Innocentia XVIII
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XVIII

XVIII

Sucaelo

Tauro esperó tras una esquina hasta la hora del almuerzo, cuando ya no quedaban clientes. Se cubrió la cabeza con la capucha y entró. Había ordenado a Expositus que aguardara fuera y solo avisara si alguien se acercaba.

—Me llamo Escila, soy la encargada de este lugar —dijo la prostituta desde el mostrador, con la rutina de quien siempre repite lo mismo ante nuevos clientes—. Aquí tengo todo lo que necesitas para satisfacer cualquier fantasía que hayas soñado.

Tauro se descubrió, bajando la capucha, y la expresión de Escila cambió de inmediato. Sin pensarlo, sacó un pequeño puñal de debajo del mostrador.

—¡Tú! —exclamó apuntándole con el cuchillo—. Mataste a mi leno . ¿Has venido a matarme a mí?

—Yo no lo maté —aseguró Tauro alzando despacio las manos.

Escila no lo escuchó. Dio la vuelta al mostrador, amenazándolo con el arma en alto. Con un movimiento seco, Tauro golpeó la muñeca de Escila. El puñal tintineó al caer. Cuando ella se agachó a recogerlo, él la detuvo poniendo el pie sobre el cuchillo y, con rapidez, desenfundó su propio puñal.

—Cuando empuñes un arma, asegúrate de estar dispuesta a usarla.

—No me hagas daño, por favor —imploró Escila levantando las manos y con pánico en los ojos.

—No voy a hacerte daño —añadió Tauro con calma—. Pero vas a decirme lo que sabes.

—¿Cómo sé que no me matarás cuando te lo diga? —preguntó Escila.

—No lo haré. Te doy mi palabra. Cuéntamelo todo y me iré de aquí sin más.

Escila dudó un instante. Tauro supo leer su indecisión.

—Fui a ver a tu leno —admitió—. Hablé con él, pero no lo maté. Aunque sé que ocultaba más de lo que me confesó.

Expositus entró en ese momento corriendo.

—Dos clientes se acercan.

Tauro bajó despacio el puñal, sin apartar la mirada de Escila.

—Por favor, dime lo que sabes. Solo quiero ayudarlas.

La prostituta los miró vacilante; aquel hombre y el muchacho parecían ser sinceros.

—Sé dónde están las niñas —dijo con un hilo de voz al recordar lo que había visto.

Tauro la miró sorprendido.

—¿Cómo lo has averiguado?

—Porque las he visto con mis propios ojos. Y si me prometes ayudarlas, te diré dónde están.

Tauro asintió.

—Las sacaré de allí, te lo prometo.

—Están a una jornada de aquí, en la villa de Mitra.

Domicia llegó hasta la vivienda que había junto a la domus de Plautia. Llamó a la puerta y esperó hasta que una mujer abrió.

—¿Qué deseas? —preguntó.

Domicia se fijó en su aspecto. Su rostro estaba pálido y sus ojeras reflejaban que aquella mujer llevaba semanas sufriendo y llorando sin consuelo.

—Mi nombre es Domicia y, junto con mi esposo, estamos tratando de encontrar... a las niñas. Nos une un gran compromiso con Plautia y su familia. Me ha dicho que tú también has perdido a tu hija.

La mujer la examinó de arriba abajo. No terminaba de creerse que una mujer investigara las desapariciones. Sin embargo, sus maneras y la forma de vestir indicaban que no era peligrosa.

—Mi hija, Pompeya, no está desaparecida —respondió—. Murió aquella noche.

—Imagino que hablar de ello debe de resultarte muy doloroso —dijo con suavidad—, y lamento de corazón tu pérdida. Pero me gustaría saber si puedo hacerte unas preguntas, algo que quizá nos ayude a encontrar a las otras niñas. ¿Te importa que hablemos dentro?

Menfis dudó hasta que, al fin, la dejó entrar.

Domicia la siguió y, al hacerlo, se giró y se fijó en la puerta. También tenía un pasador para bloquearla desde el interior.

—Siento muchísimo lo de tu hija —añadió con sinceridad.

—Gracias —murmuró Menfis—. ¿Puedo ofrecerte algo de beber?

—No, no es necesario. No te robaré mucho tiempo.

—Desde que mi hija Pompeya no está, el tiempo no significa nada para mí —dijo entrelazando las manos sobre el vientre, el lugar donde su hija había estado nueve lunas.

Domicia sintió un nudo en la garganta al ver cómo aquellas palabras parecían arrancarle un pedazo del alma.

—¿Cuál es tu nombre?

—Me llamo Menfis.

—Sé que es doloroso, Menfis, pero ¿puedes explicarme qué pasó aquella noche?

La mujer ahogó un lamento al ahondar una vez más en los recuerdos.

—Esa tarde, mientras los hombres estaban reunidos en la curia, la mayoría de las mujeres libres estuvimos en los ritos de la Bona Dea, una ceremonia dedicada a la diosa de la fertilidad, la castidad y la sanación... —Menfis hizo una pausa como si dudara—. Aunque imagino que sabrás en qué consisten.

—No te preocupes. ¿En alguno de los ritos sucedió algo que pudiera haber enojado a la diosa? —preguntó Domicia con calma.

—Al contrario... Las bendiciones y ofrendas que recibió la Bona Dea se realizaron conforme a la tradición: las madres suplicaron su ayuda, las jóvenes pidieron concebir y las enfermas imploraron su curación. Nada hubo que indicara que no contábamos con su favor.

—En Roma suelen celebrarse en casa de la mujer cuyo marido ostenta el cargo más alto de la ciudad.

Menfis asintió.

—Ese día, la matrona encargada de la celebración fue la esposa del gobernador de la provincia.

—Continúa, por favor —dijo Domicia con calma.

—Cuando llegué ya era de noche. Pompeya dormía; la besé en la frente antes de irme a dormir, apagué su lucerna y... —Menfis no pudo evitar el llanto que luchaba por salir— al día siguiente encontré su cuerpo sin vida.

—¿Por qué, al entrar, no pusiste el hierro que bloquea la puerta?

Menfis levantó la cabeza y observó a Domicia, que no apartaba la mirada de ella.

La liberta se giró, avergonzada.

—Esa noche iba a recibir visita.

—¿De quién?

—No es asunto tuyo.

—No, no lo es. Y la verdad, no me importa quién es el hombre con quien te ves a escondidas, pero puede que me ayude a saber qué está pasando.

Menfis dudó un instante antes de responder.

—Da igual. Esa noche no se presentó.

—¿Quién? —preguntó de nuevo Domicia.

—Fabio Balbo, el padre de Fabia, una de las niñas desaparecidas.