XIV
XIV
Sucaelo
Tauro acudió a casa de Tito Papirio. El duunviro aún no había regresado, así que pidió a su hijo que lo acompañara. Aquel día se celebraba en Corduba una subasta de esclavos y necesitaba ir con alguien que pudiera reconocer a las niñas.
El viaje fue extraño desde el inicio. Aunque el muchacho era la viva imagen de Marco, su antiguo amigo, a medida que recorrían las millas que separaban ambas urbes, Tauro comprendió que el parecido era únicamente físico.
—Tu tío y yo fuimos grandes amigos, Tito.
—Llámame Parvus. Todos me llaman así para diferenciarme de mi padre. Nunca llegué a conocer a Marco. Tampoco me interesan los asuntos de antepasados que no hicieron nada por engrandecer el apellido familiar.
—Tu tío luchó por la grandeza de Roma —dijo Tauro indignado.
—Mi familia no goza de un apellido ancestral. En Roma se nos conocería como hombres nuevos. Mi padre es el primero de su gens que ha logrado convertirse en duunviro, y esa es la grandeza por la que nos recordarán. Es el único hombre a quien admiro —sentenció con arrogancia y la barbilla altiva.
Tauro respiró hondo, conteniendo la furia que le hervía por dentro. Aquella respuesta lo arrebataba. El sobrino de Marco encarnaba justo lo contrario de todo aquello por lo que él había luchado y creído durante toda su vida.
—¿Tienes algún amigo, Parvus?
—No me interesan. Desde que nací, he sido educado para un solo propósito.
Mi padre tiene grandes proyectos para mí.
Va a unirme a una de las familias más importantes de la Bética, desposándome.
No me conformo con ser duunviro en Hispania; mi sueño, al igual que el de mi padre, es convertirnos en senadores de Roma.
—Ojalá lo consigas. Verás, chico, he cometido muchos actos en mi vida de los que me arrepiento, he quitado vidas que jamás debería haber tomado, y tal vez para ti eso de luchar por la gloria de Roma no tenga ningún mérito.
Pero te diré algo: hay pocos valores más sagrados que los lazos que se forjan entre hombres en medio de la batalla.
Hace unos meses un hombre fue enviado a mi casa a matarme.
Parvus se revolvió incómodo en su asiento.
—¿Cómo se llamaba? —preguntó nervioso.
—Lo ignoro —mintió—. Solo sé que lo conocían como el Asesino de Senadores.
Tauro omitió que aquel individuo había sido enviado por Julia Mesa; quería limitarse a contar lo imprescindible.
—Mientras mi esposa y yo huíamos por la puerta trasera, tu tío Marco se enfrentó a él y a los otros tres hombres que lo acompañaban.
—Tauro respiró hondo antes de continuar—.
Hizo cuanto estuvo en su mano hasta morir para proporcionarnos el tiempo necesario para huir.
Dio su vida por mí, un sacrificio que espero nunca tengas que padecer.
Por eso deberías honrar con mayor respeto la memoria de aquellos que ya no caminan entre nosotros, y más cuando hablamos de Marco: un hombre cuyo nombre merece ser pronunciado con la dignidad y el honor que solo un amigo verdadero puede otorgar.
Jamás permitiré que nadie hable mal de él en mi presencia.
Parvus desvió la mirada, avergonzado.
—¿Ya la conoces? —preguntó Tauro tratando de suavizar el tenso ambiente.
—¿A quién?
—A la mujer con quien vas a desposarte.
—Mi matrimonio es solo un acuerdo para fortalecer los lazos de nuestras familias. Su personalidad me es indiferente.
—Puedes hacer lo que quieras con tu vida, pero permíteme decirte algo: conoce a la mujer con la que vas a desposarte; si la cuidas y la respetas, se convertirá en tu compañera para todo lo que venga.
Rodéate de hombres que merezcan llamarse amigos.
En la guerra serán tu escudo y, en la calma, tu esposa será la fortaleza que te sostenga.
Puede que mañana te recuerden por tus cargos o por tu apellido, pero cuando llegue el día de enfrentarte a Plutón, no serán los títulos lo que pese sobre tu alma, sino cómo has vivido.
Eso es lo único que importa, no unas letras grabadas en piedra.
Parvus apenas asintió, le traían sin cuidado aquellos consejos. Tauro siguió su camino en silencio, consciente de que cada palabra había sido un acto de lealtad hacia el sobrino de su mejor amigo, no un gesto de cariño hacia él.
Cuando llegaron a Corduba, se dirigieron al foro, donde una lanza clavada en el suelo señalaba que se celebraba una subasta pública de esclavos, organizada por un edil.
Frente a los siervos exhibidos se disponían unas sillas, pensadas para los mercaderes y para las mujeres encargadas del hogar, quienes podían sentarse y examinar la mercancía desde un lugar privilegiado.
Tauro le ofreció a Parvus una capa para pasar inadvertido.
El muchacho se la arrancó de las manos con evidente disgusto.
No quería ser visto allí. La escena le resultaba humillante; esas funciones no eran propias de hombres, y mucho menos de alguien destinado a un futuro como el suyo.
El antiguo frumentarius y el joven se mezclaron entre el gran número de personas que se daban cita para la ocasión.
Muchos de los asistentes iban con la necesidad de comprar y otros, con la intención de curiosear.
Durante lo que duró la subasta, decenas de esclavos fueron expuestos al público desnudos, subidos en un atril.
