había impedido, alegando que no temiera por él, que sabía que tarde o temprano volvería.

Mantenía un ojo atento a quienes entraban por la puerta, por donde su protector había salido unos días antes, mientras con el otro observaba una partida de un grupo de niños que jugaban al latrunculi , el juego de los ladrones.

Sobre un tablero, uno tenía fichas negras y el otro blancas; ambos debían atrapar al dux , la pieza del rival que era diferente a las demás.

El chico miraba sin perderse nada. No era buen jugador, pero le gustaba ver las partidas.

Desde el incidente con el fuego en la taberna, además de gladiador, quería pertenecer al cuerpo de los vigiles , la fuerza encargada de la seguridad pública y la lucha contra incendios en Roma.

Según había oído, los vigiles pasaban largas horas jugando a ese juego y quería aprenderlo todo para no acabar desplumado.

Los niños seguían jugando, tratando de rodear al dux por los cuatro costados para ganar.

El jugador de las fichas blancas gritó de alegría al rodear a su rival en la esquina.

Los niños se levantaron e invitaron a Expositus a que los acompañara a cazar ranas al río, pero se negó diciendo que no podía.

Se fueron corriendo y el vigilante en ciernes se quedó sentado en un montículo que hacía de paso entre las aceras. Justo a la entrada. Domicia le había dicho que tenía que esconderse hasta que llegara Tauro.

Desde el incidente del fuego, medio pueblo la buscaba.

Al edil de la urbe y a Tito Papirio les había llegado la denuncia del dueño de la taberna.

Los incendios eran comunes, pero al sofocar las llamas, comprobaron que había sido provocado con brea en dos puntos: justo en las habitaciones ocupadas por los huéspedes de la número tres, quienes, además, habían mentido.

Un hombre que se encontraba dentro estuvo a punto de morir y el tabernero, con acierto, entendió que habían querido quemarlo vivo, por lo que también los denunció por intento de homicidio.

El pequeño Expositus había pasado la vida luchando por sobrevivir, en un mundo que nunca le ofreció cobijo ni mucho menos piedad.

Lo habían abandonado tantas veces que los rostros y los nombres de quienes lo dejaron atrás se habían desvanecido en su memoria.

Nunca conoció el calor de un hogar ni tuvo una figura paterna como referente.

Por eso no sintió lástima cuando el último hombre que lo había acogido lo echó de casa.

Solo era un borracho que jamás se preocupó por él.

Sabía que lo había adoptado porque el Estado daba alimentos a los niños para asegurar su nutrición.

Cuando la ayuda se acabó, lo echó para acoger a otro.

Entonces, el niño comenzó a vagar de taberna en taberna, alimentándose de sobras, robando monedas de las apuestas y coleccionando cicatrices por cada paliza cuando lo descubrían.

Hasta que un día, en la taberna de Sentia, en Augusta Emerita, el destino le presentó a Tauro.

Muchos decían que aquel hombre no era más que un antiguo legionario retirado, un alma rota que, como tantos otros, buscaba olvido en el lugar más recóndito del Imperio.

Pero Expositus veía algo más. Había algo tras aquella mirada sin brillo.

Le había robado muchas veces, así lo conoció, y aunque en ocasiones el soldado estaba ebrio, sospechaba que en otras simplemente se dejaba hacer.

Salvo por alguna reprimenda cuando se excedía, parecía no importarle.

Era el único que le ofrecía un plato caliente cuando el hambre apretaba.

La única persona que le había comprado una túnica nueva cuando la suya no era más que un harapo.

Aquel antiguo centurión era el hombre más fuerte y astuto que había conocido y la única persona que se preocupaba por él.

Pero ahora todo había cambiado. Por primera vez, era él quien se preocupaba por Tauro.

De nuevo miró a la puerta. Un tipo cubierto por una capa entró renqueando, y el muchacho se levantó de un salto, pero lo descartó.

Sus ropas le quedaban muy cortas, pero lo que más le llamó la atención fueron unas extrañas marcas y heridas, algunas con sangre seca en sus piernas.

Cogió varias piedras y las lanzó al aire; una chocó con la otra.

Se disponía a repetir cuando una voz bien conocida lo sacó de sus pensamientos.

—¡Por todos los dioses, Dentatus! Afortunadamente para el emperador, no trabajas espiando para él. ¡Te has puesto en medio de la puerta!

El chico alzó la vista sobresaltado. Reconoció al instante al hombre que tenía delante, a pesar de las heridas visibles en sus piernas y del cansancio que le oscurecía el rostro.

—¡Tauro! —exclamó incorporándose de un salto—. ¡Has vuelto!

Lo abrazó con fuerza, como si temiera que se desvaneciera si lo soltaba. Tauro tardó un poco en reaccionar, sorprendido, pero luego le devolvió el gesto con un brazo firme, protector.

—Tranquilo —dijo en voz baja—. Ya estoy aquí. Sabes que no os abandonaría.

—Has tardado mucho... —admitió Expositus separándose al fin—. Pensé que quizá no volvería a verte.

El muchacho frunció el ceño al fijarse en sus piernas.

—¿Qué te ha pasado ahí?

—Nada que deba preocuparte —atajó—. ¿Dónde está Domicia?

—Escondida.

—¿Escondida?

—Tal como sospechaste, alguien la siguió. Hicimos lo que nos enseñaste..., pero no salió como esperábamos. Nos acusan de haber prendido fuego a la taberna y de intento de asesinato. Los hombres del edil nos buscan.

Tauro asintió despacio, sin mostrar sorpresa.

—Me encargaré de que no nos encuentren —dijo con calma—. ¿Habéis pedido ayuda a Tito?

—Domicia me envió con una tablilla explicándolo todo. La leyó... y se enfadó.

Tauro frunció el ceño.

—¿Qué dijo?

—Que ya nos había advertido. Que no puede enfrentarse al edil. Que su influencia no llega tan lejos.

Tauro negó despacio con la cabeza.

—Empieza a parecerme habitual en él —murmuró—. Le preocupa más su reputación que encontrar a su hija.

Alzó de nuevo la vista hacia Expositus.

—Has dicho que alguien siguió a Domicia. ¿Qué ocurrió?

El chico bajó la mirada.

—Hicimos lo que nos pediste..., pero sacaron con vida a aquel hombre del fuego.

—Maldito sea... —masculló Tauro.

—Lo han llevado al templo de Esculapio. Están tratando de curarle las quemaduras.

Tauro no respondió de inmediato. Cerró los ojos un instante, obligándose a dominar la ira que le crecía por dentro.

—Llévame primero con Domicia, antes de nada necesito verla. Después iré a ese templo y le haré una visita. Ha llegado la hora de encargarme de él.