Innocentia XII
17%

XII

XII

Sucaelo

Domicia salió de la casa de Tito Papirio y Plautia con el alma amortajada. El dolor de aquella mujer le había abrazado las entrañas como si la mismísima muerte le hubiera acariciado el pecho.

Observó a Tauro con pesadumbre. Había confiado en que el duunviro aportara algo más de información, pero lo único con lo que contaban era la declaración del leno al que Tauro había interrogado.

No era poco, aunque la espera se les imponía como única salida, y eso la hundía en un abismo de desesperanza.

¿Qué sería de aquellas niñas si no lograban hallarlas pronto?

Tauro salió de la casa con el rostro desencajado, como si hubiese envejecido de golpe.

Apenas había pronunciado palabra desde que cruzaron el umbral.

Los recuerdos habían vuelto, arremetiendo contra él con una violencia que Domicia reconoció al instante.

No hacía falta preguntarle a quién había visto reflejado en aquella mujer.

—Necesito un trago —murmuró al fin, con la voz rota.

Domicia pensó en acompañarlo, pero en aquel momento, una niña de unos doce años pasó delante de ellos.

Tauro no se fijó en ella; sin embargo, no pasó desapercibida para su esposa.

La muchacha vestía una sencilla túnica y cargaba con lo que parecía un pesado cesto de mimbre.

En el cuello portaba un colgante que acababa en una pieza cuadrada, la típica de los esclavos.

Domicia dudó. Sabía que Tauro necesitaba estar solo, pero también temía que se hundiera aún más en el pozo en el que ya estaba sumido.

Aun así, eligió confiar.

—Ve con él —indicó mirando a Expositus—, enseguida me uno a vosotros.

La pareja se dirigió a la taberna, mientras Domicia tomaba el camino opuesto, siguiendo a una distancia prudente a la muchacha.

Cuando caminaba, reflexionó sobre lo mucho que había cambiado su vida en apenas unos meses.

Por primera vez desde que habían regresado a Roma, se permitió una pregunta que siempre había evitado.

¿De verdad merecía la pena? ¿Tenía sentido seguir sosteniendo un amor que parecía exigirle renuncias constantes y un dolor que nunca terminaba de cerrarse?

Recordó su pasado. Aunque había nacido en el seno de una familia patricia, jamás fue educada bajo las estrictas costumbres romanas.

Su padre, en un gesto inusual, le concedió el sui iuris durante su adolescencia, para que pudiera disponer de la fortuna familiar sin depender de la potestad de ningún hombre.

Sin embargo, nunca había necesitado ese privilegio.

Desde la tarde en que, siendo una niña, contempló su primer atardecer en el Tíber junto a Tauro, el amor anidó en su corazón.

Este jamás codició su riqueza; la amaba por su fortaleza y a la vez por su fragilidad y, por supuesto, por esa determinación que siempre movía sus actos.

Pero el día que su esposo, por proteger a su hermano Cayo, se alistó en la legión y partió de Roma, algo se quebró en el alma de Domicia.

Pasó noches en vela, temiendo no volver a verlo, aferrada al recuerdo de sus besos y caricias.

Lo único que aprendió en su ausencia fue a contener el dolor cada vez que pronunciaba su nombre.

Años después, regresó investido como centurión al servicio secreto del emperador, convertido en el brazo ejecutor de Julia Mesa.

Domicia trató de advertirle del peligro; había deseado con tanta fuerza el regreso del hombre a quien amaba que no estaba dispuesta a perderlo una segunda vez.

Una mañana, al alba, Tauro irrumpió en su domus anunciando que ambos corrían peligro si no abandonaban Roma para no volver jamás.

Durante los meses de exilio, Domicia solo echó de menos una cosa de su vida anterior: a él.

Y, sin embargo, mientras avanzaba por aquella calle, sintió un cansancio hondo, casi culpable.

Amar a Tauro significaba aceptar su pasado, sus silencios, sus noches rotas.

A veces se preguntaba si ese amor no la estaba desgastando poco a poco.

Pero lo que sentía por él era tan profundo que, de tener que elegir, volvería mil veces a su lado.

Ni los momentos de flaqueza ni la tristeza persistente de su mirada lograrían hacerla desistir.

Permanecería fuerte por los dos. No lo abandonaría a aquella oscuridad.

Sabía que sin su ayuda jamás encontraría a aquellas niñas. Pero el verdadero motivo por el que había decidido acompañarlo radicaba en su firme decisión de no renunciar, una vez más, al hombre que había marcado su vida desde que sus dedos se entrelazaron por primera vez aquel lejano atardecer.

Domicia volvió a centrar la atención en la esclava.

La joven llegó hasta una domus y llamó a la puerta mientras esperaba fuera.

La patricia disimuló mirando un puesto de joyas que había en la calle, sin apartar la mirada de la esclava.

