IX #2
—¿Me has tomado por estúpido? Si lo hago, mandarás a tu hombre —replicó Tauro señalando con la cabeza al tipo del garrote que estaba ajeno a la conversación—.
Subiremos juntos. Tengo un puñal escondido.
Si intentas algo mientras subes, no dudaré en usarlo.
Piénsalo, Fulvio: acabas de perder mil sestercios, ¿también quieres perder la vida?
—Está bien —zanjó el leno. Se puso en pie y se dirigió a las escaleras que daban a las habitaciones, molesto al comprobar la escasa utilidad de estar pagando a un guardaespaldas para que lo defendiese.
Tauro llenó la copa una última vez, la apuró de un trago y siguió a Fulvio escaleras arriba. Subió con cautela y entró tras él en la habitación, cerciorándose de que estaban solos antes de cerrar la puerta.
Observó el despacho. Tablillas de cera, pergaminos desordenados y objetos sin importancia poblaban los polvorientos muebles.
—Dime qué quieres saber y sal de mi establecimiento.
—Las niñas desaparecidas desde hace algo más de dos meses, ¿sabes algo?
—No sé nada. Te lo aseguro.
Tauro se acercó despacio mientras se desataba el cinturón y se lo enrollaba en la mano.
—Le he prometido a mi esposa que no usaría la violencia —indicó—. ¿Vas a obligarme a incumplir mi palabra, Fulvio?
Hizo una breve pausa.
—Después de cómo mirabas al chico, no me costaría... Y creo que ella lo entendería.
—¡Está bien, está bien! —exclamó el leno asustado—. Solo sé que están en una villa.
—¿Dónde?
—No lo sé.
Tauro echó el brazo hacia atrás, tensando el cinturón.
—Lo sabré pronto —masculló cerrando los ojos, esperando el golpe—. Te lo prometo.
El golpe cayó sobre la mesa, haciendo saltar a Fulvio.
—Siempre actúan de la misma manera —continuó el leno —.
Vienen y dejan a Escila, la prostituta que regenta mi lupanar, una tablilla con el lugar y el día en que debo llevar a mis prostitutas.
Según me cuentan, acude una gran cantidad de hombres y pagan por satisfacer toda clase de apetitos.
En otra zona de la villa hay un espacio reservado para los clientes más selectos.
Si hay algún sitio donde estarán esas niñas, es ese.
—¿Quiénes son esos hombres?
—Lo ignoro.
Tauro descargó otro golpe sobre la mesa.
—¡Solo sé que son gente con mucho dinero! A mí me pagan una fortuna.
—¿Qué más?
—Te prometo que es todo lo que sé.
—Si descubro que me has mentido, juro que volveré y no será la mesa lo que golpee.
—No sé nada más. No vas a denunciarme al duunviro por lo de las chicas sin registrar, ¿verdad?
—No lo haré si me prometes que, cuando sepas el lugar al que tienes que llevar a tus prostitutas, me lo dirás.
—Pero... me matarán si descubren que te lo he dicho.
—Preocúpate por mí.
Tauro salió de allí, mientras Fulvio se limpiaba el sudor con un pañuelo. Buscó a Expositus. El niño estaba intentando robar en la faltriquera de un comerciante mientras este negociaba el precio con una prostituta. Fue hacia él y le tiró de la oreja.
—Deja eso. ¿Cuántas veces he de decirte que no quiero que robes?
El comerciante se giró y agarró con ira sus pertenencias, pegándolas a él.
—¡Eh! —exclamó el crío molesto—. Tengo que ganarme la vida.
—Teníamos un trato, ibas a ser un buen chico. Y ahora, vamos, debemos buscar a Domicia.
Expositus obedeció con la cabeza agachada, mientras comenzaba a caminar avergonzado.
Tauro se lamentó en silencio. Estaba convencido de que, en otro tiempo, habría actuado con mayor precisión.
No tenía la certeza de haberle arrancado toda la información al leno .
Quizá porque, durante el interrogatorio, su mente había vagado con demasiada frecuencia hacia la hermana de Marco en lugar de concentrarse en sonsacarle cuanto sabía.
En el pasado, no se lo habría perdonado.
Sin embargo, aquel hilo que había logrado extraer, aunque no fuera gran cosa, bastaba para seguir adelante.
Suspiró. No estaba dispuesto a demorarse más.
