Innocentia XX
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Calzada Bética

El sol comenzaba a despuntar cuando Tauro tomó el camino hacia la villa de Mitra, acompañado únicamente por sus caballos.

Había convencido a Domicia de que solo iría a inspeccionar la zona y persuadido a Expositus para que se quedara junto a su esposa. Desde que se había despertado esa mañana, una extraña sensación lo invadía.

Tauro no era supersticioso. Aun así, aquel día presenció lo que los augures habrían calificado de malos presagios.

Un búho de plumas blancas y grises lo observó desde un ciprés mientras enjaezaba los caballos, y un escalofrío le recorrió el cuerpo al cruzarse con su mirada; la misma sensación que lo había despertado antes del amanecer.

Salió por la puerta de la urbe, absorto en la idea de si aquello era una advertencia sagrada. Iba tan abstraído que no vio, escondido tras una columna, a un mendigo con una venda en el ojo.

Aquilio se levantó en cuanto lo vio pasar.

Una vez más se sorprendió de la fama, que tenía por inmerecida, del antiguo frumentarius .

No podía creer que hubiera tardado tanto en dar con las niñas.

Aún no era el momento de matarlo; antes quería hacerlo sufrir.

Sabía el lugar al que se dirigía el hombre a quien tanto odiaba y también que era demasiado tarde.

Las niñas habían desaparecido, y él solo hallaría la muerte en aquella villa.

Aquilio se sacudió el polvo de la túnica y tomó la vía en dirección contraria, donde a los que él llamaba sus sombras le habían indicado que se hospedaba.

Tenía una única intención: encargarse de la mujer con quien compartía lecho el antiguo legionario.

Por su parte, con las únicas instrucciones que Escila, la prostituta, le había dado la noche anterior, Tauro continuó en dirección a su destino.

La jornada avanzaba con lentitud y solo cuando los caballos mostraron signos de agotamiento, se detuvo a descansar.

Llegó a una mansio . Dio agua a los animales, comió algo y descansó un rato.

Tauro llegó a la villa de Mitra cuando el día comenzaba a extinguirse.

Se ocultó y observó con detenimiento la casa.

Todo parecía en calma entre los campos de cebada y las vides que rodeaban la finca.

Dio varias vueltas alrededor de la villa, buscando algo que llamara su atención o le diera una pista sobre el paradero de las niñas.

Su estado físico seguía siendo óptimo, trabajado durante años bajo el férreo entrenamiento de las legiones.

Aún conservaba fuerza y agilidad suficientes para encaramarse al acueducto sin dificultad.

Desde allí, apenas podía divisar el interior de la casa, pero vio a una mujer cruzar el peristilo. No parecía que hubiera nadie más.

La lluvia que había azotado la zona, días atrás, ahora jugaba a su favor: el camino y la entrada de una de las puertas mostraban surcos profundos, como cicatrices sobre el barro.

El paso de numerosos carros había dejado rodadas muy marcadas que aún contenían restos de agua.

A juzgar por la profundidad de estas en ciertos tramos, Tauro se convenció de que había llegado demasiado tarde.

Aquellas huellas indicaban que los carros habían transportado una carga pesada y solo podía concluir que lo más probable era que fueran las niñas.

Dudó hasta que decidió marcharse, rendido a la evidencia. Sin embargo, detuvo a los caballos cuando tan solo llevaba recorridas un par de millas.

No se lo habría perdonado si alguna de las niñas siguiera allí.

El antiguo centurión abrió su alforja de cuero y extrajo una túnica y un gorro frigio que había comprado días antes para parecer un sacerdote mitraico. Giró el carro y regresó a la villa.

El vuelo de un cuervo que se posó en la rama de una vid lo hizo detenerse.

Otro mal augurio. Tauro no quería hacer caso a las señales, pero algo en su interior le decía que debía actuar con cuidado y reflexión.

Siempre había enseñado a los hombres que habían servido bajo su mando que la mayor arma contra lo desconocido era actuar con precaución.

Desde el acueducto había visto a una mujer, pero no estaba seguro de si estaba sola o había más personas en el interior.

Se apeó del carro y miró de nuevo al cuervo. Guiado por las señales que había recibido durante la jornada, ocultó un objeto en su subligaculum , el calzón interior. Después, con gesto decidido, llamó a la puerta mientras se atusaba la túnica sacerdotal.

Una mujer abrió y lo miró sin pronunciar palabra.

— Salve —saludó Tauro—. Soy un humilde devoto del dios Mitra y traigo una ofrenda sagrada en su honor. Con todo respeto, pido permiso para entrar y dejar mi don en el altar, para que los favores del dios se extiendan también sobre esta casa. Que los dioses os concedan prosperidad y larga vida.

Hizo una genuflexión.

—Por supuesto —respondió Orbiana abriendo la puerta—. Aquí somos muy hospitalarios con quienes vienen a honrarnos.

Tauro alzó la mirada, con los sentidos en alerta; su instinto le advertía, casi a gritos, que había sido demasiado fácil.

En ese momento, sus ojos se abrieron de pronto al ver aparecer, desde detrás de la puerta, a un hombre colosal.

Ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar antes de recibir un fuerte golpe en la cabeza con un tablón de madera.

Cayó al suelo, mareado por el impacto, y sintió cómo un reguero de sangre descendía por su sien. Antes de que llegara el segundo golpe, que lo dejó inconsciente, pensó en los augurios que habían tratado de advertirle. Cayendo en la oscuridad, escuchó la voz de la mujer:

—Es él —dijo Orbiana—, lo he sabido desde el instante en que lo he visto husmeando desde el acueducto. Bienvenido, Tauro. Nos divertiremos contigo antes de matarte.