IV
IV
Domicia Iucunda se dejó caer en su asiento y guardó silencio tras escuchar la propuesta que Tauro acababa de hacerle.
La fina tela de su vestido, propia de una patricia, dibujaba con suavidad las líneas de su cuerpo, y el brillo oscuro de su cabello enmarcaba un rostro donde la belleza había madurado con elegancia a sus treinta años.
Por un lado, no deseaba abandonar su vivienda ni aquella maravillosa urbe que la había acogido con los brazos abiertos.
Pero dos razones la llevaron a alzar sus ojos color miel para examinar a su esposo, que aguardaba su respuesta en silencio.
La primera tenía que ver con la lealtad de Tauro, esa que nunca había sabido dosificar, puesto que para él, la amistad no era un vínculo: era un deber.
Haría cualquier cosa por los hombres que habían servido bajo su mando, y aún más por aquellos a quienes había amado como hermanos.
Además, no se trataba de cualquier mujer, sino de la hermana de Marco, uno de sus más antiguos compañeros de armas y fiel amigo, quien sacrificó su vida por la de Tauro.
Negarle su ayuda sería deshonrar ese sacrificio.
La segunda razón estaba enraizada en el oscuro pasado que los había arrastrado hasta ese lugar.
Tauro, antiguo soldado de las legiones, había participado en la guerra civil contra el emperador Macrino.
Entonces optó por jurar fidelidad a Julia Mesa, abuela del joven Heliogábalo, aspirante a vestir la púrpura.
El día en que ella se alzó con el poder, en reconocimiento por sus servicios, lo nombró centurión de los frumentarii , el servicio secreto del emperador.
Un honor que había acabado convirtiéndose en una condena.
Pero Julia Mesa no era solo una sombra detrás del trono; era la mano que movía los hilos del Imperio.
Cuatro años después, cuando decretó la caída de su propio nieto, Tauro intentó salvarlo, aun sabiendo que esa decisión lo destruiría.
No solo por el juramento que había hecho de protegerlo ante todos sus enemigos, sino porque no pudo ignorar la compasión que le despertaba aquel muchacho, condenado desde la cuna a un destino que nunca había elegido.
Aquella elección lo sentenció para siempre.
A ojos de Julia Mesa, Tauro había pasado de ser su hombre de confianza, su esbirro, a convertirse en un traidor por conspirar en su contra.
Cuando Alejandro Severo, el otro nieto de Mesa, ascendió al trono, ella intentó acabar con la vida de Tauro, forzándolo a huir junto a Domicia lejos del corazón de Roma.
Escaparon en dirección a Augusta Emerita, buscando alejarse cuanto fuera posible de Julia Mesa, la mujer que no descansaría hasta verlo muerto.
Durante los tres meses de exilio, Tauro había buscado en el vino una forma torpe de acallar los recuerdos que lo perseguían: las vidas que, en nombre de Julia Mesa, había arrebatado y la muerte de sus amigos, aquellos hombres a quienes debía proteger.
Domicia sabía bien que cuando la pena se instala en el alma no hay palabras que la alivien, solo el tiempo...
o alguna razón que obligue a seguir adelante.
Y aquella petición era, quizá, lo único capaz de apartar a Tauro del abismo en el que se estaba perdiendo.
Echaba de menos cómo la miraba. Y, con ello, al hombre que ya no estaba.
—Antes de aceptar, quiero que me respondas a una pregunta —dijo Domicia rompiendo el silencio.
—Qué extraño. Tú nunca pones condiciones —objetó Tauro sorprendido.
—Esta vez sí lo haré.
—Tú dirás.
—¿Cuál es la verdadera razón que te obliga a hacerlo?
—Las mismas que estás pensando —contestó tras un breve silencio, sin ser capaz de sostenerle la mirada—. Encontrar a esas niñas.
Tauro tomó las manos de Domicia con cuidado.
—Y porque es la sobrina de Marco —continuó—. Sabes que no tengo elección. Le debo más de lo que jamás podré devolverle... Pero también lo hago por nosotros.
