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Sucaelo
Aquilio entró por una de las puertas de Sucaelo.
Todavía no se perdonaba haber caído en aquel engaño en la habitación de la mansio por un hombre venido a menos.
Sentía tal vergüenza de sí mismo, tras descubrir que incluso le había robado los caballos, que se había infligido dolor como castigo para no volver a ser tan confiado.
Tras aquella humillación comprendió que ya no actuaba para cumplir el encargo de Julia Mesa.
Ni siquiera lo hacía por el profundo odio que guardaba a aquel hombre desde el pasado.
Después de descubrir en la mansio que lo habían engañado, matarlo resultaba insuficiente.
Necesitaba humillarlo del mismo modo, contemplar su sufrimiento, y solo así podría demostrarse a sí mismo que era mejor que Tauro.
Se dirigió a la primera taberna y escogió una mesa donde poder vigilar la entrada de la ciudad. Pidió al tabernero que se la reservara durante una semana, pagando el doble para asegurarse de que nadie hiciera preguntas. Desde allí podía ejercer su mejor virtud: la paciencia.
A continuación utilizó un sistema de vigilancia que había ido perfeccionando con los años.
Seleccionó a lo que él llamaba sus sombras: mendigos a los que ofrecía dinero para que fueran sus oídos y ojos en la ciudad.
Repartió monedas entre ellos, encargándoles la tarea de vigilar las demás puertas de Sucaelo.
Aquel que le informara primero cuando una pareja con un niño entrara recibiría el doble de recompensa.
Dos días después, Aquilio ya sabía todo lo que ocurría en el municipio y que este se hallaba conmocionado por la pérdida de un grupo de niñas, entre las que se encontraba la hija de Tito Papirio.
No le costó imaginar que aquella había sido la razón por la que habían ido a Augusta Emerita en busca de Tauro.
Desde la mesa que había contratado y donde con paciencia esperaba novedades, calculó sus siguientes pasos.
Se inmiscuiría en la investigación de Tauro, pero por razones opuestas.
No solo lo mataría, se aseguraría de que jamás encontrara a esas niñas.
Demostraría que, detrás del hombre que todos admiraban, no había más que un miserable; lo haría pasar a la posteridad como lo que era: un traidor y un impostor.
Una de sus sombras le informó de que alguien con la descripción de Tauro había entrado en la ciudad y le indicó su ubicación.
Aquilio no se movió de inmediato. Subió a su habitación y se vistió con su disfraz de mendigo; había llegado la hora de pasar a la acción.
Llegó al lugar donde su hombre le había dicho que se hallaba Tauro.
Al verlo, tuvo que contener el impulso de matarlo allí mismo.
Lo siguió hasta el lupanar más famoso del municipio y lo imitó cuando este se adentró en una taberna cercana.
Tras el encuentro con Tauro, Fulvio Próculo, el leno , salió de la habitación con el gesto contrariado. Bajó las escaleras y se sentó en el mismo sitio que había ocupado un momento antes.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó el tabernero preocupado.
—Trae vino —rumió, sin añadir nada más.
Aquilio se acercó y chocó con él a propósito.
—¡Aparta, montón de mierda! —exclamó el leno apartándolo de un empujón.
Pero, de repente, Fulvio sintió un malestar que fue en aumento.
Un sudor frío le cubrió la frente y, al levantarse para dirigirse a la letrina, las paredes comenzaron a girar a su alrededor.
Fue perdiendo la conciencia; sus ojos se cerraron despacio mientras agitaba la cabeza, tratando de espabilarse.
Sus piernas dejaron de responder y se desplomó sobre el suelo.
Varias horas después, Fulvio recobró la conciencia, aturdido y desorientado en la misma habitación donde había estado con Tauro.
Tenía algo gelatinoso en la boca. Tragó e intentó controlar una arcada.
Un dolor agudo le golpeó la entrepierna.
Al intentar mover la mano hacia allí, descubrió que sus extremidades estaban atadas a una especie de madero.
—¿Ya estás mejor, Fulvio? —preguntó Aquilio observando al leno medio inconsciente—. Supongo que pensarás que soy un bárbaro por no haberme presentado antes. Me llamo Aquilio. A veces soy un mendigo, otras un mercader de especias, pero si hay algo en lo que destaco es en causar dolor.
—¿Qué quieres? —logró murmurar su presa, aún en estado de semiinconsciencia.
—¿Te ha gustado lo que te he dado de comer? Si quieres, puedo ofrecerte el otro.
—¿A qué te refieres? —preguntó Fulvio, confuso.
—Acabas de comerte uno de tus testículos.
Fulvio se despertó de golpe. Una tensión enorme se apoderó de su ser. Miró hacia abajo. Estaba desnudo.
Sintió varias arcadas subiendo por su garganta.
—Tranquilo. Te he dado mandrágora para dormirte, tanta que pensé que no te despertarías, y he cauterizado la herida para que no te desangraras.
