XVII
XVII
Sucaelo
Domicia y Tauro estaban sentados en el tablinum de la domus de Tito Papirio, conversando con él y con su esposa, Plautia.
Domicia se detuvo a observar las atentas caricias que el hombre dedicaba a su mujer; parecía evidente que se amaban.
Tauro, en cambio, había fijado la mirada en Parvus, el hijo de ambos, que los observaba oculto entre las plantas de uno de los jardines.
Después de haberse derrumbado la vez anterior que estuvo en la misma vivienda, se obligó a no pensar en el parecido de Marco con su hermana.
—¿Qué tal han ido los negocios en Tarraco? —preguntó Domicia con cortesía.
—Cualquier cosa que me mantenga ocupado y no me haga pensar en mi hija es bien recibida —respondió Tito sosteniendo la mano de su esposa.
Tauro interrumpió la conversación:
—Te seré sincero, Tito, no tenemos mucho con lo que trabajar...
—Tendríamos mucho más si no nos ocultarais información —replicó Domicia, con la mirada fija y severa en Plautia.
—¿A qué te refieres?
—A que las niñas que están secuestrando solo son las hijas de las mujeres de clase alta.
Plautia la miró sorprendida.
—Lo desconocía —respondió avergonzada—. Como imaginarás, las mujeres con las que trato son de mi misma condición.
Suponía que nos habían arrebatado a todas las niñas, incluidas las hijas de plebeyas o esclavas.
Lamento lo sucedido. Desde la desaparición de mi pequeña, mi vida se ha reducido al llanto y a la desesperanza; no he tenido fuerzas para pensar en nada más que en hallarla.
—¿Hay algo más que no nos hayáis contado? —inquirió Domicia.
Plautia levantó la mirada hacia ella, molesta por el tono de la pregunta.
—Junto con otras mujeres, he hablado con Aurelio Carisio, el pretor de Corduba —añadió, notando la sorpresa en el rostro de su esposo.
—¿Y por qué no me lo dijiste? —preguntó Tito Papirio, con el ceño fruncido y un hilo de irritación en la voz.
—Estabas fuera de la ciudad atendiendo tus negocios. Nos negábamos a no hacer nada mientras todos tratáis de encontrarlas —respondió Plautia.
Tito respiró hondo y tomó entre las suyas la mano de su esposa. Con un leve ademán le indicó que prosiguiera, aunque en su mirada era evidente la molestia por no haber sido informado antes.
—Ha prometido entrevistarse con Lucio Sicio, legado de la VII Gemina. Si las legiones se suman a la búsqueda de nuestras hijas, estamos convencidas de que, con su colaboración, las hallaremos.
—Eso sería de gran ayuda —prosiguió Tauro—. Lo único que hemos podido averiguar hasta ahora es que podrían encontrarse en alguna villa.
Plautia se incorporó aferrándose al brazo de su esposo; la idea de que su hija pudiera estar cerca la estremeció.
Tito, por su parte, intentaba pensar con rapidez.
—Hay muchas villas en la zona —añadió el duunviro—. ¿Crees que podrían hallarse en alguna abandonada?
—¿Conoces alguna donde se celebren ritos, cultos orientales o ceremonias semejantes, Tito? —preguntó Domicia a su anfitrión.
—Lo ignoro..., aunque podría indagar. ¿Por qué habría de ser relevante? —respondió él, con cierto desdén.
Domicia y Tauro intercambiaron una mirada: había llegado el momento de compartir la única información que habían logrado obtener.
—No podemos asegurarlo —continuó ella procurando suavizar la crudeza de sus palabras—, pero Tauro ha descubierto indicios de que podrían estar implicadas en algún rito en el que el sexo desempeña un papel central.
He pensado en alguno, como los ritos dionisíacos, culto a Afrodita y varios más.
Según la información que hemos recabado, se deposita una tablilla en un lupanar con las indicaciones del lugar al que deben conducirse las prostitutas.
A esa cita acuden numerosos hombres, dispuestos a pagar por satisfacer toda clase de deseos.
—Tomó aire antes de añadir—: En otra parte de la villa existe un espacio reservado para los clientes más selectos...
Creemos que allí es donde puede que retengan a las niñas.
Plautia se cubrió el rostro con las manos, horrorizada. Su marido trató de consolarla con gestos cariñosos.
—¡No puede ser! ¿Estáis seguros de...? —preguntó ella con la voz temblorosa.
