XXII
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Gades
Elia y Fabia, junto con otro grupo de niñas, observaban fascinadas la manera en que una de aquellas puellae gaditanae se movía.
Cada gesto de la bailarina era un espectáculo de gracia y sensualidad que las mantenía absortas.
Demetrio, el dueño del lupanar, quería que todas estuvieran listas cuanto antes, por lo que las sometía a interminables horas de entrenamiento.
En la semana que llevaban en aquel tugurio, ya las habían forzado a acostarse con varios clientes. Según lo que habían oído, hombres de todas las clases sociales estaban dispuestos a pagar fortunas por disfrutar de niñas de clase alta prácticamente intactas.
Fabia estaba agotada, tanto que, por momentos, sus ojos se cerraban y dejaba de prestar atención a la bailarina, que hacía que sus caderas se movieran como si carecieran de pelvis, en un vaivén casi imposible.
Demetrio, molesto, le hizo un gesto a Fabia, indicándole que imitara los movimientos de Annia, la bailarina, pero la joven no reaccionó.
El dueño del lupanar, aunque despiadado, no era partidario de usar la violencia física con sus muchachas: sabía que las marcas en el cuerpo podían hacer que los clientes las rechazaran.
En su lugar, prefería recurrir al miedo psicológico.
—Trae al Africano —ordenó a un esclavo.
Un momento después, el siervo de piel negra apareció con su aspecto intimidante. Las niñas se encogieron al verlo. Su sola presencia llenaba de un terror palpable el ambiente.
—El Africano era el nigromante de una tribu que una noche fue masacrada por un pueblo enemigo.
Casi todos los que lucharon en su defensa murieron, excepto su familia.
El Africano había tenido una visión: los dioses le mostraban el destino que les aguardaba a los suyos.
Pero él decidió que no serían presas de sus atacantes.
Con sus propias manos, acabó con la vida de su esposa y su hija, justo antes de que los invasores irrumpieran en su cabaña.
Luego, como al resto de los que sobrevivieron, lo capturaron y convirtieron en esclavo.
Yo mismo lo compré y le ofrecí una nueva vida.
Demetrio hizo una pausa, recorriendo con la mirada los rostros aterrorizados de las niñas.
—Si fue capaz de hacerle eso a quienes amaba, pensad bien lo que os haría a vosotras si yo se lo ordeno.
Elia se situó junto a Fabia y comenzó a balancear los brazos de su amiga, conminándola a que bailara.
Demetrio se recostó en un cojín, satisfecho, mientras observaba cómo las dos niñas seguían los movimientos de la experta bailarina.
La puellae gaditanae hacía que todo a su alrededor se desvaneciera.
Cada giro de sus caderas hipnotizaba la mirada de quien seguía sus movimientos mientras bailaba al ritmo de los tambores.
La bailarina continuó su danza, imitada por las dos niñas.
Sus pechos, envueltos en un fino velo, se mostraban y se escondían en el instante preciso en el que ella lo deseaba.
Desprendía una sensualidad irresistible.
Su vientre se agitaba arriba y abajo. Su espalda se arqueaba hasta lo imposible, haciendo contener el aliento a quienes la observaban.
Cuando cambió el ritmo de la música y a golpe del tambor, ella se inclinó hacia delante, ondulando el cuerpo como una serpiente reptando por el suelo.
Los esclavos jadeaban en silencio y el resto de las niñas no podía dejar de mirarla.
Solo existía ella.
Elia y Fabia estaban lejos de aquella destreza, pero comenzaban a mostrar aptitudes a los ojos de Demetrio. Sus años de experiencia le decían que, de la última remesa, aquellas dos niñas eran las que más destacaban. Algún día harían las delicias de la mismísima madre Roma.
Cuando terminaron, un cliente especial las estaba esperando: Aurelio Carisio.
El duunviro más importante de Corduba no apartaba los ojos de Elia y le indicó a Fabia que saliera.
La joven obedeció y esperó fuera. Un largo rato después, su amiga salió envuelta en un amargo llanto.
Mientras se abrazaba a Fabia, una esclava le ofreció al invitado una copa de vino de Falerno, de la zona de la Campania, el mejor del Imperio, el único que Aurelio consideraba digno de su paladar.
Demetrio entró y ordenó a las niñas que salieran.
—¿Cómo estás? —preguntó Fabia a su amiga cuando abandonaron la estancia—. Me imagino lo que te ha hecho.
Elia no respondió. Al salir, tiró con fuerza del brazo de su amiga y la obligó a permanecer escondida detrás de la puerta.
Con un gesto, le indicó que guardara silencio para escuchar la conversación.
Fabia, aterrada ante la posibilidad de que las descubrieran, trató de zafarse, pero Elia la sujetó con firmeza para impedirle escapar.
Demetrio, debido a su abultado vientre, se tumbó con dificultad junto a Carisio.
—Estás haciendo un buen trabajo —apuntó Aurelio deleitándose con el vino.
—Quiero más dinero —señaló el leno sin pestañear. Llevaba tiempo deseando hacer esa petición y la hizo sin rodeos.
El duunviro dejó su copa sobre una pequeña mesa.
—Si este negocio fuera una ínsula de viviendas, yo, como duunviro de Corduba , ocuparía la parte más baja del edificio.
