Innocentia XIII
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XIII

XIII

Villa de Mitra

Orbiana había trabajado duro para que la domus estuviera lista para recibir ese día a todos los invitados a los ritos dionisíacos que iban a celebrarse.

Encerró a su hijo para que no molestara a ninguno de los hombres que llegarían en pocas horas.

Estaba furiosa; Aurelio Carisio la había amenazado con echarlos si alguna de las niñas volvía a escaparse.

Aunque castigaron a la joven por huir, no podía ni quería imaginar abandonar aquel lugar que se había convertido en su hogar y donde, además, podía descargar su odio hacia las puellae nobiles , las jóvenes de clase alta.

Desde que nació, Orbiana había vivido como esclava en la domus de uno de los duunviros de Corduba.

Podía soportar las palizas y las violaciones que sufría a manos de su dominus ; sin embargo, no soportaba las vejaciones de las hijas de este.

Las jóvenes la obligaban a mantener relaciones sexuales con hombres mutilados o enfermos a quienes encontraban en la calle, para diversión de ellas y sus amigas.

Su ira hacia las niñas de clase alta creció tanto que creía ahogarse, hasta que en una de aquellas humillaciones, con un hombre de dimensiones monstruosas, se quedó embarazada.

Su odio se convirtió en abominación cuando nació Foedus, su hijo, y durante años sus amos lo criaron en la porqueriza de los cerdos.

Desde que era tan solo un crío, el tamaño de Foedus era mucho mayor que el de cualquier otro muchacho, pero eso no intimidó a las hijas de su dominus , quienes lo trataron como si fuera una bestia, un animal, hasta que se cansaron de él.

Tiempo después, cuando su hijo ya era casi un adulto, conoció a Aurelio Carisio, el rival político de su señor .

Orbiana, cuya sed de venganza aguardaba con paciencia su momento, vio en él la oportunidad perfecta y le propuso despejarle el camino matando a toda la familia si la sacaba de allí.

Carisio no solo aceptó, sino que le permitió vengarse de aquellas muchachas.

Desde que Foedus mató a todos los miembros de la domus donde habían vivido, incluidas las hijas que tanto odiaba, vivía solo para satisfacer los deseos del hombre que la había salvado de aquella vida, por lo que no soportaba disgustarlo.

Orbiana regresó de sus pensamientos e introdujo la llave en la cerradura donde se hallaban las niñas, y el chirrido metálico quebró el silencio. El aire, pesado y viciado, olía a miedo, y en los ojos de todas ellas se leía la sorpresa de ver allí a la anciana, en lugar de a su hijo.

Ordenó que salieran, y las niñas obedecieron y comenzaron a abandonar la estancia una tras otra, hasta que solo quedaron tres: dos junto a la puerta y otra suspendida en el centro, colgada de una soga.

El cuerpo, mutilado y cárdeno, reposaba sobre un charco oscuro que se extendía bajo sus pies. Elia hizo un gesto a Fabia para que la dejara sola y avanzó, despacio, hasta quedar frente a aquella figura inmóvil.

Unos días antes había fingido los síntomas que tantas veces había visto sufrir a su madre. Por alguna razón, Orbiana no se fio del todo y envió a su hijo a inspeccionar los alrededores. Foedus regresó al poco tiempo con ella en brazos.

Elia se llevó una mano al pecho. Tan solo una hora había durado la libertad de su amiga.

Prefería no pronunciar su nombre. En aquel encierro donde solo existían el silencio y las respiraciones contenidas de las otras niñas, era imposible no encariñarse con algunas, y verlas morir era un sufrimiento para el que nunca estaría preparada.

Alzó la vista. Trató de no pensar en la tortura, en el modo en que el dolor había sido impuesto ante los ojos temblorosos de las otras, como si apartar aquellas imágenes bastara para apaciguar el recuerdo.

Se detuvo en aquella mirada vacía que aún parecía suplicar clemencia.

Maldijo en silencio al sentir una punzada en el costado: la herida invisible de la culpa.

Se sentía responsable por haber tratado de ayudarla.

Pensó en los padres de la muchacha, en la forma en que el dolor se abriría paso en sus almas si descubrían lo que le había pasado a su hija.

Dio un paso hacia la puerta. Antes de cruzarla, se giró una última vez.

La sombra de su amiga se proyectaba sobre el suelo, alargándose hasta alcanzarle los pies, como si intentara aferrarse a ella y retenerla un instante más.

Entonces se despidió.

—Que la tierra te sea leve, Plautia —susurró, antes de darse la vuelta.

Cuando el atardecer pintó el cielo de añil, llegaron más de cien prostitutas en diferentes carros y empezaron a beber vino mezclado con amapolas, miel y cera de abejas.

