Innocentia VI
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Provincia Bética Dos meses antes

Fabia tropezó cuando el gigante tiró de la cadena que la mantenía atada junto a las otras niñas, forzándolas a avanzar con mayor rapidez. La puerta se abrió de par en par y la luz del exterior la deslumbró, mientras una corriente de aire aliviaba por un momento la angustia que llevaba en el pecho.

Salieron a un peristilo con un pequeño estanque; aquella debía de haber sido una domus importante.

Fabia dirigió una mirada a sus compañeras.

No solo compartían el municipio del que habían sido sacadas a la fuerza, también el mismo miedo; un terror mudo que les impedía intercambiar una sola palabra.

Ninguna, además, se atrevía a levantar la vista.

Por primera vez, Fabia pudo contemplar el rostro del gigante a la luz del día.

Su presencia era aún más imponente, más terrible que bajo las sombras de la noche.

El hombre más grande que jamás había visto.

Tenía el cabello pajizo y grasiento. Sus manos, desproporcionadas y enormes, parecían capaces de aplastar huesos.

Pero lo que obligó a Fabia a desviar la mirada no fue el encuentro de sus ojos con los del hombre, sino la repugnancia que le causó la baba que se deslizaba por su barbilla.

Una mujer mayor, con la espalda encorvada y aspecto descuidado, apareció de repente y, sin decir palabra, fue examinándolas una a una.

— Salve... —susurró Fabia tratando de medir su respuesta.

Pero la anciana no hizo gesto alguno ni respondió al saludo.

Sus movimientos y su mirada eran como si realizara una rutina vacía, como si los años hubieran desgastado cualquier rastro de afecto, y no quedara en su alma espacio para los sentimientos.

Solo se detuvo cuando se encontró con el rostro desfigurado de Vitruvia.

Aunque ya no sangraba debido al golpe que aquel enorme ser le había dado la noche anterior, tenía la cara y el vestido llenos de sangre seca, los pómulos hinchados y amoratados, y un pequeño derrame comenzaba a cubrirle los ojos.

La mujer se giró hacia el gigante.

—Al dominus no le gustará. No nos sirve.

El hombre hizo un gesto de resignación.

—Diviértete con ella, Foedus —añadió.

El hombre sonrió y, sin pensarlo dos veces, se dirigió hacia la muchacha.

Vitruvia miró a su alrededor, aterrada, al darse cuenta de que aquella bestia iba a por ella.

—¡Ayudadme!... ¡Ayudadme! —comenzó a gritar, pero su voz se ahogó en el vacío.

Foedus le quitó los grilletes y, con una mano, la levantó con facilidad, echándosela al hombro. Las patadas desesperadas y los golpes que Vitruvia lanzaba no parecían afectarlo en lo más mínimo.

La joven siguió gritando, pero ninguna de las otras niñas se atrevió a hacer nada para defenderla.

Fabia cerró con fuerza los ojos y trató de taparse los oídos para no oír los gritos que daba Vitruvia cuando aquella montaña humana comenzó a abusar de ella.

Sin embargo, sus manos estaban unidas por los grilletes a los de las otras compañeras y ninguna pudo llegar a cubrírselos.

Todas sentían una enorme angustia y, a la vez, un gran alivio.

Angustia por Vitruvia, porque jamás se recuperaría del oprobio al que la estaban sometiendo, y alivio porque ninguna de ellas estaba sufriendo esa tortura.

—Abrid los ojos. Quiero que lo veáis.

La orden de la anciana sonó tan clara como los gritos de Vitruvia, pero ninguna de las niñas se atrevió a obedecer.

—¡He dicho que abráis los ojos! —vociferó terminante.

Todas obedecieron, temblorosas, aunque sus miradas se desviaron con miedo, evitando contemplar el sufrimiento de su compañera.

Algunas comenzaron a llorar.

—Quiero que veáis a lo que os vais a dedicar de ahora en adelante —añadió la anciana, con un tono de voz cargado de una crueldad inhumana—. Esta va a ser vuestra nueva vida cuando estéis listas, y creedme que lo estaréis.

Fabia observó, perpleja, el gesto severo y el odio que emanaban de aquella mujer. Con un esfuerzo titánico, se obligó a dirigir la mirada a Vitruvia. La joven, con quien Fabia había compartido juegos y sueños bajo las columnas del foro, hacía tiempo que había dejado de gritar.

El gigante, tras un ronco rugido final, se apartó con la misma frialdad de antes y Fabia tuvo que contener una arcada.

El cuerpo de Vitruvia estaba inmóvil, la sangre corría por sus muslos, y un pequeño charco oscuro se iba formando en el suelo.

Desde donde estaba, Fabia no podía ver ni el más mínimo movimiento; estaba segura de que había dejado de respirar.

La mujer volvió a hablar, endureciendo el tono:

—Mi nombre es Orbiana y cuanto antes lo entendáis, mejor para todos: nunca escaparéis de aquí. Solo tenéis dos opciones: aceptarlo... o seguir sus pasos —dijo lanzando una mirada despectiva hacia el cuerpo de la chica muerta.

El gigante se acercó de nuevo, arrastrando a la pequeña por el cabello como si fuera un saco de carne y dejando un reguero de sangre sobre el mosaico.

Fabia se quedó petrificada, incapaz de moverse o pensar con claridad. Nunca, en su corta vida, había presenciado una violencia tan aplastante. Incluso Plutón, el dios del inframundo, parecía insignificante ante la maldad que reinaba en ese lugar.

—¡Llévatela de mi vista! —exclamó la anciana dirigiéndose de nuevo al hombre. Luego, volviéndose hacia las niñas, esbozó una sonrisa fría y despiadada—. Esta noche, cuando veáis la carne en vuestros platos, no sabréis si es cerdo... o si os la estáis comiendo a ella.