Innocentia XIX
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XIX

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Villa de Mitra

La lluvia había dejado de caer, pero su rastro aún flotaba en el aire mientras las nubes comenzaban a disiparse.

El olor a tierra mojada era tan intenso que casi se podía palpar.

Los charcos que se acumulaban por el camino comenzaron a temblar hasta que, sobre ellos, pasaron los cascos y las ruedas de una docena de carros que se dirigían a la villa.

La puerta de la domus se abrió y, con rapidez para no ser vistas, las setenta niñas fueron saliendo, encadenadas, para subirlas a los carruajes.

Fabia y Elia abandonaron la villa en el segundo grupo. Vieron cómo algunas niñas intentaban soltarse, buscando una inútil escapatoria. Sin embargo, el recuerdo de lo que había sucedido con Plautia y la intimidante presencia del gigante les impidió siquiera intentarlo.

Los hombres encargados de trasladarlas trabajaban con frialdad, sin mostrar un ápice de emoción.

Los habían contratado para llevarlas hasta Gades ; su tarea consistía en cumplir órdenes sin hacer preguntas, y el pago era lo suficientemente generoso para asegurarse su silencio.

Debido al valor de la mercancía, Aurelio Carisio había ordenado a Victorinus, uno de sus antiguos gladiadores, que, junto con sus hombres, escoltara la caravana hasta su destino.

Una tras otra, todas las niñas salieron y todas fueron atadas y amordazadas. Una gruesa lona de tela cubrió los carros, transformando la comitiva en una caravana que transportaba lo que parecían enseres sin vida. El viaje, que se extendería por una semana, comenzó sin contratiempos.

Cuando atravesaron los primeros montes, en el refugio que ofrecía el terreno accidentado y boscoso, bajaron a las niñas para darles algo de agua y alimento.

Muchas de ellas se habían orinado o vomitado encima, y el hedor dentro de los carros, bajo las lonas, se fue viciando hasta convertirse en insoportable.

Elia y Fabia, en ese momento, caminaban juntas. Desde el día de los ritos dionisíacos, Elia ya no era la de antes. Su mirada se había vuelto distante y aquella fuerza que la convertía en un pilar para las demás parecía haberse desvanecido.

—¿Qué va a ser de nosotras? —preguntó Fabia.

—Pase lo que pase, sé que nunca podremos volver.

—No digas eso, Elia. No puedo soportar la idea de vivir así el resto de mi vida. Prométeme que trataremos de escapar.

Elia la miró con una enorme tristeza en los ojos.

—Claro —dijo tan solo con intención de animarla.

Las dos muchachas se abrazaron, llorando, sintiendo el frío metal de las cadenas entre ellas.

—¡Eh, vosotras! —gritó uno de los gladiadores—. ¡Dejad de hablar y subid al carro!

Las niñas obedecieron, sumisas, y el viaje continuó.

Cuando llegaban a urbes importantes, como Carmo, 1 esperaban a la noche para pasar por ellas.

Sin embargo, Victorinus sabía que el mayor riesgo era cruzar la urbe de Hispalis, 2 así que decidió hacerlo en pequeños grupos para no llamar la atención.

El viaje estaba llegando a su fin cuando alcanzaron las montañas 3 próximas a Gades. Victorinus tenía claro que aquel era el lugar más peligroso. La calzada en ese punto se estrechaba y se cubría de curvas. Había que tener cuidado con los carros para que no se despeñaran.

En el momento en que iban a comenzar la subida, un grupo de legionarios que custodiaba un puesto de cobro detuvo a la comitiva. Junto a ellos había un curator viarum , un recaudador de impuestos que reclamaba el portorium , la tasa por cruzar con mercancías.

Victorinus no se puso nervioso y se adelantó, dirigiéndose al centurión al mando:

—¿Podemos hablar aparte?

El centurión accedió, sabiendo que esa petición casi siempre implicaba una importante comisión.

—¡Yo estoy al mando! —gritó Décimo Flaco, el responsable de cobrar la tasa, un hombre pequeño y desagradable, con más ambición que talento—.

Debes enseñarme a mí la mercancía. Como curator viarum de esta calzada, te informo de que es un derecho de la autoridad velar por el estado de las vías.

Por ese motivo debo cobrar el portorium y asegurarme de que la mercancía es legal y que el peso de los carruajes no excede el permitido.

De ser así, cobraré una tasa extra o incluso puedo, bajo la responsabilidad del cargo que represento, inmovilizar la caravana...

—Cállate de una maldita vez, Décimo —dijo el centurión llevándose a Victorinus a un lado.

—Tengo órdenes de llevar la mercancía que cargo a Gades sin contratiempos —comentó el antiguo gladiador una vez apartados.

—¿Qué cargáis?

—Mi dominus no desea que se sepa, así que está dispuesto a pagarte lo que pidas para que siga siendo así.