—Lamento decirlo, Plautia, pero no se me ocurre otra razón que explique por qué han capturado a las niñas —replicó Domicia.
—Haré cuanto esté en mi mano para descubrir en qué villa se hallan —dijo Tito recorriendo la sala con nerviosismo—. Interrogaré a mis conciudadanos, removeré cielo y tierra si es preciso.
—Nosotros seguiremos investigando —añadió Tauro—. Las encontraremos.
Domicia y su esposo hicieron ademán de retirarse, pero la voz de Tito los contuvo.
—Hablando de otro asunto. El edil de la urbe me informó que han hallado el cuerpo de Fulvio Próculo, el dueño del lupanar más grande de Sucaelo.
Les costó identificarlo, dado que lo torturaron brutalmente.
Al parecer, alguien que encaja con tu descripción fue a su lupanar y a la taberna de Las Tres Garzas haciendo preguntas sobre las niñas y, dada la información que has descubierto tan precisa, indica que podrías estar implicado.
Tauro se sobresaltó al oír que al leno lo habían torturado.
—Es cierto que fui a verlo y lo interrogué, pero no le puse la mano encima y, mucho menos, lo maté.
—Yo no me dejaría ver mucho por allí —sugirió Tito, sin mostrarse del todo convencido—. Si alguien te reconoce, podría denunciarte ante el edil y, en ese caso, mis manos quedarían atadas. Mis influencias no son tan poderosas como algunos creen. Además, fui yo quien te trajo...
—Estoy seguro de que sería capaz de hacerlo —interrumpió Parvus, el hijo de Tito y Plautia, saliendo de su escondite con aire insolente—.
Lo acompañé hasta uno de los mercados de esclavos.
Quería comprobar si alguna de las niñas estaba allí.
Fue algo bastante desagradable, lo admito.
Estoy convencido de que este hombre es capaz de cualquier cosa con tal de lograr lo que desea.
Piénsalo, padre: si resulta ser el culpable de un asesinato y alguien descubre que ha sido invitado a la ciudad por ti, tu dignitas quedará en entredicho.
Tito asintió con la cabeza despacio. La afirmación de su hijo era, sin duda, muy acertada.
Tauro los observó en silencio y, sin añadir una sola palabra, emprendió junto a Domicia el camino hacia la salida.
Un esclavo los escoltó hasta el atrio. Mientras sus pasos se alejaban por la domus , Tito Papirio dirigió una mirada cargada de desconfianza a Plautia, preguntándose si no habría cometido un error al permitir que aquel hombre y su esposa se entrometieran en la búsqueda de su hija.
Ya en el umbral, con el murmullo de la calle de fondo, Tauro se volvió hacia Domicia.
—Ya sabes que no hice daño a ese hombre, aunque no respondo del hijo de Tito si volviera a quedarme a solas con él —susurró entre dientes—. Como te conté, cuando regresé a la taberna a ver si el leno tenía más información, me acusaron de haberlo matado. Alguien lo silenció, pero no fui yo.
Domicia no respondió. Estaba convencida de la inocencia de Tauro y se limitó a recorrer con la mirada las fachadas de las viviendas colindantes.
En las domus de los ediles solían abundar los anuncios electorales de sus rivales políticos pintados sin pudor en los muros; la de Tito era la única que permanecía limpia, sin una sola inscripción.
Aquello no le pasó inadvertido, pero guardó silencio.
Entonces volvió la vista hacia Tauro y lo miró fijamente, percibiendo la tensión en su rostro.
—Vayamos a la taberna —dijo tomando a su esposo del brazo—. Así podrás contarme qué te inquieta.
—El leno al que se refería Tito, el hombre a quien interrogué —comentó Tauro—, ¿quién lo ha matado y por qué?
—¿Le dijiste que habías llegado hasta él gracias a la información de una de sus prostitutas?
Tauro negó con la cabeza.
—Puede que alguien se enterara de tus preguntas, que se pusiera nervioso y decidiera acabar con él —reflexionó Domicia con rapidez—.
Si es así, queda claro que sabía más de lo que te contó.
De modo que hay alguien que no quiere que sigamos investigando, y el hombre que lo mató debió de ser alguien conocido, que no llamara la atención de quienes estaban cerca.