El joyero que regentaba el negocio, servicial, preguntó si podía ayudarla en algo.

Domicia se fijó en que en el puesto no había lúnulas, el colgante de protección que ponían a las niñas romanas, ni joyas infantiles.

—Me temo que no tenemos más, ni aquí ni en ningún otro puesto —comentó el joyero adivinando sus pensamientos—.

Desde que desaparecieron las niñas, no hemos vendido otra cosa.

Todas las mujeres esperan que, si algún día sus hijas regresan, puedan regalarles algo bonito.

Espero que una de esas niñas desaparecidas no fuera su hija.

Domicia volvió a fijar la mirada en la esclava. Había algo que no cuadraba. Iba a preguntar al artesano, pero en ese instante otra muchacha de la edad de la sierva salió de la vivienda y, juntas, continuaron andando.

Sin despedirse, Domicia decidió seguirlas. Recordaba que Plautia había mencionado que unas veinte niñas se hallaban en paradero desconocido y, sin embargo, allí estaban dos jóvenes en edad de procrear, paseando por las calles con total tranquilidad.

Las esclavas se dirigieron a una lavandería, donde se colocaron en la fila para esperar su turno.

Domicia se acercó. Cuando vivía en Roma, sus propias siervas se encargaban de estas tareas, por lo que desconocía el penetrante hedor de la orina, usada para lavar las túnicas, o el rancio aroma de los mordientes que impregnaba el aire.

Un impulso incontenible la llevó a taparse la nariz con la estola que le cubría los cabellos. A medida que se acercaba al establecimiento, el olor era más insoportable. Se colocó detrás de las muchachas, que no pudieron evitar observar a la patricia.

Extrañadas, le ofrecieron adelantarse.

Domicia aprovechó, cuando pasó junto a ellas, para echar un vistazo al contenido de las cestas. Vio túnicas y togas adornadas con las bandas de los duunviros.

Las jóvenes retomaron su conversación, pero esta vez fue interrumpida por la voz inesperada de Domicia.

—¿No tenéis miedo?

Las esclavas agacharon la cabeza, sorprendidas de que una mujer de su condición se dirigiera a ellas.

—Lo siento, mi domina , no entiendo la pregunta —contestó una de ellas.

—Tengo entendido que han raptado a muchas niñas de vuestra edad —dijo Domicia observando la reacción de las jóvenes.

Ambas se miraron, extrañadas por lo que parecía ser una verdad conocida por todos.

—Mi señora, solo han desaparecido las hijas de las patricias —respondió una de ellas.

Domicia no pudo ocultar su asombro. ¿Por qué Plautia y Tito habían omitido aquella información? Una revelación comenzó a tomar forma en su mente, tan clara que se maldijo por no haberlo visto antes.

Acababa de comprender por qué habían secuestrado solo a las hijas de las familias más acomodadas. Y supo, con un estremecimiento, que si no las encontraban antes de que las prostituyeran, sería demasiado tarde para ellas.

Sin decir una palabra más, salió de la lavandería. Levantó la túnica para avanzar más rápido.

Necesitaba dar con Tauro cuanto antes.

Al entrar en la taberna donde se hallaba su esposo, no imaginó lo que iba a encontrarse.

Tauro estaba sentado a una mesa, con el gesto concentrado y la mirada serena.

Ante él no había una jarra de vino ni copa alguna; nada en su porte indicaba que hubiera bebido.

Expositus dormía recostado sobre su brazo, entregado al sueño con la confianza de quien se sabe protegido.

La escena la conmovió.

La mirada de Tauro se alzó y se topó con la suya. Algo había cambiado en aquellos ojos.

—Después de hacerle esa promesa a la hermana de Marco...

—empezó a decir, con la voz baja, insegura— me he dado cuenta de que hasta ahora solo había pensado en mí.

En mi culpa, en mis recuerdos. Apenas he pensado en esas niñas...

y mucho menos en ti. —Guardó silencio un instante antes de continuar—.

Lo siento. Sé que me va a costar. No te prometo que sea fácil.

Pero necesito que confíes en mí... una vez más.

Domicia le sostuvo la mirada. Ante ella estaba Tauro. No su mejor versión todavía, pero sí el hombre que había decidido dejar de huir. No hacía falta añadir nada más. Se acercó despacio y lo besó en los labios con ternura.

—Tienes que encontrarlas antes de que sea demasiado tarde —lo apremió, con la voz aún cargada de emoción.

—¿Qué has descubierto? —preguntó Tauro.

—Hasta ahora no había logrado comprender el verdadero motivo por el que habían secuestrado a las hijas de las familias patricias, pero ahora todo empieza a encajar. Y si no actuamos de inmediato, ni nosotros ni nadie podrá salvarlas.