Innocentia XV
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Calzada Bética

Publio Sestinus era un humilde mercader de telas.

Tenía una pequeña villa a las afueras de Sucaelo donde, junto a sus hijos, se ganaba la vida sembrando y cultivando lino.

Su esposa y sus hijas lo hilaban y enrollaban en grandes madejas, que después Publio vendía.

Era un negocio próspero que, durante años, había sido el sustento de varias generaciones.

Aquel día, Publio regresaba a su hogar acompañado de uno de sus hijos.

Tras cerrar con éxito el acuerdo para la venta de los ovillos de ese año, viajaban satisfechos.

Llevaban ya una semana fuera de casa. Su hija estaba a punto de dar a luz y él soñaba con la posibilidad de llegar para recibir la noticia de que, por primera vez, se había convertido en abuelo.

Para celebrar que la vida les sonreía, habían comprado un ánfora de vino de Laietania, de la provincia Tarraconense, el mejor vino de Hispania.

Esa noche, toda la familia celebraría el favor de la diosa Fortuna.

El aire era cálido mientras avanzaban por la calzada y Publio charlaba alegremente, cuando su hijo llamó su atención con el tono de voz serio.

—Padre —dijo señalando a un hombre que estaba tumbado a la derecha de la calzada y hacía gestos para que se detuvieran—. Parece que está herido.

Publio tiró con fuerza de las riendas de sus caballos para que se detuvieran, acompañándolo con un grito de su voz.

—Quédate aquí —ordenó.

Publio bajó del carro y caminó deprisa hacia el hombre, que permanecía encogido, sosteniéndose el vientre.

—¿Te encuentras bien? —preguntó.

El hombre giró el rostro hacia él.

—Me han atracado... —dijo, con un hilo de voz, mientras sus manos presionaban su abdomen—. Estoy herido.

—Déjame ver...

En un rápido movimiento, el hombre hundió un puñal en el estómago de Publio de un lado a otro, sin piedad. El mercader solo pudo tratar de taponar su herida, incapaz de sostener las entrañas que le resbalaban entre las manos.

—¡Corre, hijo! —gritó—. ¡Márchate de aquí!

Publio, sabiendo que su vida llegaba a su fin, hizo lo único que pudo: se aferró con todas sus fuerzas a las piernas del atacante, tratando de impedir que alcanzara a su hijo.

—¡Corre! —gritó de nuevo con la voz rota.

El hijo de Publio no podía creer lo que veían sus ojos. Su padre estaba bregando con aquel asesino para tratar de salvarlo. Iba a huir, pero debía ayudarlo. No podía dejarlo allí. El muchacho cogió un palo que tenían en la parte trasera del carro y decidió bajar para socorrer a su padre.

Cuando llegó hasta ellos con el mazo en alto, el hombre había conseguido zafarse de Publio, que ya había comenzado a agonizar. Con una increíble habilidad, el asesino lanzó su puñal, que atravesó la garganta del muchacho.

Lo último que vio Publio antes de entregarse a la oscuridad de la muerte fue el cuerpo de su hijo cayendo delante de él, con los ojos sin vida.

Aquilio había conseguido lo que necesitaba: el carro. Para él, la violencia nunca era excesiva cuando precisaba algo. Apartó los cadáveres del comerciante y de su hijo del camino y, con la frialdad de quien ha matado en decenas de ocasiones, continuó en dirección a la villa de Mitra.

Paró en los siguientes establecimientos y fingió su papel de mercader que regresa a su casa. Añadió dos muescas más al mango de su puñal y, media jornada después de salir de Sucaelo, alcanzó el municipio de Igabrum, donde le informaron de cómo ir a su destino: la villa de Mitra.

Cuando Aquilio llegó, se tomó su tiempo para examinar los alrededores.

El leno había dicho que allí solo vivían una madre con su hijo.

No se fiaba de Fulvio, pero tras dos días vigilando la casa, parecía que decía la verdad.

Además, durante las noches, se encargó de dar buena cuenta del contenido de aquella maravillosa ánfora de vino que había en el carro, y se lo agradeció al mercader y a su hijo levantando su copa en alto y señalando al cielo.

A la mañana del tercer día, Aquilio se acercó a la puerta y, sin el menor rastro de nerviosismo, hizo sonar la aldaba con firmeza. Tras una larga espera, el pasador de metal crujió y unos ojos se asomaron por la rendija.

—¿En qué puedo ayudarte? —preguntó con recelo.

—¿Orbiana? —inquirió él.

Hubo una pausa.

—Mi señora no está —respondió ella titubeando.

