XXI
XXI
Sucaelo
Aquilio caminó con calma hacia la taberna donde se alojaban Tauro y Domicia. A cada paso que daba, una sensación placentera lo iba invadiendo, con la certeza de que aquel día terminaría todo. Pronto disfrutaría de la fortuna que le prometieron por acabar con la vida de Tauro.
Mientras avanzaba, se le pasó por la mente la idea de divertirse con Domicia antes de matarla.
Una sonrisa se dibujó en su rostro. Era una mujer hermosa, pero no era su belleza lo que más lo atraía.
Lo que realmente lo seducía era el hecho de que aquella mujer pertenecía a Tauro.
Aquello sería como arrancarle el corazón a su enemigo.
Robarle lo que más le importaba, humillarlo e infligirle un dolor más profundo que la misma muerte... Eso era lo que de verdad lo excitaba.
Llegó a la taberna. Estaba ansioso por encargarse de Domicia, pero decidió no precipitarse.
No quería llamar la atención. Había tiempo.
Esperaba que, antes de que finalizara el día, Tauro hubiera muerto tal como les había dejado indicado a la siniestra pareja de la villa.
Se palpó el párpado del ojo al pensar en aquel ser infame; aún no veía con claridad.
Cuando todo concluyera, también él y su madre se convertirían en una muesca en su punzón.
Las horas pasaban y la impaciencia crecía en su interior.
No había rastro de Domicia. El tiempo seguía corriendo y, justo cuando había decidido entrar, la vio acercarse por la calle.
Sus andares eran inconfundibles. Aquilio mantuvo la calma.
Se sentó junto a la puerta de la taberna, extendiendo una mano temblorosa para pedir limosna.
Domicia pasó junto a él, lo miró de reojo y subió hacia su habitación.
Aquilio esperó el momento adecuado y entró tras ella, tratando de no llamar la atención.
La taberna estaba abarrotada y, a pesar de lo que había creído, nadie reparó en él.
Subió despacio las escaleras, sintiendo cómo la madera protestaba bajo sus pies.
Se asomó desde la esquina. La vio entrar en la tercera habitación.
Aquilio avanzó hasta allí. Con ayuda de una ganzúa y con enorme destreza, forzó la cerradura y entró con brusquedad, dando un portazo.
Miró a un lado y a otro, perplejo. No había rastro de Domicia.
La habitación, pequeña y mal iluminada, estaba vacía.
Recorrió todos los rincones buscando una respuesta, hasta que vio una tela que ocultaba otra puerta.
Sin pensarlo, giró el pomo, pero estaba cerrada.
El olor que provenía desde el otro lado le resultó familiar, un aroma dulce y resinoso que le hizo entender de golpe qué estaba ocurriendo.
Forzó la puerta con el hombro, pero, por más que la golpeó y empujó, no consiguió abrirla.
Desesperado y dolorido por el esfuerzo, se volvió hacia la puerta por la que había entrado para salir de allí cuanto antes.
Pero, para su sorpresa, estaba trabada desde fuera.
Comenzó a patearla, frenético. El olor era cada vez más penetrante.
Desde el otro lado de la puerta, Expositus estaba eufórico. ¡Por fin entraba en acción! Había seguido las explicaciones de Tauro paso a paso. Aquellas precauciones en las que tanto insistía.
Domicia entraría por una habitación y saldría por la otra. Ella se encargaría de atrancar la cancela intermedia con un hierro y él haría lo propio con la puerta principal, atrapando al asesino en el cuarto.
En ese momento estaba siguiendo la segunda de las instrucciones.
Tras cubrir la puerta con pez de pino, la prendió con una lucerna.
Las llamas treparon con rapidez por la puerta, cubriendo de luz anaranjada el pasillo de las habitaciones.
Aquilio retrocedió: había reconocido el olor de la pez y se maldecía una y otra vez por haber caído en una trampa.
Notó cómo el calor se intensificaba mientras pateaba la puerta con fuerza.
El fuego se coló dentro de la estancia y comenzó a crecer a su alrededor, devorando todo a su paso.
Expositus tiró la lucerna y, desenfundando su espada rota, se preparó por si aquel bandido lograba escapar. Estaba listo para enfrentarse a él cuando una mano firme tiró de su hombro. Domicia apareció con el rostro desencajado.
Un humo denso y oscuro comenzaba a propagarse por el pasillo.
—¡Expositus! —gritó enfurecida—. ¿Te has vuelto loco? ¡Salgamos de aquí antes de que el fuego o el humo acaben con nosotros!
—¡Prometí a Tauro que te protegería! —gritó Expositus.
—Vamos, o juro que si no te matan las llamas, lo hago yo.
El chico, enojado, obedeció. Descendieron por las escaleras con rapidez, mientras los hombres de la taberna corrían con cubos hacia la fuente más cercana para sofocar el fuego que se expandía por todo el local.
—¿Estáis bien? —preguntó el tabernero—. ¿Hay alguien más arriba?
—Estamos bien. Venimos de la tercera habitación; allí no hay nadie más —contestó Domicia tosiendo, mientras los ayudaban a Expositus y a ella a salir a la calle.
Aquilio gritó cuando el fuego le mordió la pierna.
Empapado de sudor y sin parar de toser por el humo, se tumbó en el suelo y observó bajo la cama.
Un orinal con restos de la noche anterior se hallaba debajo.
Derramó todo el contenido sobre su cabeza para aliviar el calor.
Se tapó con una de las sábanas de la cama.
La habitación no disponía de ventanas. Las puertas ardían con furia. Era imposible salir.
Cada respiración era más corta que la anterior. Sentía cómo el humo lo ahogaba despacio. El hierro que atrancaba la puerta cayó con estruendo al suelo. Los pernos de madera que lo sujetaban habían cedido ante el avance del fuego.
Sin pensarlo dos veces, a pesar de que la puerta estaba abrasándose, se lanzó contra ella. La madera carcomida por el fuego cedió y Aquilio apareció al otro lado del pasillo con gran parte de su cuerpo envuelto en llamas.
Varios hombres llegaron en ese instante, sorprendidos al verlo salir de la tercera habitación, y vaciaron sus cubos sobre él.
El crepitar del vapor de agua al contacto con su piel quemada fue lo último que escuchó antes de perder el conocimiento.