Orbiana había dispuesto antorchas, lucernas y pebeteros con incienso de olíbano para que el ambiente fuera el adecuado.

Un grupo de músicos comenzó a tocar los instrumentos.

Aurelio Carisio, que portaba un bastón decorado con hojas de hiedra y racimos de uva, junto a un hombre enmascarado, fueron dando la bienvenida al centenar de ilustres invitados llegados de toda Hispania. Los iniciados acudían con sus coronas de hiedra y cubiertos de pieles de animales.

Tras sacrificar varias cabras en honor a Dioniso y terminar con el rito religioso, procedieron a conectar con el dios a través del vino, de la música y la danza, pero sobre todo del sexo.

Hombres y mujeres desnudos comenzaron a liberarse a través de aquella orgía.

Alrededor del peristilo, una cadena humana entrelazaba sus cuerpos sudorosos en posturas inimaginables.

Todos los invitados participaban en ese incontrolable caos, mientras el vino corría por sus gargantas.

El sonido de la carne golpeando carne sonaba por encima de la música.

Las lenguas lamían todo lo que encontraban a su paso, en una búsqueda incesante de placer.

Algunas mujeres eran penetradas por varios hombres a la vez.

Otros participantes, recostados mientras copulaban con una mujer, exploraban con la lengua el sexo de otra y sus dedos palpaban la intimidad de una tercera.

Los gemidos y los gritos cuando alguien llegaba al orgasmo sonaban por todos los rincones de la villa.

Escila, la prostituta de Sucaelo, no había probado el vino.

Sabía, por el aroma que desprendía la crátera, que le habían introducido algo en la bebida destinado a nublar su conciencia.

Hacía una semana que Fulvio Próculo, su leno , había desaparecido sin dejar rastro.

No lo echaba de menos. Ese animal era una bestia que trataba de forma cruel a las mujeres del lupanar, el cual ahora dirigía ella.

Sin embargo, estaba convencida de que aquel hombre que llegó acompañado de un muchacho que quería estrenarse y las niñas, sobre quienes preguntaba, tenían algo que ver con su desaparición.

No tenía dudas: si las muchachas estaban en algún lugar, era allí.

Levantó la cabeza y observó a su alrededor.

Todas las mujeres que, en ese momento, se entregaban con fervor al sexo eran prostitutas.

No había ni rastro de las niñas. Se dirigió hacia el estanque del peristilo, donde, sobre la fuente con la estatua del niño y de la liebre, un hombre disfrutaba con dos mujeres.

En ese preciso instante, los anfitriones pasaron acompañados de cinco hombres que llevaban máscaras teatrales y entraron por una puerta al frente.

Escila disimuló, uniéndose al trío que liberaba sus fantasías.

Varias manos la aceptaron, acariciando y lamiendo sus pechos desnudos.

El anfitrión abrió la puerta con su llave y entraron en el interior.

Con rapidez, la prostituta se desprendió de aquel ardoroso grupo y se llegó hasta el umbral.

Justo a tiempo, logró meter la mano antes de que la puerta se cerrara, sofocando un grito de dolor.

La entornó con cuidado y se asomó. El pasillo estaba oscuro, apenas iluminado por una pequeña lucerna, y olía a humedad. Los hombres giraron en una esquina y Escila, procurando no hacer ruido, los siguió.

Asomándose con infinito cuidado, vio que una mujer vigilaba las puertas de la habitación que acababa de cerrarse.

No había conseguido ver el interior, pero estaba segura de que había oído gritos.

Esperó hasta que la puerta se abrió de nuevo y el anfitrión salió.

Escila se volvió, tratando de disimular; su corazón latía con fuerza.

Sus manos comenzaron a temblar y la frente se le cubrió de sudor frío.

El anfitrión giró la esquina y se dio con ella de frente.

—¿Qué haces aquí? —preguntó con preocupación.

Escila estaba mareada, su respiración era irregular y sentía náuseas.

—Me he perdido —contestó con voz pastosa, como si estuviera ebria.

Aurelio Carisio, al ver el rostro pálido de la mujer, no dudó de su explicación y se tranquilizó; lo más probable era que se hubiera excedido con el vino.

—Ven, salgamos —dijo conduciéndola hasta la puerta.

Sin embargo, Escila no lograba salir del estado de horror en el que se encontraba.

Su miedo no provenía de haber sido descubierta, sino del hecho de que, cuando las dos puertas de la habitación se abrieron, había visto algo que no podía creer: dentro, un grupo de niñas estaban siendo violadas por aquellos hombres con máscara, mientras otras aguardaban aterradas a que les llegara su turno.