XXIV
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Gades
Fabia esperó durante una hora, oculta entre los pliegues de un puesto de telas frente a la puerta del lupanar.
No entendía por qué Elia seguía dentro. Debería haber insistido en que salieran juntas.
El hombre que regentaba el puesto la miraba repetidamente y Fabia pronto notó que comenzaba a llamar la atención.
Un cliente dejó un zurrón sobre un cesto de mimbre y pidió al vendedor que le mostrara la mejor tela de lino.
Fabia respiró hondo. Estaba sola. Si quería ayudar a Elia, debía ser valiente. Tenía que llegar a Sucaelo y pedir ayuda a su padre; él haría todo lo posible para salvarla.
Esos pensamientos la colmaron de un coraje que jamás había experimentado. Cuando el cliente terminó, buscó su talega, pero había desaparecido, lo que desató una discusión con el dueño del puesto.
Lejos de allí, Fabia caminaba, mirando hacia atrás a cada paso por miedo de que Demetrio o el vendedor la siguieran.
De repente, algo la hizo detenerse. Había hablado cientos de veces con su vecina y amiga Pompeya sobre cómo sería y, por fin, infinito y misterioso, el mar se desplegaba ante sus ojos.
Fabia no podía apartar los ojos de aquel vasto espejo con sus tres tonos de azul. Su primera impresión al contemplarlo fue sentir una inmensa paz y, a la vez, algo imposible de dominar.
Esperaba poder contemplarlo junto a Elia y Pompeya cuando todo terminara, pero antes debía llegar a Sucaelo.
Si el mar estaba en aquel punto, tenía que ir en la dirección opuesta.
Sabía que estaba en la urbe de Gades; lo había oído en las conversaciones de los gladiadores cuando las llevaron hasta allí.
También sabía que debía encontrar el Cardo Máximo, la vía principal que atravesaba la urbe de norte a sur, como en todas las ciudades romanas.
Cruzarlo le llevó tiempo; esa población era enorme.
Como hacían todas las mujeres de clase alta con sus hijos, su madre la había enseñado a leer y escribir y, por supuesto, conocía de oídas la existencia de la ciudad de Gades, una de las más grandes y antiguas de Hispania.
También sabía que entre sus muros vivían más de cincuenta mil habitantes.
Cuando llegó a la puerta de la vía Augusta, la multitud era aún mayor, lo que le facilitó salir sin llamar demasiado la atención.
Fabia se acercó a la columna de piedra que se alzaba junto al camino y leyó la información del miliario: «El emperador Augusto, hijo del divino Julio, construyó la vía de Gades a Corduba».
Más abajo, en letras más grandes, las distancias estaban inscritas para aquellos que buscaran orientación: «A Corduba, 170 millas romanas. A Cartago Nova, 1 240 millas romanas. A Roma, 1.240 millas romanas» .
Fabia sintió cómo su corazón se encogía. Una milla romana eran mil pasos y una persona en buen estado de forma recorría entre quince y veinte millas diarias. Llegar a Corduba le llevaría más de diez jornadas.
Se dio la vuelta mirando las murallas de la urbe.
El viento llevaba consigo el olor salado del mar, mientras el sol comenzaba a descender en el atardecer más bello que jamás había visto.
En la calzada, la realidad era mucho más cruel.
Abrió la talega que se había visto obligada a robar.
Había algo de dinero. No sería suficiente para el largo camino, los peligros y el hambre.
Pensó en su amiga Elia, en cómo la había ayudado cuando la desesperación se apoderó de ella, y entonces hizo lo más difícil: dar el primer paso.
Fabia notó que despertaba la curiosidad de muchas personas. Todos los mercaderes y los ciudadanos que regresaban a la urbe se fijaban en ella. No era habitual ver a una mujer tan joven caminando sola en dirección contraria a Gades.
Se distanció del camino y se dejó caer contra el tronco de un árbol, exhausta. Miró sus sandalias; eran frágiles y no estaban hechas para soportar un trayecto tan largo. El cansancio la venció y, poco después, se quedó dormida sin darse cuenta, debido a la tensión acumulada durante la huida.
Cuando despertó, estaba aterida de frío y la oscuridad ya lo cubría todo.
Se sentía desorientada. El cielo despejado permitía que la luz de la luna llena bañara el paisaje.
Notó algo extraño en sus piernas. Ahogó un grito cuando distinguió el brillo plateado de una serpiente que se deslizaba sobre ellas.
Fabia apartó el reptil con un rápido gesto de la mano, se levantó y echó a correr hasta llegar a la calzada.
