Innocentia IX
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IX

IX

Sucaelo

Ya en Sucaelo, todos los recuerdos de su pasado se agolparon en la mente de Tauro.

Saber que pronto vería a la hermana de Marco lo removía por dentro.

Pensó en sus compañeros de contubernio, en la dura vida de las legiones, en las guardias interminables y en las batallas en las que cada uno dependía del otro para seguir con vida.

Pero también en los días de permiso, en el vino compartido y en las conversaciones al calor de las hogueras.

Todo aquello había quedado atrás hacía mucho tiempo. Aun así, en jornadas como aquella, incluso junto a Domicia, el peso de esos recuerdos volvía a caer sobre él.

Tito Papirio, padre de la joven desaparecida, les había ofrecido hospedarse en su casa a su llegada. Sin embargo, Tauro prefirió retrasar el encuentro con la hermana de Marco. No solo por los recuerdos que aquella cita ya le despertaba, sino porque no quería que nadie supiera dónde se alojaban.

No estaba seguro de haber despistado al hombre que había descubierto siguiéndolos.

Domicia no comprendió del todo su insistencia, pero accedió cuando Tauro le propuso alojarse en una taberna discreta, alejada del centro y bastante cómoda.

—Antes de ir a ver a Tito Papirio, hay algo que necesito investigar —comentó Tauro.

—¿Quieres que te acompañe? —preguntó Domicia.

—No —contestó Tauro—. Empezaré por los lupanares. Si vienes, arruinaríamos la coartada.

Dudó apenas un instante. Llevaba horas sin beber y el cuerpo se lo reclamaba, pero no dijo nada. No solo iba a comenzar a investigar, también necesitaba echar un trago.

—Que te acompañe Expositus —propuso Domicia. Conocía a su esposo lo suficiente para saber que el vino lo estaba llamando y se había prometido no dejarlo caer.

Tauro bajó la voz y apartó el ruido de su cabeza. Ahora tocaba centrarse en la investigación.

—En Roma no es extraño que los niños entren pronto en un prostíbulo, de hecho, está mal visto si no lo hacen. ¿Crees que en las provincias será distinto?

—No lo creo —contestó ella—. Estoy segura de que sucede en todo el Imperio. Pero nada de violencia. No llames la atención el primer día.

Se giró hacia el muchacho.

—Expositus —dijo llamándolo—, acompaña a Tauro y vuelve con él.

El niño, que hasta entonces jugueteaba con su espada de madera, se puso en pie de un salto.

Tauro preguntó al tabernero por el lupanar más concurrido de la urbe y, sin añadir nada más, salió con el chico a la calle.

El antiguo frumentarius siguió las explicaciones, ayudándose de los penes tallados en los adoquines del suelo que indicaban la dirección que tenían que seguir para dirigirse al prostíbulo.

Al llegar, Tauro se fijó en el rostro de Expositus, que no mostró sorpresa al ver a las mujeres desnudas que se ofrecían a los hombres que pasaban. Entendió entonces que, para alguien que había crecido solo en la calle, aquello no era nada nuevo.

Cuando entraron, el aire se volvió denso. Las lucernas parpadeaban en los rincones, tiñendo la estancia de una luz mortecina. El olor a incienso se mezclaba con el del sudor. Un grupo de prostitutas salió a su encuentro y comenzaron a atosigarlo mostrando parte de sus cuerpos desnudos.

Tauro escrutó el local con disimulo, intentando librarse de aquellas mujeres. A sus ojos no pasó desapercibido un grupo de jóvenes que se escondían tras una cortina.

Se acercó al mostrador y una mujer, vestida con una clámide que dejaba al aire uno de sus pechos, se dirigió a él.

—Me llamo Escila, soy la encargada de este lugar —declaró con sensualidad, al ver que el tipo era atractivo—. Tengo cuanto deseas para satisfacer cualquier fantasía con la que hayas soñado.

—Me gustaría que mi hijo se estrenara —expuso Tauro.

La prostituta, decepcionada, bajó la mirada; hasta ese momento no había reparado en el chico.

Expositus no despegaba los ojos del pecho desnudo de Escila.

—¿Cuántos años tienes? —preguntó.

El muchacho se encogió de hombros. Lo desconocía.

—Supongo que unos diez u once —contestó Tauro por él.

—¿No sabes cuántos años tiene tu hijo?

—Esas cosas las lleva su madre.

Escila miraba la escena sin dar crédito.

—Es demasiado joven —añadió—. Que venga cuando pasen uno o dos años.

—Seguro que puede estrenarse con alguna muchacha de su edad.

—Las más jóvenes tienen más de catorce años —objetó, indignada por la petición.

Tauro extrajo de su faltriquera un puñado de monedas.

—¿Has oído hablar de las niñas que han desaparecido?

—No sé nada.

—Se dice que han sido raptadas para ser prostituidas. Quizá puedas decirme dónde encontrarlas.

—Me temo que no puedo ayudarte —repuso Escila agarrando las monedas.

Tauro le retuvo la mano para impedir que se guardara el dinero.

—He visto a varias jóvenes ocultarse tras esa cortina —indicó señalando con la cabeza—. Puedo comprobar ahora mismo si me estás mintiendo y alguna es la que busco.

Escila hizo un gesto a todas las prostitutas para que se fueran y los dejaran solos.

—No es lo que parece... —balbuceó la encargada asustada.

Tauro la miró esperando una respuesta.

