XVI
XVI
Corduba
Aurelio Carisio se encontraba en el tablinum de su domus escuchando con aparente atención a las madres de tres de las niñas secuestradas.
Las mujeres habían viajado desde Sucaelo hasta Corduba para solicitar su ayuda.
El rostro del pretor mostraba interés, pero sus pensamientos estaban muy lejos del dolor de sus invitadas.
—Mi nombre es Vitruvia. Nuestros esposos han tratado de hablar con el legado de la VII Gemina, pero, según ellos, este se niega a ayudarnos. Tal vez al pretor lo escuche. Estamos convencidas de que, si los legionarios registran todas las villas de la Bética, darán con ellas.
—Me temo que no. Yo también lo he intentado y se ha negado a prestarnos su ayuda —mintió con cara de pesar.
—Estamos desesperadas —intervino Plautia—.
Desde que mi hija desapareció no he vuelto a conciliar el sueño.
Vivo cada una de las horas del día en la más amarga de las pesadillas.
Por favor, pretor, te lo suplicamos, habla con el gobernador.
Si él lo solicita, la legión participará en la búsqueda de nuestras hijas.
Aurelio quedó absorto en sus pensamientos.
Aquella mujer era la esposa de Tito Papirio, pero hasta ese momento desconocía que era la madre de la muchacha que intentó huir de la villa de Mitra.
Por un instante, imaginó la expresión en su rostro si osara revelarle la verdad: que habían sometido a su hija a un tormento atroz hasta arrancarle la vida.
—Os lo prometo —comentó—. Haré cualquier cosa que esté en mi mano para encontrar a todas esas pobres niñas.
En ese momento, el esclavo de mayor rango de la domus se acercó y le entregó una tablilla de cera pintada al pretor.
Aurelio la observó de reojo, sin cambiar la expresión.
Mientras las mujeres seguían con sus lamentos y ruegos, su mente estaba en otro lugar.
Ese era el modo en que Orbiana se comunicaba con él.
Como la antigua esclava no sabía escribir, pintaba la madera de las tablillas de cera según el mensaje que quisiera transmitir.
Así, con ese método, nadie jamás sabría su contenido, ya que no había nada escrito en su interior.
Aurelio continuó ofreciendo consuelo con aparente angustia a sus invitadas, mientras pensaba en el color de la tablilla de cera.
Si la madera estaba pintada de verde, significaba que todo iba según lo previsto; si era roja, indicaba que había habido complicaciones con alguna de las niñas, pero que todo estaba bajo control.
Lo que tenía preocupado a Aurelio Carisio no era el dolor de las mujeres, sino el color de la tablilla que había recibido: negro.
Eso significaba que algún asunto requería su atención con urgencia.
—Mañana, sin falta, iré a ver al gobernador —dijo Aurelio—. Encontraremos a vuestras hijas, os lo prometo.
Las mujeres se miraron confiadas.
—Y ahora, si me disculpáis —continuó el pretor—, debo atender otros asuntos que, aunque no sean tan importantes, requieren mi atención.
Las madres de las niñas secuestradas abandonaron el comedor con el alma más esperanzada que cuando habían entrado. Aurelio Carisio suspiró, aburrido tras el plúmbeo encuentro con aquellas mujeres. Uno de sus esclavos le sirvió una copa de vino, que apuró de un solo trago.
Después, se despojó de la toga y la túnica con la franja púrpura y se vistió con una más discreta.
Se cubrió con una paenula , una capa de lana similar a las que usaban en las legiones, y salió por la puerta trasera.
Tres hombres lo seguían de cerca y otros cuatro mantenían una distancia prudente.
La mayoría de ellos eran antiguos gladiadores que había contratado como escoltas.
Una ligera lluvia comenzó a caer cuando Aurelio Carisio abandonó la urbe de Corduba por la puerta de Ossarium, en dirección a Augusta Emerita, para dirigirse a la necrópolis.
Al llegar, sus guardaespaldas apartaron a las bustuariae , las prostitutas que ejercían entre las lápidas, que se acercaron a él para tratar de conseguir un servicio.
El pretor continuó su marcha hasta su panteón familiar, donde una mujer limpiaba el mármol que lo cubría.
—¿Qué ocurre? —preguntó Aurelio.
Orbiana se dio la vuelta.
—Un hombre vino hace dos días a la villa.
—¿Qué quería?
—Advertirnos. Foedus se enfrentó a él y estuvo a punto de perder la vida. Al parecer, la esposa del duunviro Tito Papirio, de Sucaelo, ha contratado a un hombre llamado Tauro para investigar la desaparición de las niñas. Dijo que es muy eficaz y que no tardará en encontrar la villa.
Aurelio Carisio se quedó pensativo. Hacía apenas una hora había estado hablando con Plautia, esa misma mujer, y ella no había mencionado nada sobre el hombre al que habían contratado. Su paciencia comenzaba a agotarse.
—Adelantaremos el plan —añadió al fin—. En dos días llegarán los carros para llevarlas a Gades. 1
—¿A todas? —preguntó Orbiana—. Son unas setenta.
Aurelio la miró sorprendido; no estaba acostumbrado a que cuestionaran sus órdenes.
—Son muchas..., podrían llamar la atención —agregó Orbiana intentando justificarse.
—Tú encárgate de lo que te corresponde y asegúrate de que las niñas estén listas. Tu ineptitud está empezando a cansarme.
Orbiana bajó la cabeza en señal de sumisión.
—¿Puedo pedir algo..., domine ?
El pretor no podía creer lo que estaba oyendo, pero antes de que pudiera negarse, Orbiana se adelantó.
—Me gustaría quedarme con una de las niñas.
—¿Cómo? —preguntó Aurelio sorprendido.
—Me da igual si es la menos agraciada. La tendremos siempre encerrada y amordazada.
Incluso le cortaremos los pies, si es necesario, para que no se escape, y la lengua para que no grite.
—Orbiana escupió con rapidez todas las causas por las que su dominus podría negarse—.
Es por mi hijo. De esa manera podrá desfogarse y no sentirse tan solo.
Es imposible que de otra forma encuentre a una mujer, porque todo el mundo lo teme.
Aurelio la miró fijamente y acercó el rostro hasta el oído de la esclava.
—Un pelo de una de esas niñas vale más que la vida de tu miserable hijo. Si vuelves a molestarme con otra insólita petición, regresaréis a la porqueriza de donde os saqué. ¿He sido lo bastante claro?
Orbiana apretó los puños con ira.
—Sí, domine.
Aurelio se atusó la capucha para marcharse y, antes de darse la vuelta, añadió:
—Además de tener preparadas a las niñas, ¿hace falta que te diga lo que debes hacer?
—No, domine. Lo estaremos esperando y, cuando venga, mi hijo acabará con ese tal Tauro.