Su cuerpo temblaba de miedo. El aullido distante de varios lobos la estremeció aún más.
Caminó hasta el amanecer, tratando de alejar de su mente los innumerables temores que la acompañaron durante toda la noche.
Llegó a una mansio . El tabernero levantó la vista del ánfora que estaba llenando y se quedó inmóvil un instante.
Aquella joven no era como las demás viajeras que cruzaban su puerta: apenas una niña, envuelta en una túnica sencilla, con los pies cubiertos de polvo y una mirada en la que se mezclaban el cansancio y el desamparo.
A su edad, ninguna mujer viajaba sola. Por eso, cuando la vio cruzar el umbral de su establecimiento, su primer impulso fue pensar que huía de algo o estaba extraviada.
Había servido vino a cientos de clientes, pero ninguno le había despertado aquella sensación de fragilidad.
Durante las largas horas de camino, Fabia había estado reflexionando sobre si debía revelar algo acerca del calvario que había sufrido o el paradero de las otras niñas.
Pero había desestimado hacerlo por dos razones.
La primera era por la vergüenza que suponía contar lo que les habían hecho a hombres a quienes no conocía.
La segunda, y más importante, era que, hasta que se casara, su padre era quien ejercía la autoridad y poseía el criterio necesario para decidir sobre ella y cómo actuar en aquella situación.
Por eso optó por esperar para contárselo todo a él.
Estaba segura de que su padre sabría qué hacer.
La muchacha sacó de su zurrón el dinero.
—¿Puedo comprar un caballo? —preguntó con seguridad.
—Me temo que con ese dinero no es suficiente —contestó él con pesar.
—Preguntaré a alguien si puede llevarme.
Fabia fue a recoger las monedas del mostrador para marcharse y la pregunta del hombre la detuvo.
—¿Adónde vas?
—A Corduba.
—¿Cómo ha llegado una niña como tú hasta aquí? ¿Te has escapado?
—No es asunto tuyo —respondió.
El tabernero se apiadó de ella. Tenía dos hijas más o menos de su edad.
—No viajes con ningún mercader ni con ningún extraño. Cuando se hayan gastado tu dinero, querrán que pagues con tu cuerpo.
La joven lo miró con agradecimiento.
—Tengo que ir hasta Hispalis mañana —dijo el tabernero, conmovido por la aparente fragilidad de la muchacha—.
Puedes acompañarme, pero desde allí tendrás que hacer el trayecto sola.
Con ese dinero podrás pagar una noche de habitación.
Vamos, siéntate, te daré algo para comer; estás en los huesos.
Una muchacha de tu edad debe alimentarse mejor.
Fabia suspiró y sintió un alivio que le recorrió por dentro. Por fin alguien era amable con ella.
A la mañana siguiente se subieron a un carro y se dirigieron hacia Hispalis.
—Me llamo Caesus; ¿vas a contarme cómo has llegado hasta aquí? —preguntó el tabernero.
—Prefiero no hablar de ello.
—Como quieras. Pero si lo has hecho por amor, te diré que no deberías confiar en los hombres.
Siempre se lo digo a mis hijas: no os fieis de ningún cliente que venga con palabras bonitas, porque solo quieren una cosa, beber de vuestro manantial, y esa agua solo debe ser entregada a alguien que en verdad lo merezca.
Fabia esbozó una breve sonrisa. Hacía mucho que no lo hacía. Aquel hombre parecía sincero y le estaba brindando su ayuda. Por eso, decidió abrirse y contarle parte de su vida, deteniéndose justo en el instante en que la arrancaron de su casa y su vida cambió para siempre:
—Hace años que mi familia llegó a un acuerdo para arreglar mi matrimonio con Cornelio Marullino, de Cástulo, 2 en la provincia Tarraconense, de esa manera fortaleceríamos nuestros lazos. Solo lo he visto una vez, pero es muy apuesto —dijo sonrojándose.
—Pues espero que algún día te haga feliz.
Fabia y Caesus estuvieron charlando hasta llegar al puesto de cobro.
—Si alguien pregunta, eres una de mis hijas —comentó el tabernero.
Un legionario se acercó a él. Caesus le dio una pequeña bolsa con dinero.
—Esto es para que Décimo Flaco no se ponga muy pesado y para que tus hombres me custodien hasta el otro lado.
El legionario se guardó la bolsa e hizo un gesto para que cuatro hombres custodiaran el carro. Así, cruzaron el puerto sin incidentes.
—No sé cómo agradecerte todo lo que has hecho por mí —murmuró cuando llegaron a Hispalis dos días después.