Primero tomaría una copa de vino —sabía que la iba a necesitar—, después iría a buscar a su esposa y, juntos, acudirían a ver a Tito Papirio y a su mujer, la hermana de Marco.
Varias horas después, Domicia y Tauro llamaron a la puerta del duunviro.
La patricia, con el corazón encogido, intuía el dolor que se acumulaba tras aquellos muros, por eso había acordado con su esposo que sería ella quien tomara la palabra.
Al otro lado, los aguardaban la angustia y la amargura de una familia quebrada por la desaparición de lo que más amaban.
Tauro respiró hondo. Pensó en Marco. Las manos le temblaron, pero se mantuvo firme.
Un esclavo abrió la puerta, les ofreció unas sandalias para las visitas y, a continuación, los condujo hasta el tablinum , el despacho del dominus . Domicia se giró y se quedó pensativa al ver que la puerta disponía de un pasador para bloquearla por dentro.
—Mi amo no está, pero enseguida saldrá su esposa.
—¿Dónde se encuentra? —preguntó Domicia.
Tauro la miró, sorprendido por la pregunta.
—Mi dominus se encuentra cerrando unos negocios importantes en Roma —respondió el siervo, algo incómodo.
—¿Con qué comercia? —preguntó ella midiendo cada palabra.
—Aceite —contestó impaciente el esclavo ante aquellas preguntas a las que no sabía si debía contestar.
Por eso se retiró aliviado cuando apareció su domina por el peristilo, acompañada de su hijo. El joven lucía la toga viril, de un blanco impoluto, lo que indicaba que era mayor de catorce años.
Tauro notó cómo todos sus músculos se tensaban. Domicia lo tomó del brazo con suavidad, anticipándose a su reacción.
A pesar del dolor que la consumía, la mujer era la viva imagen de su hermano: el rostro afilado, incluso sin luz; la misma mirada, aunque apagada. Era como ver de nuevo a Marco, su leal amigo.
—Mi madre no se encuentra en perfectas condiciones —declaró el joven, cumpliendo como el pater familias en ausencia de su padre—, por tanto, os ruego que la conversación no sea muy extensa.
Domicia miró a su esposo, sorprendida por aquel recibimiento tan frío y hostil.
—Tú debes de ser Tauro —supuso la mujer, interrumpiendo a su hijo con un tono de voz como el de quien se debate entre la vida y la muerte.
—Sí.
—Marco siempre hablaba de ti. Te agradezco que vengas a ayudarnos —comentó con un enorme pesar en la voz.
Tauro asintió. No le salían las palabras.
—¿Cuándo regresará Tito? —preguntó Domicia, extrañada de que no estuviese allí—. Suponíamos que nos recibiría sin tiempo que perder.
—Os estuvo esperando hasta hace dos días —contestó el hijo—, pero unos asuntos importantes exigieron su presencia y no pudo demorarlos más.
«¿Más importantes que su hija?», pensó Domicia.
—¿Hay alguna información nueva que quisiera compartir con nosotros antes de partir? —les preguntó.
—Me temo que no —respondió el muchacho—, pero insistió en que sois sus invitados y que podéis quedaros aquí a dormir. En caso contrario, deseaba saber dónde pernoctaríais para no demorar vuestro encuentro.
—Os lo agradecemos, pero nosotros vendremos a verlo en cuanto regrese —apuntó Tauro.
El antiguo centurión se disponía a revelar la información que habían conseguido, pero Domicia, al percatarse del estado de la mujer, le hizo la seña convenida para que no lo compartiera.
Fue la esposa de Tito Papirio quien rompió el silencio.
—Por favor, Tauro... Veinte niñas han desaparecido. Encuéntralas y tráeme a mi hija —imploró—, te lo ruego. No lo hagas por mí, hazlo por Marco. Sé que os unía una gran amistad.
Tauro guardó silencio. Hasta ese momento solo había pensado en sí mismo: en el pasado, en la culpa, en las heridas que no terminaban de cerrar. No se había preguntado si estaba preparado para hallar a aquellas niñas.
Alzó la mirada.
—La encontraré —dijo con rotundidad—. No me detendré hasta conseguirlo, aunque sea lo último que haga.
—¿Cómo se llama tu hija? —preguntó Domicia.
—Se llama igual que yo..., igual que su madre. —La mujer ahogó un lamento al recordarla de nuevo—. Su nombre es Plautia.