VII
VII
Regina Dos meses después
El anochecer se extendía como un manto gélido, salpicado apenas por algunas estrellas que tímidamente se asomaban entre las nubes. Los caballos de Aquilio piafaron, inquietos, al sentir cómo las correas se soltaban de sus lomos, preparados para ser uncidos a otro carro.
El olor a aceituna recién molida impregnaba la mansio donde se habían detenido.
—Id a buscar algo de comida y bebida —ordenó Tauro, sin dejar de vigilar el horizonte a su espalda—. Yo me ocupo de los caballos. Debemos partir lo antes posible.
—¿No estamos dando demasiada vuelta para llegar a Corduba? —preguntó Domicia.
—Eso es justo lo que quiero —respondió Tauro ocultándole que alguien los seguía.
—¿Ocurre algo? —insistió ella, notando la tensión de sus movimientos y mirando en dirección a donde lo hacía su esposo—. Estás más nervioso desde esta mañana.
—Nada, solo quiero llegar cuanto antes —mintió para no preocuparla.
Mientras Domicia y Expositus se adentraban en la mansio en busca de sustento, Tauro se dirigió hacia el establo para cambiar los caballos.
El antiguo centurión no dejaba de preguntarse quién podría haber enviado a aquel asesino tras él.
Su desconfianza había sido su mejor aliada, pues salvó no solo su vida, sino también la de Domicia y la de Expositus.
Tauro había decidido partir de Augusta Emerita la mañana anterior, aprovechando que era día de mercado.
Por eso, lo sorprendió que un carro cargado de especias lo siguiese en lugar de dirigirse a la urbe, como habría sido lo lógico.
Tauro quiso asegurarse cuando llegaron a la posada.
Nada más detenerse, se bajó del carro y fue tras el mercader de especias a una distancia prudente.
Estaba a punto de darse la vuelta, creyendo que, por una vez, su intuición le había fallado, cuando, a una milla de distancia, vio cómo el hombre se apartaba del camino y escondía su carro entre unas encinas.
Tauro regresó a la posada y, mientras el esbirro se relajaba en las termas, ellos aprovecharon para marcharse.
Sabía que, en cuanto aquel hombre descubriera su partida, correría desesperado a recuperar su carromato.
Pero Tauro lo había previsto todo. Por eso había robado los caballos de aquel farsante.
Ahora su perseguidor solo tendría dos opciones, ambas inútiles: seguirlos a pie o regresar a la mansio para encontrar otro transporte.
Aun así, una sombra de inquietud lo acompañaba. Acababan de salir de la ciudad y ya estaba poniendo en peligro a los suyos. Prefirió no contarles lo sucedido, para no preocuparlos. Solo esperaba haber despistado a aquel sicario lo suficiente..., al menos por un tiempo.
Al día siguiente llegaron a Isturgi 2 y, desde allí, continuaron su trayecto hacia Corduba.
Durante todo el viaje, Tauro mantuvo los sentidos alerta, consciente de que los caminos eran peligrosos, aunque parecía que la VII Legio Gemina, encargada de la seguridad de la provincia Bética, tenía controlados a bandidos y saqueadores.
Tras varios días en la carreta, al fin arribaron a Corduba, la urbe más importante de la provincia. Alquilaron una habitación modesta, donde se permitieron el lujo de descansar en un cómodo jergón de paja.
Tauro dejó a Domicia recostada y decidió dar una vuelta por el foro con Expositus.
La actividad en la urbe parecía normal; el bullicio llenaba el corazón de Corduba, abarrotado de gentes de todas partes.
Observó a un grupo de niñas en el pórtico de columnas, recibiendo lecciones junto a otros niños.
Tauro pensó que o bien la urbe no había sido golpeada por la ola de secuestros, como Sucaelo y los otros municipios que Tito mencionó, o bien era una ciudad demasiado grande para que alguien pudiera hacer desaparecer a tantas jóvenes sin dejar rastro.