Fabia fue a pagarle, tal como habían acordado, pero Caesus se lo impidió.
—Guárdalo. Te hará falta. Toma —añadió, dándole un trozo de pan, un poco de queso y el pellejo con vino que le quedaba—.
Y haz caso de todo cuanto te he dicho si quieres sobrevivir.
Procura viajar de noche, por el día solo encontrarás asaltadores de caminos y no hace falta que te diga lo que le harían a una muchacha como tú.
—Algún día te lo recompensaré.
—Espero verte en mi taberna con ese tal Marullino. Os dejaré la mejor habitación.
—Te lo prometo —afirmó la joven apeándose del carro.
Fabia hizo tal como el tabernero le había indicado.
A pesar del miedo y de los peligros de los animales salvajes, viajaba de noche hasta el amanecer.
Cuando llegaba a una mansio , esperaba en los alrededores y se resguardaba en los establos de los caballos, donde trataba de dormir.
Allí era difícil que alguien la asaltara.
Gracias a Caesus estaba descansada y alimentada, pero se había terminado su comida y, según el miliario, le quedaba un día para llegar a Corduba y otras dos jornadas para llegar a Sucaelo.
Necesitaba comer, pero, sobre todo, beber algo.
Entró en uno de los establecimientos cuando ya era de noche y, con rapidez, compró agua y pan.
Solo un hombre, con apariencia solitaria, estaba aún despierto entre sus mesas.
Como sospechaba, el hombre salió detrás de ella, pero desistió de seguirla cuando la vio perderse en la oscuridad de la noche.
Fabia llegó por fin a Corduba, y el anhelo de estar cerca de Sucaelo y de llegar a su casa la llevó a hacer el recorrido durante el día.
Cuando tan solo quedaba una jornada, vio en una calzada a un hombre tirado en el suelo.
Fabia dudó. Parecía que estaba muerto. Caesus le había dicho que no se fiara y decidió seguir los consejos del tabernero.
Sus sandalias se habían roto varias jornadas atrás.
Tenía los pies llenos de cortes; aquello le impediría correr si algo inesperado sucedía.
Salió del camino, pero el bosque era bastante tupido y había muchas ramas por el suelo que no le dejaban andar con rapidez sin dolor.
Se detuvo y se ocultó detrás de un árbol al oír cómo un hombre a caballo pasaba en ese momento.
Fabia agradeció haberse apartado de la calzada.
El viajero se detuvo junto al cuerpo tendido en el suelo y comenzó a registrar su faltriquera en busca de objetos de valor.
De repente, un grupo de cinco asaltantes apareció, lo molieron a golpes y le robaron todo lo que tenía.
Fabia aprovechó y, a pesar del dolor por las piedras, las ramas que se le clavaban en los pies y el miedo por si advertían su presencia, se alejó de allí por el bosque.
Una semana después de haber salido de Gades, Fabia entró en Sucaelo. El tiempo en cautiverio y la brutalidad de lo que había vivido la habían despojado de su inocencia. Ya no quedaba rastro de la niña que, meses atrás, habían arrancado de aquellas mismas calles.
Entró en la ciudad sin que nadie reparara en su presencia.
La túnica raída y el rostro cubierto de polvo la hacían parecer una mendiga más.
Cuando llegó al barrio donde había crecido, uno de los más prósperos de la urbe, un nudo le apretó la garganta.
Aquel era el lugar al que había soñado regresar cuando todo parecía perdido.
Y, sin embargo, ahora que lo pisaba de nuevo, no sentía alegría, sino una mezcla amarga de alivio, dolor y desconcierto.
Reconocía cada calle, cada fachada; todo permanecía igual, salvo ella.
Agachaba la cabeza o se distanciaba cada vez que se cruzaba con alguien; temía que la reconocieran. La mayoría de los vecinos apenas le dedicaron una mirada: solo vieron en ella a una esclava cumpliendo algún encargo.
Al pasar frente a la casa de su amiga Pompeya, sintió un estremecimiento. Pronto volvería a verla. Pero, en ese instante, lo único que anhelaba era encontrarse con su familia.
Fabia suspiró al llegar a su casa. Pensó en Elia.
Lo había conseguido. Todo lo que había sufrido desde que la raptaron y cuanto había vivido la hicieron desmoronarse de repente.
Golpeó con la aldaba. Trató de mantener el equilibrio; apenas tenía fuerzas para sostenerse en pie.
Su rostro estaba empapado de lágrimas cuando su madre abrió la puerta.