—Las trajeron hace unos días del mercado de esclavos. Son mayores de quince años, pero aún no están registradas. Si el edil lo descubre, nos multará. Por eso se esconden.

—¿Conoces a alguien que sí sepa dónde puedo encontrar a las niñas que busco?

Escila observó de nuevo a Expositus. Se imaginó que las niñas desaparecidas eran el verdadero motivo por el que ese hombre había ido a su establecimiento.

—No quiero problemas.

—No los tendrás —aseguró Tauro dejando otra generosa suma de dinero sobre la mesa—. No pretendo causártelos, haces tu trabajo y lo respeto. Solo quiero dar con ellas.

Escila miró a un lado y a otro nerviosa y, tras pensarlo, cogió aquella pequeña fortuna.

—Si hay alguien que puede ayudarte es Fulvio Próculo, mi leno , el dueño de este lupanar; él sabe todo lo que ocurre en esta urbe.

—¿Dónde puedo encontrarlo?

—Pregunta en la taberna de Las Tres Garzas, está justo aquí abajo, también es el propietario. Pero, por favor, no le digas que he sido yo quien te ha dicho dónde hallarlo.

—No temas.

Tauro se dispuso a marcharse. Escila trató de detenerlo.

—¿No quieres quedarte un rato? —preguntó con una sonrisa sensual—. No te arrepentirás.

El antiguo centurión la observó con serenidad.

—No lo dudo —alegó—, pero tengo esposa.

—Todos los hombres que cruzan esa puerta la tienen. La mayoría de las mujeres saben que sus maridos necesitan desahogarse fuera de su hogar. No hay nada malo en ello. Aquí ofrecemos placeres por los que ellas se escandalizan.

—Cada cual decide qué cuidar y qué dejar perder —contestó con calma—. Gracias por tu ayuda.

Tauro observó al chico, que seguía sin despegar los ojos del pecho de la prostituta. Le dio un pescozón en el cogote.

—Vamos, sigue andando —dijo sonriendo—. No está bien que la mires así.

—Lo siento —murmuró el chico—. No podía apartar los ojos.

Tauro y Expositus descendieron hasta la taberna que Escila les había indicado.

Un hombre corpulento, armado con un garrote, custodiaba la puerta.

El vigilante los observó a ambos con recelo, pero al encontrarse con la mirada de Tauro se apartó y les abrió paso sin decir una palabra.

El antiguo frumentarius escudriñó el lugar con calma.

La taberna estaba llena de gente. Comerciantes y clientes se divertían con prostitutas. En la barra, retirado del bullicio, un hombre bebía solo. No reía ni tocaba a nadie. Tauro reparó en él de inmediato, se acercó sin prisa y se acodó a su lado.

—Ponme una jarra de vino y dos copas —ordenó al tabernero—, una para mí y otra para mi amigo.

El tabernero sirvió la jarra. Tauro no lo pensó dos veces: llenó una copa y se la bebió de un trago, dejando que el ruido interior se apagara lo imprescindible antes de seguir adelante.

El hombre lo miró con desconfianza.

—¿Nos conocemos?

—No; créeme, te acordarías de mí. Pero sé que tú eres Fulvio Próculo, el leno del lupanar —añadió tomando una aceituna de un cuenco cercano.

—¿Y qué te hace pensar eso? —cuestionó con desconfianza.

—Eres el único aquí que no necesita pagar por compañía —ironizó Tauro—. Así que imagino que todas trabajan para ti.

Fulvio giró la cabeza, sorprendido, hacia Expositus. El muchacho blandía su espada de madera, ajeno a todo. La mirada del leno fue breve, pero Tauro no la pasó por alto.

—¿Qué buscas? —quiso saber Fulvio.

—Información. Te pagaré mil sestercios si me dices lo que quiero saber.

—¿Y ese crío? —masculló Fulvio limpiándose con los dedos la comisura de los labios—. ¿Es tuyo?

Tauro giró apenas la cabeza para comprobar que Expositus seguía distraído.

—El chico está conmigo —señaló—. ¿Por qué lo preguntas?

—Si me lo dejas un rato a solas —continuó Fulvio—, lo que quieras saber te costará la mitad.

—Te ofreceré algo mejor —afirmó Tauro con calma mientras se introducía otra aceituna en la boca—.

Iba a pagarte mil sestercios, pero esa opción ya no existe.

Ahora te diré lo que va a pasar. Vas a decirme todo lo que sepas y, cuando terminemos, seguirás respirando.

Soy amigo de Tito Papirio; ya sabes de quién te hablo, uno de los duunviros.

Me pregunto cuánto tardarán en cerrarte el local cuando le cuente con detalle lo mucho que te gusta ocultar prostitutas sin registrar en este agujero.

Fulvio tragó saliva y escabulló la mirada.

—Así que ahora mismo —continuó Tauro, soltando el hueso de aceituna en un recipiente— iremos a una de tus habitaciones, me dirás cuanto quiero saber y de esa forma estaremos en paz.

Tomó otra aceituna mientras sonreía al leno.

—Respecto al niño, no solo no le pondrás ni un solo dedo encima, sino que si vuelves a dirigirle una sola mirada te arrancaré los ojos y los dejaré en el cuenco de las aceitunas —dijo mientras soltaba el otro hueso.

Fulvio dirigió una mirada incisiva a Tauro, tragando saliva.

—Está bien —cedió al fin—. Espérame en la primera planta. En la segunda puerta está mi despacho. Hablaremos allí.