Fulvio se agitó, desesperado. La planta iba perdiendo su efecto y sentía un dolor indescriptible en lo que quedaba de sus genitales.
—Te seré sincero, Fulvio. Vas a morir. Pero puede ser rápido o lento y doloroso.
—Te diré lo que quieras saber, pero, por favor, déjame vivir.
—¿Dónde están las niñas?
El leno negó con la cabeza, cansado. De nuevo esas malditas crías.
—Te diré lo que sé. Se lo he contado al otro animal que ha estado aquí esta tarde. Están en una villa, pero no sé dónde.
Aquilio cogió dos enormes clavos.
—Existe una religión que venera a un profeta llamado Cristo —dijo haciendo girar la púa entre los dedos—. Uno de los suplicios que padeció fue este. Se introduce entre los huesos del brazo..., aunque yo lo haré en la palma de tu mano. Por tu bien, espero que no descubras por qué.
Aquilio introdujo un pañuelo en la boca de Fulvio, después cogió un martillo y descargó el golpe.
El trozo de tela ahogó el grito del leno .
A continuación, hizo lo propio con la otra mano y soltó las cuerdas que había atado alrededor de sus muñecas.
—¿Te he dicho que adoro el sonido de los huesos rotos? Vamos. Seguro que puedes hacerlo mejor.
—Están en Igabrum 1 —dijo aterrado el leno cuando Aquilio le extrajo el pañuelo de la boca.
—¿Dónde se encuentra eso?
—A una jornada al oeste.
—Has dicho que estaban en una villa. ¿Cómo se llama?
—No lo sé.
—No digas que no te he avisado, Fulvio. Ahora vas a descubrir por qué he clavado la púa en la palma y no en el antebrazo.
Aquilio volvió a introducir el trozo de tela con tanta violencia que le partió un diente. Agarró las muñecas y los dedos, pero en vez de tirar hacia fuera, lo hizo hacia abajo, desgarrando los músculos y rompiendo lo que quedaba de los huesos de la mano.
Fulvio volvió a gritar con desesperación. El dolor era insoportable. Tenía la mano hecha jirones, partida por la mitad.
Aquilio palmeó el rostro del leno , que estaba a punto de desmayarse.
—Si vuelves a mentirme, aumentaremos el dolor.
—Mitra... —dijo Fulvio, con un hilo de voz y el rostro brillante por el sudor.
—No te he oído, habla más alto o te hago un corte en la garganta para poder oírte.
—La villa..., la llaman... la villa de Mitra. Todo el mundo la conoce.
—Muy bien. Ya estamos terminando.
Aquilio se acercó hasta un pequeño fuego y examinó si el hierro que había depositado estaba ya candente.
—Y ahora vas a decirme de quién es esa vivienda.
—Vive una mujer... —contestó el leno con la respiración entrecortada al ver el hierro candente—. Se llama Orbiana.
—¿Vive sola? —preguntó el otro sin inmutarse.
—Por favor..., te lo ruego. Te estoy diciendo lo que sé —dijo Fulvio, cada vez más nervioso y con la frente perlada de sudor.
—Contesta a mi pregunta.
—No. Lo hace con un hombre... peligroso. Es un gigante.
—¿Cómo se llama?
—No lo sé.
Aquilio lo miró sujetando el hierro.
—¡Te lo prometo! —exclamó suplicando—. Nadie conoce su nombre; es un bicho raro. Dicen que está mal de la cabeza. Solo sabemos... que es su hijo.
—Bien, Fulvio, lo has hecho muy bien. Pero no has contestado a mi pregunta.
—Te he contado todo lo que sé —suplicó desesperado—. Por favor, déjame vivir.
—No me has dicho de quién es la villa.
Aquilio aproximó el hierro candente al rostro de Fulvio con deliberada lentitud.
—¡Es de un duunviro de Corduba! —gritó, casi histérico, al sentir el calor cerca de sus ojos.
—Su nombre.
Fulvio trató de hacer memoria, pero, entre el dolor y la angustia que sentía, no conseguía recordarlo.
—Es muy peligroso. Si te lo digo, me matará.
—¿Qué crees que estoy a punto de hacer, Fulvio? —preguntó a la vez que le tapaba la boca con el pañuelo.
Aquilio le abrasó uno de los ojos con el hierro candente.
Un hedor nauseabundo emponzoñó el ambiente, dominado por el olor a piel quemada, orina y heces. Fulvio se había defecado encima.
El grito desgarrador del leno quedó atrapado bajo la tela del pañuelo. Fruto de las convulsiones en las que se retorcía, la otra mano que también tenía atada se desgarró con el clavo. Aquel hombre estaba dispuesto a arrancarle la vida a tiras.
—Todavía no conoces el dolor, Fulvio. Dime su nombre.
—¡Carisio! —gritó el leno medio inconsciente—. ¡Aurelio Carisio!
—¿Ves cómo no era tan difícil? —dijo Aquilio, mientras introducía con fuerza el hierro candente por el ojo sano de Fulvio hasta atravesarle el cráneo.