Tauro permaneció en silencio. Llevaba varios días sin beber y eso le permitió pensar con claridad. Había llegado hasta el leno con demasiada facilidad. Entonces comprendió algo inquietante: de la misma manera que él lo había encontrado, cualquiera con el interés suficiente podría haberlo hecho.
De inmediato, su pensamiento regresó al mismo hombre que llevaba semanas atormentándolo: el mercader que los había seguido desde Augusta Emerita hasta la mansio .
Si él había logrado encontrarse a solas con el leno , aquel individuo también podría haberlo hecho.
Desde entonces no dejaba de preguntarse quién lo habría enviado, y solo un nombre acudió a su mente: Julia Mesa.
Si en realidad se trataba de ella, deberían abandonar la búsqueda de las niñas..., aunque sabía que no podía hacerlo, por Marco. Sin embargo, la seguridad de Domicia y de Expositus estaba por encima de todo.
—Mientras descubrimos quién está detrás de todo esto, debemos aumentar las precauciones —ordenó Tauro.
—No te preocupes por mí —comentó su esposa intentando tranquilizarlo.
Tauro se detuvo y la agarró por los hombros, mirándola a los ojos con intensidad.
—Domicia, accedí a que vinieras conmigo no solo para ayudarme a buscar a las niñas.
No soy el Tauro que todos recuerdan... y, en este momento, contigo cerca me resulta más fácil mantenerme sobrio.
Necesito tenerte a mi lado; es la única forma en que puedo protegerte.
Pero no servirá de nada si no me prometes que no te pondrás en peligro de forma innecesaria.
Domicia asintió sin decir palabra. Tauro la atrajo hacia sí y la abrazó con fuerza.
—Cada vez tengo más claro que detrás de todo esto hay gente muy poderosa. Cuando estés sola en la taberna, quiero que hagas todo lo que te he enseñado. Hablaré con Expositus. Es muy importante que sigáis mis indicaciones mientras yo no estoy.
Domicia asintió de nuevo, aunque su mente ya estaba en otra cosa.
—Aún no me has contado por qué lo has traído con nosotros —comentó cambiando de tema mientras caminaban.
Tauro modificó su semblante serio y sonrió.
—Todas las mañanas acudía a la taberna de Sentia.
Al principio, me hacía el desentendido cuando lo descubría robándome.
Pero un día, de camino a casa, vi que unos legionarios lo pillaron robándoles.
Si yo no hubiera intervenido, estoy seguro de que ahora el crío estaría vagando por la laguna Estigia.
Desde ese día me propuse cuidar de él. El chico está solo, y no puedo ni imaginar lo difícil que debe de ser para un niño sobrevivir sin nadie que lo cuide.
Por eso accedí a que viniera con nosotros.
Sabía que se había escondido en el carro y no dije nada.
No me lo perdonaría si regresamos a Augusta Emerita y descubro que le ha ocurrido algo.
—¡Lo imaginaba! —exclamó Domicia—. No es difícil cogerle cariño.
—Le diré que se quede contigo mientras voy de nuevo al lupanar. Quiero saber si Escila, la prostituta a quien interrogué, sabe quién ha podido matar al leno y si ha descubierto algo sobre las niñas. Ya he perdido demasiado tiempo. Ha llegado la hora de actuar.
Tauro y Domicia siguieron andando. El antiguo legionario miraba de vez en cuando hacia atrás, preocupado desde que había pensado en el sicario.
En vez de dirigirse a la taberna donde se hospedaban, dio varios rodeos, ante la desesperación de Domicia.
Cuando llegaron, Expositus estaba subido en una de las piedras que servían de paso de peatones, jugando con su espada de madera.
Al verlos, bajó de un salto y corrió hacia ellos.
—Dile que te acompañe —dijo Domicia a su marido—. Voy a recostarme un rato; tengo un fuerte dolor de cabeza.
—¿Estás segura? —preguntó Tauro preocupado.
—Te prometo que tomaré todas las precauciones que me has enseñado.
—¿No prefieres que me quede?
—No, ve a ver si descubres algo más.
Tauro asintió y, tras despedirse con una mirada cómplice, se perdió calle abajo junto a Expositus, en dirección al lupanar.
Sin embargo, mientras Tauro y el chico se marchaban calle abajo, Domicia fingió entrar en la habitación. Cuando vio que desaparecían por una de las esquinas, se detuvo y se dio la vuelta. Necesitaba investigar algo por su cuenta.