Sobre mí se alzan hombres de mayor rango y poder, así que imagina en qué fosa te encuentras tú.
Pero te diré algo más... —Aurelio se inclinó hasta que su aliento rozó el oído de Demetrio—.
Un despojo criado en un lupanar como tú no debería ni soñar con pisar el mismo suelo que nosotros.
Cada mañana, antes de abrir los ojos, da gracias a los dioses por el inmerecido privilegio de respirar nuestro aire.
Y escúchame bien, porque no lo repetiré: si vuelves a pedirme algo, no solo perderás ese inmenso regalo, sino que aprenderás lo que de verdad significa vivir en el escalón más bajo de todos.
Toda la calma que Demetrio había mostrado se esfumó al instante.
—Y ahora hablemos de trabajo —sentenció Aurelio volviendo a coger su copa—. Jano quiere saber cuántas niñas pueden estar ya listas para ir a Roma.
—Ahora mismo, ninguna. Necesito dos meses, quizá tres —contestó el leno tragando saliva—. Las dos niñas que acabas de ver son las más valiosas, pero aún necesitan pulirse. Las otras tardarán en estar preparadas.
Elia y Fabia, que seguían ocultas tras la puerta, se miraron, sobrecogidas al escuchar aquello.
—Jano quiere que tengas listas a ciento setenta niñas para el próximo mes.
—Eso es imposible.
Aurelio hizo el amago de volver a poner la copa encima de la mesa.
—Estarán listas —añadió Demetrio con una risa complaciente.
—No quiero que estén listas. Quiero que sean las mejores. En Roma no son tan bárbaros como aquí. Allí, hasta tú te escandalizarías con las cosas que van a hacerles. Y no pararán, aunque las dejen sin vida.
Fabia agarró las manos de Elia, aterrorizada. El miedo se apoderó hasta del rincón más recóndito de su alma. Las piernas comenzaron a temblarle y un sudor frío le recorrió la espalda. Sus rodillas cedieron, y cayó al suelo mientras el pánico la consumía por dentro.
Elia se agachó y la abrazó por los hombros, tratando de calmarla.
—Tranquila, Fabia. Huiremos.
—Me dijiste que nunca podríamos volver.
—Confía en mí.
Fabia asintió con la cabeza y consiguió levantarse.
Las dos bajaron las escaleras hasta las habitaciones.
Elia intentaba animar a su amiga con palabras que la calmaran.
Pasaron por un largo pasillo hasta llegar a la entrada.
No se cruzaron con nadie. En aquella zona del lupanar solo vivían las chicas secuestradas.
Onésimo, el esclavo que se encargaba de vigilar la puerta, no se encontraba en su sitio.
Elia sintió una corazonada. Era como si los dioses se compadecieran de ellas.
Siempre permanecían muy vigiladas; no habría otra ocasión como esa.
Abrió la puerta; no estaba echada la llave.
Su corazón empezó a bombear con fuerza. La calle se hallaba atestada de gente, pero nadie reparó en ella.
—Fabia, es nuestra oportunidad. Saldremos de una en una para no llamar la atención. Iremos a nuestro municipio y pediremos ayuda.
—¿Y si no nos creen?
—Debemos intentarlo.
Onésimo salió en ese momento de la letrina y se dirigió con rapidez a su puesto. Si Demetrio descubría que se había ausentado, se lo haría pagar.
—Sal, Fabia, despacio y tranquila, sin llamar la atención, y espérame al otro lado de la calle.
—Huyamos juntas.
—Es mejor separadas.
Fabia dudó.
Elia abrió la puerta al ver la indecisión de su amiga, la empujó y cerró tras ella.
Fabia se dirigió al puesto donde le había indicado, pasando inadvertida entre la gente. Esperó a su amiga lo que le pareció una eternidad. Deberían haber salido juntas.
Elia se fue alejando de la puerta. Tras haber estado a solas con Aurelio Carisio, había trazado un plan. No tenía intención de huir, pero debía hacerle creer a Fabia que sí.
—¿Qué haces ahí? —preguntó Onésimo, el esclavo.
—Me he perdido —dijo Elia volviendo de sus pensamientos.
—Ve a tu habitación o aviso a Demetrio —ordenó el siervo mirándola de forma lasciva, con más miedo a que descubrieran que se había ausentado que por ver allí a una niña.
Elia obedeció. Se giró en varias ocasiones para observar la puerta.
Tomó el camino a las habitaciones al sentir el peso de los ojos del esclavo sobre ella.
Tenía miedo de que aquel hombre sospechara que su amiga había salido.
Con la pena oprimiéndole el pecho, Elia imploró en silencio a la diosa Fortuna para que guiara los pasos de Fabia y consiguiera hacerla llegar a su hogar.
Hacía tan solo un instante que se había ido y ya se sentía el corazón atenazado por la soledad, pero sabía que no había otro camino.
Lo único que lamentaba era aquella amarga despedida y no haber sido sincera con ella.
No había tenido otra opción. Si se lo hubiera confesado a Fabia, el miedo y las consecuencias la habrían hecho desistir.
Por eso la dejó partir: mientras su amiga buscaba ayuda más allá de aquellas paredes, desde dentro, ella se encargaría de acabar con esos hombres sin alma.