—Te costará caro.

—Tú pones el precio.

—Cinco mil denarios por carro.

Victorinus lo sopesó. Aquello era una fortuna. Un denario era casi el salario diario de un legionario. La cantidad que pedía era el sueldo que ganaban en media vida.

—Imagino de qué estáis hablando —interrumpió Décimo—, pero por los poderes que me han otorgado, hasta que no disponga de toda la información que demuestre que se está cumpliendo la ley, no se moverá ni uno solo de estos carros.

—Te daré diez mil por carro si haces que se calle y no informe de esto a nadie.

El centurión hizo un gesto a uno de sus hombres, que golpeó a Décimo en el rostro. El recaudador intentó detener la sangre que manaba de su nariz.

—Esto no quedará así —dijo tratando de huir—. Informaré al gobernador de este abuso...

La voz de Décimo se extinguió de repente cuando el mismo legionario le hundió la espada entre el mentón y la garganta hasta el cráneo. Su cuerpo cayó al suelo, sacudiéndose entre estertores.

—Trato hecho —comentó Victorinus, satisfecho por la manera en que el centurión había eliminado aquel inconveniente, mientras le estrechaba la mano—. ¿Hay asaltantes en la zona?

—Suelen aparecer o, si no, que le pregunten al recaudador. —Todos rieron la gracia—. Pero mandaré a mis hombres para que os custodien hasta que salgáis de las montañas.

El viaje continuó sin ningún otro contratiempo hasta que llegaron a Gades. Tal como habían hecho durante la semana que duró la travesía, esperaron al anochecer para entrar en la urbe.

Un hombre los esperaba y los condujo hasta uno de los lupanares.

Allí, las niñas descendieron de los carros.

Sus ojos recorrían el lugar, tratando de imaginar dónde estaban.

El sitio no era mucho mejor que donde habían estado encerradas.

La pintura de las paredes lucía feos lamparones de suciedad y en muchas zonas estaba desconchada.

La ausencia de incensarios hacía que en el ambiente hubiera una mezcolanza fétida a sudor y otros olores aún más nauseabundos, que invitaba a taparse la nariz.

Cinco mujeres las aguardaban y escrutaron a las recién llegadas.

Las niñas, demacradas, con los rostros surcados por el cansancio y los ojos envueltos en el miedo a no saber qué pesadilla las aguardaba, se dejaron hacer en silencio.

Las mujeres miraron al dueño del lupanar y asintieron con la cabeza; eran justo lo que esperaban encontrar: frágiles, quebrantadas y, sobre todo, sumisas.

Elia reparó en el hombre obeso que parecía dirigir aquella siniestra inspección.

Vestía una túnica llamativa, tan ajustada que se tensaba sobre su prominente vientre, y su calva aparecía salpicada de pústulas que no paraba de rascarse.

Llevaba las cejas peinadas hacia arriba y, para compensar su desagradable aspecto, iba cubierto de collares, pulseras y anillos.

—Mi nombre es Demetrio —anunció el hombre con una voz autoritaria—. A partir de este momento, soy vuestro dueño. He tratado con muchas como vosotras y, aunque algunas intentan rebelarse, al final todas ceden. Y si no...

Demetrio chasqueó los dedos.

Las niñas lanzaron un grito sordo cuando, a sus espaldas, apareció la imponente figura de un hombre con la tez oscura, que se confundía con las sombras, cubierto de collares y pendientes.

Sus miradas se llenaron de terror. Habían oído leyendas sobre hombres de piel completamente negra, pero nunca habían visto a uno.

Su presencia las intimidaba, pero lo que más las aterraba era que tenía uno de los ojos en blanco.

La impresión fue tan sobrecogedora que más de una se orinó del miedo.

—Él es el Africano —dijo Demetrio con una calma que resultaba inquietante—.

Pensadlo bien antes de intentar huir; si os encuentro, él se encargará de vosotras —prosiguió, con voz gélida—.

No os dará golpes ni os pondrá una mano encima.

No me serviríais con marcas o huesos rotos.

No habla nuestro idioma, así que no perderá tiempo en palabras.

El Africano es capaz de torturaros de maneras que ni siquiera podéis imaginar. De un modo que jamás olvidaríais.

El hombre reparó en Elia y clavó en ella la mirada, sin apartarla ni un instante, hasta que la niña, temerosa, desvió los ojos.

—Pero nada de esto sucederá si no me decepcionáis —continuó Demetrio—.

Os prepararemos para que mováis las caderas de forma tan provocativa que torturaréis y haréis que los hombres se estremezcan.

Seréis las mejores ninfas sexuales y solo querrán fornicar una y otra vez con vosotras.

A partir de este momento, sois puellae gaditanae : las más hábiles y codiciadas concubinas, las mejores prostitutas y las bailarinas más exquisitas de todo el Imperio.