XI
XI
Villa de Mitra
Aprovechando el fingido ataque de Elia, Plautia salió al pasillo.
Lanzó una mirada rápida a ambos lados. Una tenue luz lo envolvía, mientras su respiración agitada rompía el silencio.
No había señales del gigante. Rogó para que estuviera en el hipocausto, ocupado, llenando los hornos con madera para calentar las termas.
Hasta donde sabía, solo Orbiana y él custodiaban la villa.
Suplicó a los dioses que fuera así y no se encontrara con nadie más.
Pegada a la pared, avanzó despacio, sintiendo el gélido mármol bajo sus pies descalzos.
El aceite resbalaba por su cuerpo mezclado con el agua, tras el baño en las termas.
Llegó a una puerta y la abrió con cautela.
Al otro lado, el peristilo se extendía con su pequeño estanque.
Se escondió tras la estatua de un niño con una liebre, que hacía de fuente.
El silencio reinaba en aquel lugar, solo interrumpido por el sonido del agua.
Plautia levantó la cabeza. Justo cuando iba a moverse, vio una enorme sombra avanzar hacia las termas: el gigante.
Se arrinconó de nuevo tras la estatua, tapándose la boca con las manos para ahogar un grito.
Su corazón comenzó a latir tan fuerte que temió que aquel hombre pudiera oírlo.
No dejaba de pensar en lo cerca que había estado de que la descubrieran.
Con las manos temblorosas, pero impulsada por el deseo de salir de allí, Plautia se levantó y se precipitó hacia el interior de la villa. Se dirigió a un pequeño vestíbulo, donde estaba la salida. Corrió por el pasillo mirando hacia atrás una y otra vez, temiendo ver a Foedus tras ella.
Al llegar al atrio, intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave.
Maldijo en silencio, una y mil veces. No había compluvium en el techo, la abertura por donde en muchas domus entraba el agua de la lluvia.
Por allí podría haber escapado. Debía encontrar otra salida.
Retrocedió hacia el peristilo. Uno de los corredores conducía a un muro. Tal vez pudiera escalarlo.
Se lanzó hacia él, pero era demasiado alto.
Se apoyó en un pequeño saliente, alcanzó la parte superior con la yema de los dedos, pero su pie resbaló.
Cayó al suelo con un golpe sordo, lastimándose la cabeza y los brazos.
Dolorida, se levantó. Desde allí podía ver las puertas de las termas. Si el gigante salía, la vería.
El recuerdo de lo que le había hecho a Vitruvia sirvió de estímulo para volver a impulsarse. Con una fuerza renovada, se armó de valor. Se agarró a los ladrillos con vigor, ignorando el dolor de las uñas al clavarse la arcilla entre sus dedos, y logró escalar el muro hasta deslizarse al otro lado.
Lo había conseguido.
Respiró hondo; el aire frío le llenó los pulmones.
Estaba fuera. Miró a su alrededor. Un pequeño acueducto se alzaba a su derecha, tal vez el que surtía de agua a la villa.
No era muy alto, pero podría usarlo como guía.
Se subió en él y desde arriba contempló el paisaje.
Delante de ella, se extendían campos de cebada y viñedos separados por un pequeño sendero que se perdía en el horizonte hasta llegar a lo que parecía un municipio.
Descendió del acueducto y se dirigió hacia el camino. Comenzó a correr, alejándose lo más rápido que pudo. Miraba hacia atrás una y otra vez, hasta que se detuvo en seco. Foedus estaba en la puerta de la villa, mirando en todas direcciones, hasta que la vio y salió a correr detrás de ella.
Los pies descalzos de Plautia empezaron a sangrar; su piel no estaba acostumbrada al roce constante con las piedras del camino.
Cada paso era una tortura, pero no podía detenerse.
El gigante iba recortando distancias. No imaginaba que su ausencia se descubriría tan rápido.
Su garganta estaba seca; el miedo la consumía.
Miraba hacia atrás; aquel hombre se acercaba, mientras que el ritmo de ella se hacía más lento, agotada por el cansancio y el dolor en los pies.
Si no hacía algo pronto, la alcanzaría. Solo pensar en las consecuencias la aterraba.
Angustiada, Plautia se adentró en el campo de cebada.
A pesar de estar a punto de ser recolectadas, las plantas no eran lo suficientemente altas para esconderla, así que se tumbó en el suelo y comenzó a reptar.
Estaba cubierta de aceite, lo que hizo que la tierra se adhiriera a su piel.
Percibió la humedad del suelo sobre su cuerpo desnudo.
Se arrastraba con torpeza. Los pasos y el aliento de aquella bestia podían sentirse cada vez más cerca.
Plautia se detuvo, cerró los ojos y contuvo el aliento.
Su cuerpo temblaba de terror, con desesperación.
El gigante estaba justo encima. Se preparó para sentir cómo una enorme garra tiraba de sus cabellos y la arrastraba de nuevo a aquel inframundo.
Un ruido sonó a lo lejos. Las pisadas de Foedus se alejaron a grandes zancadas.
La muchacha respiró hondo; el aire escapaba de su boca, entrecortado. Algo desconocido había salvado su vida. Se tumbó bocarriba y fue recuperando el aliento. Se examinó los pies, llenos de cortes y sangre mezclada con tierra. Sentía un dolor indescriptible, pero debía escapar de allí.
Esperó lo que le pareció una eternidad. Tenía miedo de levantarse.
Se incorporó despacio. Su corazón volvía a latir con fuerza.
Con cautela, se dirigió al camino y se asomó con lentitud.
No había rastro del gigante y reemprendió su carrera.
Sus cinco sentidos estaban en alerta, temía volver a ver la figura de aquel hombre en cualquier momento.
Al llegar a un cruce en dirección al municipio , divisó un carro a lo lejos.
El polvo en el camino delataba su presencia.
A pesar del dolor y del cansancio, corrió hacia él, mirando una y otra vez hacia atrás.
De nuevo vio emerger la figura de Foedus del campo de cebada y, una vez más, la tensión le hizo acelerar el paso al comprobar que volvía a perseguirla.
Sus pies trastabillaron y cayó al suelo, lastimándose la rodilla.
El cochero tiró de las riendas al ver a una joven en medio del sendero y el carro se detuvo. El conductor, atónito, golpeó con los nudillos la caja para llamar a su señor y un hombre vestido de duunviro se asomó.
—¡Por todos los dioses! —exclamó al contemplar a la joven desnuda, cubierta de tierra y desesperada—. ¿Qué te ha ocurrido?
—Ayúdame, por favor —suplicó Plautia—. Ese hombre me persigue.
Al girarse, la enorme figura del gigante había desaparecido.
El duunviro se quitó la toga para cubrirla.
—Por supuesto. Súbete —ordenó.
La muchacha obedeció, temblando de miedo y alivio.
—¿Quién eres y qué te ha ocurrido? —preguntó el hombre.
—Me llamo Plautia. Soy de Sucaelo. Me han secuestrado junto con otras niñas.
—No temas. Estás a salvo. Soy un duunviro de Corduba. Cuidaré de ti y salvaremos a tus amigas. Mi nombre es Aurelio Carisio.