Innocentia VIII
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VIII

VIII

Villa de Mitra

Habían pasado dos meses desde que a Fabia y sus compañeras de Sucaelo las secuestraron y las trasladaron a aquel lugar apartado del mundo.

Aunque las mantenían alimentadas, el cautiverio había comenzado a cobrarse su alto precio.

Las huellas del insomnio, fruto del terror constante a que Foedus apareciera en cualquier momento durante la noche, se marcaban en sus pálidos rostros.

La suciedad y el olor penetrante a humedad se habían impregnado en sus túnicas y enredado en sus cabellos.

A pesar de conocerse y estar juntas, apenas se dirigían la palabra.

Fabia, en particular, era como una sombra que, poco a poco, amenazaba con consumirla por completo.

Solo Elia, con su inquebrantable voluntad, intentaba arrancarla de ese abismo oscuro de amargura en el que parecía hundirse cada vez más.

—Fabia, dime algo, te lo suplico —le rogó Elia.

Aunque su amiga escuchó la pregunta, no respondió. Su mirada se perdía en el vacío y su mente parecía vagar lejos de allí, atrapada en los recuerdos de los días en que vivía en su domus , junto a sus padres.

—¡Viene el gigante! —exclamó Plautia, la niña que siempre se situaba más cerca de la puerta y la primera en sentir los pasos de su captor.

De inmediato, todas se incorporaron, y Elia, con un gesto rápido, ayudó a Fabia a levantarse. Por primera vez desde que habían llegado a aquel rincón olvidado por los dioses, el gigante desató a todas las niñas a la vez y las condujo al exterior, donde aguardaba Orbiana.

—Vais a entrar en las termas en pequeños grupos, allí os desnudaréis y, cuando salgáis, os pondréis una túnica limpia —dijo esta.

Su tono sonó autoritario, como una orden incuestionable—.

Si alguien intenta algo, le arrancaré los ojos y se los haré comer.

A los hombres que vais a conocer lo que menos les interesará será vuestra mirada.

Todas agacharon la cabeza con miedo. Las condujeron hasta una pequeña sala. Compartieron miradas incómodas. Jamás se habían mostrado desnudas delante de otras personas, ni siquiera de sus esclavas.

—¿A qué esperáis? He dicho que os desnudéis. Será mejor que empecéis a acostumbraros. En vuestra nueva vida os tocarán, os lamerán y os penetrarán una y otra vez hasta que no quede rastro de cómo erais y no recordéis ni vuestro nombre.

Varias niñas comenzaron a llorar al escuchar aquella sentencia y otras obedecieron con timidez. Poco a poco, todas fueron entrando en la piscina de agua fría, tapándose con las manos sus partes íntimas.

Elia y Plautia ayudaron a Fabia, que seguía inmóvil, indiferente a su destino. La mirada de Orbiana se detuvo en las tres niñas. De entre todas, ellas eran las más hermosas.

—Con vosotras ganaremos mucho dinero —dijo soltando una risa burlona.

Orbiana detuvo la mirada en seco mientras evaluaba al resto de las niñas.

La piel de una de las muchachas estaba cubierta por llagas y manchas, y la mujer reconoció al instante aquella enfermedad: lepra graeca .

Sin vacilar, con la fría precisión de quien ha ejecutado decenas de veces, sacó un cuchillo, se acercó por detrás, evitando tocarla, y en un movimiento rápido y silencioso le rebanó el cuello.

La niña cayó de golpe al suelo. Alrededor, las demás reaccionaron al horror: unas empezaron a gritar, otras rompieron en llanto.

—No os arriméis a ella —ordenó Orbiana—. Es contagiosa.

La mujer se lanzó a observar con más detenimiento a las otras niñas. Ninguna más parecía tener los mismos síntomas.

Plautia y Elia intercambiaron una mirada.

—Tenemos que escapar —susurró Plautia.

—¿Estás loca? —replicó Elia sin dar crédito—. Ya has oído lo que ha dicho. Si nos descubre, nos arrancará los ojos.

—¡Eh, vosotras! —gritó Orbiana al darse la vuelta—. No quiero oír ni una palabra más.

—Perdón, domina —añadió Elia.

Un rato después, el primer grupo pasó a un pequeño estanque de agua templada. Cuando Orbiana fue a llamar a las demás niñas para que entraran en el agua caliente, Plautia se acercó de nuevo a Elia.

—Vámonos, debemos intentarlo. Ya has oído lo que nos espera. No sé tú, pero yo prefiero morir antes que vivir esta pesadilla.

—No puedo dejarla aquí —contestó Elia mirando a Fabia.

—Está muy débil, solo nos retrasará —insistió Plautia.

Justo en ese momento, Orbiana reapareció. Las niñas comenzaron a frotarse aceite por el cuerpo y, con un estrígilo, una herramienta para tal fin, se limpiaron la piel.

—Debemos hacerlo ahora, antes de que vuelvan a encadenarnos —señaló Plautia cuando Orbiana volvió a marcharse.

Elia dudó; en el fondo sabía que no podía irse de allí.

—Lo siento —murmuró al fin—, no puedo. Si le pasara algo, nunca me lo perdonaría.

—¿Y qué crees que te va a pasar a ti? —preguntó Plautia con desesperación.

—Ve tú. No puedo marcharme y dejarla sola aunque eso signifique condenarme el resto de mi vida. Pero te ayudaré a escapar. Debes irte y buscar ayuda.

—Lo haré —prometió Plautia.

—Fingiré que tengo el mal sagrado. 1 Mi madre sufre esos ataques. Sabré imitarlos.

—Debemos hacerlo pronto...

Plautia no había terminado de decir la frase cuando Elia comenzó a agitarse, primero con leves estremecimientos y luego con convulsiones exageradas.

Sus brazos se movían de un lado a otro hasta que cayó al suelo, fingiendo, y con el rostro contraído por su supuesto sufrimiento. Algunas niñas pidieron auxilio.

Orbiana llegó en el momento en que los ojos de Elia se abrían como platos y se ponían en blanco.

La mujer sabía que aquella sería una de las niñas más demandadas y que, si le pasaba algo, perderían una fortuna.

Había tratado con aquellos ataques muchas veces y trató de tumbar a la muchacha de costado.

Aunque fuera por la motivación del dinero, por primera vez dejó entrever un atisbo de humanidad.

No obstante, su mirada estaba teñida de un escepticismo que no lograba disimular.

Le palpó los músculos. No estaban tensos. Algo no encajaba.

Mientras el resto de las niñas hacía un corro, Plautia caminó hacia atrás, abriéndose hueco, hasta que, despacio, llegó a la puerta y salió.