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Calzada en dirección a la provincia Bética (Vía de la Plata)
Aquilio observaba desde la distancia cómo el carro de Tauro oscilaba de un lado a otro.
En Roma, durante años, su nombre no se había pronunciado sin aludir a su inteligencia.
El antiguo centurión al mando del servicio secreto del emperador era más astuto que un zorro.
Acostumbrado a preparar cada misión de forma meticulosa, puso aún más esmero cuando le encargaron ese trabajo, consciente de que su presa no era un hombre cualquiera.
Durante la semana que lo había seguido, día tras día, solo había encontrado a un ser amargado y borracho, nada que recordara al centurión temido por toda Roma.
Aquel que había desbaratado todas las conspiraciones contra el emperador, y cuya reputación hacía estremecerse a senadores y personas influyentes de la ciudad.
Y, aun así, nunca logró verlo del todo desprevenido.
Aquilio recordó la lección que su padre, y a la vez su mentor, le había grabado a fuego una y otra vez en la mente: el único aliado que nunca te traiciona es la desconfianza. Por eso no se fiaba de aquel miserable que había traicionado a Julia Mesa.
Tenía órdenes y debía cumplirlas. La noche anterior estuvo a punto de abordarlo, dispuesto a clavarle un punzón envenenado.
Pero su plan se desmoronó antes de que pudiera consumarlo, cuando ese maldito duunviro lo acompañó hasta su domus .
Para no dejar ningún cabo suelto, quiso saber la identidad de ese hombre.
Tras seguirlo, se hizo el encontradizo con la excusa de que lo conocía de alguna parte.
El tipo le dijo que se llamaba Tito Papirio y que era de Sucaelo.
Aquilio se disculpó, alegando que se había equivocado de persona.
Pero había conseguido su objetivo. Por eso sabía adónde se dirigía Tauro antes incluso de que hubiera iniciado el viaje, mientras que la que sería su próxima víctima ignoraba por completo que jamás llegaría a su destino.
No habría más demoras. Esa noche sería la última para Tauro y su esposa.
Sin embargo, mientras calculaba cómo llevar a cabo su misión, algo le llamó la atención: una cabeza despeinada emergía del interior del carro. Era el crío que seguía a Tauro cada día, el que no dejaba de preguntar por él en la taberna.
Decidió mantener la distancia. Tarde o temprano se detendrían para descansar y abrevar a los caballos.
Ya había hecho esto decenas de veces. Esa noche, tallaría tres nuevas hendiduras en el mango de su punzón, donde registraba las almas a las que había facilitado el encuentro con Caronte.
Ni siquiera pestañeó al pensar que también tendría que asesinar a aquel niño.
Para él, matar era tan necesario como respirar.
Las encinas y alcornoques flanqueaban la calzada, mientras los dorados campos de trigo y cebada se extendían hasta perderse de vista. El cansancio empezaba a hacerse notar en los hombros de Aquilio cuando vio el carro de Tauro detenerse en una mansio , cerca ya de Regina. 1
Optó por seguir adelante, no quería que Tauro sospechara.
Detendría su carro a una milla de distancia, fuera del camino.
No cargaba especias; las tinajas y cajas que llevaba y que anunciaban falsos productos solo servían para engañar.
En su interior, había heno y agua para los caballos.
Su padre, el mejor sicario que había conocido, le había enseñado que nunca debía dormir en una de las mansiones de las vías ni en las tabernas de las urbes; de esa forma no dejaba rastro alguno de su paso por allí.
Escondió su carro tras un grupo de encinas, asegurándose de que nadie lo viera.
Ató a los caballos, les dio de comer y luego se dirigió a la posada donde Tauro y los suyos habían parado.
Al entrar, examinó cada cuadra hasta dar con la del antiguo centurión, la número cinco. Luego se adentró en la taberna, sentándose de espaldas a la mayoría de la clientela. Esperó a que una tabernera se acercara y colocase una jarra de vino sobre la mesa.
—¿Algo para comer? —preguntó ella.
—Tráeme la especialidad de la casa —contestó.
La muchacha hizo un ademán para retirarse, pero la voz baja de Aquilio la detuvo.
—Por cierto, estuve viendo a mis caballos y olvidé el número de mi cubículo.
La muchacha lo miró extrañada.
—Aquí asignamos la misma cuadra y habitación. No es difícil de recordar.
—Lo imaginaba, pero quería asegurarme de no meter la llave en la puerta equivocada.
La tabernera se alejó y Aquilio aprovechó para inspeccionar el lugar.
Un momento después vio a Tauro, a Domicia y al crío sentándose a una mesa cercana.
Los observó con disimulo mientras devoraba su comida con fervor: moretum , una mezcla de queso con miel y especias, untada en una torta de pan.
No dejó ni una miga y entendió por qué era la especialidad.
Acto seguido, se encaminó a las termas, no solo para pasar inadvertido ante Tauro, sino también para relajarse y ordenar sus pensamientos.
Julia Mesa le había confiado la misión de acabar con la vida de quien fuera su fiel esbirro y, aunque a esa mujer nadie osaba negarle nada, vaciló.
Tenía razones de peso para no aceptar el encargo.
Sin embargo, en ese instante, una sonrisa asomó a su rostro mientras se sumergía en las aguas templadas.
Cuando cumpliera con su cometido, recibiría una fortuna.
Al contemplar en lo que se había convertido el hombre que debía matar, comprendió que, incluso sin dinero de por medio, sería mucho más fácil de lo que habría imaginado.
Cuando la noche, al fin, envolvió la mansio , Aquilio volvió a la mesa donde había estado.
Solo quedaban un par de borrachos, más interesados en encontrar pelea que en procurarse descanso en su alcoba.
Pidió una última copa. Dudó entre matar con el puñal o con su punzón.
Sintió cómo el vino le raspaba la garganta mientras se decidía.
Aquel punzón se lo había regalado su padre cuando, a sus ojos, se había convertido en un verdadero asesino. Tanto las armas como él estaban listos.
La tabernera anunció el cierre y los pocos hombres que quedaban se retiraron a sus alcobas.
Aquilio hizo un gesto indicando que se iría tras acabar la copa.
Cuando no quedaba ni un alma, se levantó y se dirigió al pasillo de las habitaciones.
Las lucernas iluminaban las puertas. Avanzó despacio; todos sus sentidos estaban en alerta.
Mientras apagaba una por una las lámparas, el olor a aceite quemado fue flotando en el ambiente, acompañado por el sonido rítmico de los ronquidos que provenían de las habitaciones.
El pasillo quedó en penumbra. Esperó a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad.
Despacio, fue palpando la pared hasta llegar a la puerta número cinco.
Extrajo una ganzúa de su faltriquera y, con movimientos precisos y lentos, comenzó a forzar la cerradura.
Sentía que un sudor frío corría por su frente, temeroso de que las bisagras lo delataran.
Pero, para su alivio, la puerta cedió sin hacer apenas ruido.
Desenfundó el puñal. Ya no había marcha atrás. Y, con la serenidad que solo los años de práctica otorgan, entró en la cámara dispuesto a hacer lo que mejor sabía: acabar con la vida de un hombre.