Innocentia XXIII
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XXIII

XXIII

Villa de Mitra

Tauro abrió los ojos. Lo primero que sintió fue un dolor punzante en la nuca.

Intentó llevarse la mano a la cabeza, pero algo lo impedía.

Sus ojos se habituaron poco a poco a la luz, y un cosquilleo inesperado le recorrió el rostro.

Moscas. Trató de apartarlas, pero el cuerpo no le obedecía.

A medida que la conciencia regresaba, comprendió, con un estremecimiento, que no podía moverse.

Estaba atrapado en una especie de arca de madera, con los brazos, las piernas y la cabeza fuera de esta.

Un dulce aroma impregnaba el ambiente y el pánico lo invadió.

Tenía las extremidades y el rostro cubiertos de miel.

Conocía aquella tortura: los partos la llamaban escafismo y la usaban con algunos condenados.

Lo peor era que él mismo, en el pasado, había amenazado en alguna ocasión con usarla y ahora veía impotente cómo se había convertido en la víctima.

Miró a su alrededor. Estaba en una habitación oscura.

La única claridad que llegaba al interior lo hacía por la entrada.

Vio un gran número de cadenas colgando de las paredes.

Tauro supuso que allí habían estado las niñas secuestradas.

En ese momento, el gigante que lo había atacado entró, inclinándose para no golpearse con el marco, seguido por la mujer, que llevaba una jarra en la mano.

—Una lástima que tú mismo te hayas despertado. Nosotros lo íbamos a hacer de un modo más doloroso —dijo ella con frialdad.

Orbiana hizo un gesto y su hijo trató de abrirle la boca a Tauro.

El antiguo centurión apretó los dientes, pero un fuerte puñetazo del gigante lo obligó a ceder.

Decidió no ofrecer resistencia. No había manera de defenderse, estaba a su merced.

La mujer vertió el contenido de la jarra en su boca.

Sintió un sabor agrio e imaginó que era leche cortada, para provocarle diarreas.

De ese modo, atraería a más insectos que empezarían a comerse sus heces y generar larvas que devorarían sus entrañas.

Trató de escupirla, pero el gigante le tapaba la nariz y, si bien mucha se derramó, gran parte tuvo que tragarla.

—Tu amigo Aquilio se tomó muchas molestias para asegurarse de que murieras de esta forma.

Tauro no sabía a quién se refería, así que imaginó que detrás de ese nombre estaba el falso mercader de especias.

Y, con toda seguridad, el hombre que se deshizo del dueño del lupanar.

Estaba claro que había encontrado aquel lugar antes que él, lo que explicaba por qué lo estaban esperando.

Al menos, confiaba en que Domicia y Expositus hubieran seguido sus instrucciones y estuviesen a salvo.

—Dejaremos la puerta abierta —añadió la mujer mientras salía—, para que todas las moscas e insectos que quieran probar el sabor de tu carne vengan a saludarte.

Tauro intentó mantener la calma, pero la leche cortada comenzó a hacer efecto con rapidez.

Dolorosos espasmos recorrieron su vientre mientras se vaciaba sin cesar.

Sin embargo, sabía que su cuerpo no sería el primero en perder la batalla, sino su mente.

Las moscas se posaban en las partes de su cuerpo que estaban fuera de la artesa, atraídas por la miel.

Sentía cómo le exploraban los ojos, la boca y los oídos.

Entonces llegó lo que tanto temía: los primeros calambres.

Su mente le gritaba que se moviera, pero su cuerpo permanecía inmóvil e incapaz de obedecer.

Sabía que debía controlar sus pensamientos; aquello era lo único que lo mantendría con vida.

Procuró centrarse en su respiración, para hallar un resquicio de calma, y, con los dedos, palpó la madera del arca hasta encontrar lo que buscaba.

Trató de concentrarse en esa tarea, pero los calambres lo acechaban y la impotencia de no poder moverse le hacía gritar de angustia.

Pensó en Domicia para relajarse, mientras se esforzaba por meter uno de los brazos dentro de la artesa.

Entonces llegaron las ratas. Al entrar, se levantaron sobre sus patas traseras, olfatearon el aire y se dirigieron a sus pies.

Los primeros mordiscos en los dedos le arrancaron no solo la carne, sino también un grito desgarrador, rompiendo su concentración.

Desesperado, luchó por introducir el brazo dentro del arcón.

La miel, por fin, se volvió una aliada y lo ayudó a deslizarlo.

Sintió cómo cucarachas o algún otro insecto subían por sus piernas, pero ignoró la sensación.

Palpó su calzón interior; estaba lleno de heces, aunque, para su alivio, encontró la ganzúa que había escondido antes de entrar en la villa.

Sacó la mano, apartando una rata que se peleaba para acceder al arcón.

Perseveró hasta conducir los dedos hacia el candado.

El sudor y la miel hicieron que la ganzúa resbalara.

Tauro consiguió atraparla en el último momento con la punta de los dedos.

Respiró hondo. A pesar del dolor, de los calambres, de los mordiscos de las ratas y de los espasmos del estómago, debía concentrarse. Solo tenía una oportunidad.

El chasquido del candado al abrirse le dio un atisbo de esperanza.

Volvió a meter los brazos en la artesa y una esquirla, grande y afilada, le rasgó el brazo izquierdo.

Ese dolor era insignificante comparado con lo que sentía en otras partes del cuerpo.

Golpeó la madera desde dentro, pero el candado no se movía de su sitio.

Los golpes eran demasiado ruidosos; temía alertar a la mujer y al gigante.

Tauro guardó silencio. No se oía nada en el pasillo, salvo el zumbido de las decenas de moscas que revoloteaban a su alrededor y el rechinar de los dientes de las ratas.

Comenzó a gritar, como si fuera dolor lo que sentía, mientras golpeaba la madera para tratar de liberar el candado. Una de las ratas, envalentonada, empezó a devorar la carne de sus piernas. Fue tal la rabia con la que sacudió la madera que el candado cedió.

Desesperado, salió de aquella prisión. Estaba débil, empapado en sudor y apenas podía mantenerse en pie por culpa de la diarrea. Estiró los músculos y miró a su alrededor. Cogió una de las cadenas sueltas, consciente de que en su estado tendría pocas opciones contra el gigante.

Salió de la habitación en silencio, apoyándose en las paredes para no perder el equilibrio.

Las mordeduras en sus piernas, la pérdida de sangre y la debilidad lo hacían tambalearse.

Abrió las puertas, una a una, pero no había rastro del gigante ni de la mujer.

Tauro lo entendió al instante. Cuando las ratas y los insectos no hubieran dejado nada de él, todo el mundo creería que la villa llevaba tiempo abandonada.