—Sé que eres tú —replicó Aquilio—. Si no lo fueras, no habrías tardado tanto en contestar. Abre, tengo un mensaje importante.

La mujer vaciló, pero, tras un momento de duda, abrió la puerta.

Aquilio entró con cautela. Apenas cruzó el umbral, se agachó justo cuando un enorme brazo arremetía contra él.

Rodó por el suelo y, al alzar la vista, sus ojos se desorbitaron.

El hombre más grande que había visto en su vida avanzaba hacia él.

El hombre de Mesa esquivó otro previsible golpe y, con todas sus fuerzas, lanzó un puñetazo al mentón del gigante. El coloso ni siquiera se inmutó. A continuación, le propinó una patada en la rodilla y un par de golpes en las costillas, pero aquel hombre parecía no sentir dolor.

El gigante lo agarró del cuello con una fuerza brutal y empezó a apretar, mientras su otra mano le golpeaba repetidamente el rostro.

La sangre comenzó a brotar de su nariz, la ceja y los labios.

Aún sorprendido por la fuerza de su adversario, Aquilio sintió que la falta de aire lo conducía al borde de la inconsciencia.

En un último acto de desesperación, alcanzó un pequeño puñal oculto en el cinturón de su espalda y, con rápidos movimientos, clavó su arma en los tendones de la mano del gigante, consiguiendo que la presión cediera.

Tosiendo y luchando por recuperar el aliento, el sicario apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que aquel hombre inmenso le lanzase una patada directa a la cara, haciéndole escupir varias piezas dentales. A continuación, le golpeó de nuevo en el ojo.

Aquilio, presa de la momentánea pérdida de visión, dio estocadas al aire con su puñal sin saber bien dónde atacaba.

En una de sus desesperadas embestidas, clavó su arma en el muslo de su enemigo, quien, aunque aulló de dolor, fue capaz de contraatacar uniendo las dos manos, con las que propinó un enorme puñetazo en el rostro de Aquilio.

El ruido del hueso de la nariz al romperse sonó casi en el mismo instante en el que su cuerpo cayó de espaldas, con el puñal ensangrentado en la mano.

Aquilio había subestimado a su rival en aquella batalla.

Estaba herido y apenas veía por un ojo; sabía que no podría vencerlo por la fuerza.

Recordó entonces algo que su padre le había enseñado.

Fingiendo estar inconsciente, esperó. Cuando el gigante, confiado, se agachó para rematarlo, Aquilio, a una velocidad asombrosa, clavó la daga en el tendón de Aquiles de su enemigo.

El gigante se desplomó, lleno de dolor, y la pérdida de equilibrio hizo que se golpeara la cabeza contra el suelo.

Sin perder tiempo, Aquilio se colocó tras él, levantándole el mentón mientras extraía el puñal y se lo colocaba en el cuello. Justo cuando estaba a punto de terminar con su vida, una voz lo detuvo.

—¡No, por favor, no lo mates! —exclamó Orbiana, aterrada, al ver a su hijo derrotado—. Haré lo que me pidas, pero no lo mates.

Aquilio escupió una mezcla de saliva y sangre.

Tenía un aspecto aterrador. La brecha en el centro de la nariz no paraba de sangrar.

El párpado ya había comenzado a hincharse.

Su pecho subía y bajaba con fuerza debido al esfuerzo.

Había matado a hombres por mucho menos. Apretó el filo del puñal contra el cuello cubierto de sudor y roña de aquel gigante.

—¡Te lo suplico! —rogó Orbiana—. Se llama Foedus, es mi hijo. Estábamos asustados. No quería hacerte daño.

Aquilio sopesó sus opciones. El deseo de acabar con él lo invadía, pero sabía que lo necesitaba.

—No lo mataré, pero solo con una condición —dijo con voz firme.

—Lo que sea —respondió Orbiana desesperada.

—He venido a alertaros.

—¿Alertarnos? ¿De quién?

—¡Cállate y escúchame! —gritó Aquilio perdiendo la paciencia—. Pronto vendrá un hombre haciendo preguntas sobre las niñas. Lo han contratado para encontrarlas. Os dejaré a tu hijo y a ti con vida solo si me prometes que harás todo lo que te diga. Si no, volveré y os mataré a los dos.

—Acabaremos con él —prometió Orbiana.

—Antes quiero que sufra, que sienta un dolor que jamás haya conocido. Te diré paso a paso lo que tienes que hacer.

—Así se hará. ¿Cómo se llama? —preguntó ella, aún con la voz tomada.

—Tauro.