Todos llevaban un titulus colgado del cuello, un cartel que indicaba la edad, la procedencia, su profesión —si es que tenían alguna— y todo aquello que fuera de interés.
Muchos de los asistentes se levantaron para examinar la mercancía, inspeccionando sus dientes o tocando y palpando las partes de los cuerpos de los hombres y mujeres para comprobar que estaban sanos.
—¿Para qué me has traído aquí? —preguntó Parvus indignado—. Es indecoroso que un hombre de mi futura posición pise un lugar como este.
—Necesito que hagas algo —respondió Tauro con calma—. Mira bien a las esclavas más jóvenes y dime si reconoces a alguna.
—¿Por qué iba yo a conocerlas?
Parvus hizo amago de marcharse, pero Tauro suspiró con paciencia y lo sujetó del brazo, impidiéndoselo.
—Tranquilo, nadie va a reconocerte —añadió tratando de mantener la calma—. Solo te pido que te fijes bien y me digas si alguna de esas niñas podría ser tu hermana o una de sus amigas.
El joven lo miró con furia y comenzó a observar a todas y cada una de las esclavas.
—No, no conozco a ninguna —afirmó tras mirarlas por encima.
—¿Estás seguro? —preguntó Tauro con el rostro serio.
Parvus volvió a examinar a las esclavas, con la frente perlada de sudor, mientras se tapaba con la capa.
—Tranquilo —indicó poniéndole la mano en el hombro—. Solo deseo saber si alguna de esas niñas pertenece a Sucaelo. Nadie te está observando.
—Estoy del todo seguro —replicó mirando a los lados para ver si alguien lo reconocía—. Ninguna de ellas.
Tauro se convenció y, junto al nervioso muchacho, decidió volver al municipio.
Durante el camino, que les llevó el resto de la jornada, ninguno de los dos dijo una sola palabra.
Tauro estaba absorto en sus pensamientos.
Sospechaba que una de las razones del secuestro de las niñas podría estar relacionada con la venta de esclavas.
El disgusto lo invadía y no sabía por dónde continuar la investigación, salvo esperar a que el leno del lupanar le indicara cuándo se celebraría uno de esos encuentros.
En cuanto llegara a la ciudad, iría a ver a Fulvio Próculo de nuevo, con la esperanza de obtener alguna pista más.
También llevaba la preocupación consigo desde el día en que salieron de Augusta Emerita; no se olvidaba del hombre que los había seguido hasta la mansio .
No había vuelto a aparecer, pero Tauro no dejaba de darle vueltas en la cabeza, preguntándose quién podría haberlo enviado... y qué pasaría si regresaba.
El cuerpo le pedía beber. La tentación era conocida, casi reconfortante. Bastaría una jarra para apagar el ruido. Cerró los dedos con fuerza alrededor de las riendas. Se había prometido a sí mismo y a Domicia ser fuerte. Y estaba dispuesto a cumplir su palabra.
El mutismo de Parvus se debía a que aquel hombre no le gustaba y solo deseaba llegar a su vivienda y alejarse de él.
Ninguno de los dos se despidió cuando llegaron a casa de Tito Papirio. El chico se bajó con el carro aún en movimiento y corrió con rapidez en dirección a su casa.
Tauro fue hacia el lupanar. Al llegar a la taberna de Las Tres Garzas, se dio cuenta de que el tipo del garrote no estaba.
Cuando entró, el bullicio habitual se apagó de inmediato.
Las conversaciones entre las prostitutas y los clientes cesaron.
Tauro se dirigió hacia la barra, extrañado y en alerta, al ver que todas las miradas estaban clavadas en él.
No había rastro del leno . Observó cómo el tabernero murmuraba algo al oído de un muchacho, que salió con rapidez de la taberna.
El hombre se acercó a Tauro.
—¿Vino? —ofreció.
Tauro lo agarró por la muñeca antes de que pudiera apartarse y le mostró un puñal oculto bajo su capa.
—Vas a decirme por qué has mandado al chico a buscar al hombre del garrote —le susurró con voz amenazante.
—¿Cómo sabes...? —tartamudeó el tabernero.
—Todos tus clientes me miran y no hay rastro de Fulvio. No creo que lo hayas mandado para que me dé la bienvenida.
El tabernero lo miró aterrorizado. Algunos hombres se levantaron dispuestos a intervenir.
—Tranquilo, no te haré daño —dijo Tauro, sin apartar la mirada del hombre—. Solo dime qué está pasando.
—Fulvio apareció muerto. Y tú fuiste el último hombre con el que lo vimos hablando.
Tauro notó que varios clientes comenzaban a rodearlo. De un simple vistazo identificó al más borracho de todos y se abalanzó sobre él. Todos empezaron a gritar y el hombre trató de zafarse inútilmente, debido a su estado. Tauro se situó detrás y le puso su puñal en el cuello.
— ¡Zuéltame! —exclamó el hombre con la voz tomada por el alcohol.
—Yo no he tenido nada que ver con la muerte de Fulvio —añadió Tauro—. ¿Creéis que sería tan estúpido de venir si lo hubiese matado? Y ahora vais a dejar que me marche. Si alguien intenta algo, juro que le hago un corte en el cuello a vuestro amigo.
Todos los clientes levantaron las manos en señal de paz, pero sin dejar de acercarse.
Cuando Tauro llegó a la puerta, lanzó al borracho contra el grupo de hombres amenazantes y salió corriendo. Uno de los clientes alcanzó, a trompicones, la entrada y miró a un lado y a otro, pero no había ni rastro de él.