Dio varias vueltas alrededor del foro, esperando con paciencia junto a Expositus hasta que las clases terminaron.
Entonces vio cómo un gran número de esclavos acudía a recoger a las niñas.
—Ve —ordenó Tauro a Expositus.
El muchacho se acercó al grupo de niños que jugaban a las tabas de hueso y se unió a ellos con disimulo. Tauro había enviado a Expositus, consciente de que un adulto preguntando por niñas levantaría sospechas. Un rato después regresó junto a él.
—¿Y bien? —preguntó el antiguo frumentarius .
—Antes dime si me vas a llevar —respondió el chico impaciente.
—Ya sabes que tenemos trabajo que hacer.
—¡Vamos! —protestó Expositus frustrado—. Estamos en Corduba. ¡Aquí está el ludus Hispaniensis , la escuela de gladiadores más importante de Hispania! Es posible que Vettius, su gladiador más famoso, esté entrenando. No puedes hacerme esto. Todo el mundo habla de sus hazañas.
—Cuando esto acabe, te prometo que iremos al anfiteatro.
El chico hizo un gesto de satisfacción.
—No saben nada de niñas desaparecidas..., aunque una me ha dicho que tenía que irse con su esclavo, porque sus padres ya no las dejan estar en la calle, y que... —Expositus se quedó pensativo—. ¡Ah, sí! Que los legionarios de la VI no sé qué andan por la ciudad por la noche.
—Tienen miedo —murmuró Tauro para sí mismo.
—Si me llevas a ver a los gladiadores, vuelvo y pregunto de qué —comentó Expositus.
—Vámonos. Debemos descansar; mañana partiremos temprano.
—Pero yo quiero ver a los gladiadores.
—Ya te he dicho que te llevaré cuando esto acabe —sentenció Tauro mientras se alejaba.
—¿Vas a contarme al menos por qué dejaste de ser agrumentario?
—Agrumentario no, frumentarius , pero hoy no. Tenemos trabajo.
Expositus lo siguió enfadado y ya no dijo una palabra ni ese día ni los dos siguientes.
Domicia pidió a Tauro que, antes de dirigirse a Sucaelo, pasaran por otros municipios como Urso 3 o Astigi, 4 donde investigarían si allí también habían sufrido aquellos extraños secuestros.
Dos días después llegaron a Sucaelo y, al igual que en las ciudades anteriores, el ambiente era desolador; parecían deshabitadas.
Apenas quedaba memoria del bullicio habitual; no había voces en los mercados, ni corrillos conversando.
Los habitantes parecían envueltos en una tristeza persistente.
La melancolía se arrastraba por cada esquina.
La soledad por las niñas desaparecidas se sentía por todos los rincones, como si la propia ciudad estuviera presa de aquel dolor y sus calles, muertas de pena.
Tauro se vio obligado a frenar el carro repentinamente cuando varias niñas cruzaron corriendo la calle sin mirar.
—Pensaba que habían desaparecido todas —dijo sin apartar la vista de las pequeñas.
—Eso mismo creía cuando atravesamos Urso y Astigi y, sin embargo, allí vi a varias crías en los foros —respondió Domicia reflexiva.
—¿Estás llegando a la misma conclusión que yo? —señaló Tauro.
—Supongo que sí —contestó Domicia—. ¿Tito no dijo nada sobre la edad de su hija?
—No. Se lo preguntaremos en nuestro próximo encuentro.
—De acuerdo, aunque me temo que acabamos de comprobar con nuestros propios ojos lo que temía. Que las niñas que están secuestrando son viripotens .
Tauro la miró y, con un leve movimiento de cabeza, confirmó que había llegado a la misma conclusión.
—¿Viri... qué? —preguntó Expositus confuso.
— Viripotens : niñas... en edad de contraer matrimonio.
—¿Y para qué querrían niñas así? —insistió Expositus, aún sin comprender.
Domicia lo miró con paciencia y añadió:
—Para venderlas. —Y sin decirlo pensó: «Y prostituirlas».