Domicia se estremeció al ver la pena aferrada a los ojos de su esposo.
—¿Por nosotros? —preguntó.
—Por ti —corrigió—. Dejaste atrás una vida cómoda en Roma por mí. Y aunque aquí podamos construir un hogar, sé que no es el destino que te prometí. Marco dio su vida para que escapáramos. No hay día que no piense en ello sin que me odie.
Tauro guardó silencio, como si estuviera en otro lugar.
—Si no hago esto, no podré perdonarme nunca —prosiguió—. Y tampoco podré volver a ser el hombre del que una vez te enamoraste.
Domicia le acarició el rostro con ternura.
—A veces —dijo al fin su esposa—, el tiempo es lo único que puede aliviar el dolor. Pero sé que no es lo único que te mueve. Dímelo, Tauro. ¿Qué más te preocupa?
—Lo más importante —añadió tras un instante—: si ese duunviro ha dado conmigo, Julia Mesa también puede hacerlo.
Volvió a guardar silencio.
—Puedo vivir mirando atrás, desconfiando de todos y durmiendo a medias..., pero no soportaría que algo te ocurriera por mi culpa. Con eso sí que no podría vivir.
Tauro la rodeó con los brazos, aferrándose a ella.
Domicia suspiró, refugiándose en aquel abrazo que tantas veces la había protegido.
Sabía que a su esposo le costaba poner en palabras lo que llevaba dentro, pero aquel gesto sencillo decía más que cualquier explicación.
Pensó con rapidez. Tal vez Tauro no había reparado en que la razón que lo empujaba a actuar era también la que los ponía en peligro a los dos.
Ella sí lo había hecho. Y, aun así, no estaba dispuesta a dejarlo solo.
—Entonces vayamos —dijo—. Y acabemos con esto.
—¿Vayamos? —preguntó Tauro sorprendido.
—Sé que no es fácil dejar atrás lo que te atormenta —contestó ella—, pero mientras esté contigo, seguirás en pie. Esas niñas necesitan a alguien que las busque sin rendirse, y si existe una persona capaz de devolverlas a sus padres, eres tú.
Tauro dudó un instante.
—Está bien —cedió al fin—. Pero prométeme que no te pondrás en peligro. Yo asumiré todos los riesgos.
Domicia asintió. Sabía que era la única manera de que aceptara su compañía.
—Entonces partiremos al alba —añadió Tauro, ya de espaldas—. Se lo prometí a Tito Papirio.
Domicia sonrió. Sabía que su esposo había tomado esa decisión mucho antes de formularla en voz alta. Y, lejos de incomodarla, vislumbró en aquella búsqueda una oportunidad para que Tauro comenzara, por fin, a reconciliarse consigo mismo.
El puente de Augusta Emerita quedó atrás mientras el amanecer anaranjado se reflejaba en las aguas tranquilas del río Anas. 1 Habían tomado solo lo imprescindible y lo habían cargado en el mismo carro que, tres meses atrás, los había conducido hasta allí desde Roma.
Tito Papirio había partido antes en dirección a la urbe de Corduba. Tauro no quería llamar la atención; prefería pasar desapercibido vestido como un acutarius , un humilde mercante de piezas de hueso, y avanzar por su cuenta.
Tauro se fijó en los feriantes que, a diferencia de ellos, cruzaban el puente en dirección a la ciudad. Era día de mercado y la calzada estaba ya concurrida. El jaleo de los comerciantes, las voces que anunciaban queso, pan, utensilios y telas, llenaban el aire desde que el alba rompía la noche.
Se volvió varias veces para comprobar si, además del mercader de especias que había salido al mismo tiempo que ellos, alguien más seguía su misma dirección.
El viaje continuó y Domicia se volvió al oír un leve ruido en la parte trasera del carro. Dudó un instante, pero no dijo nada.
Poco tiempo después, Tauro desvió una de las ruedas hacia un bache de forma deliberada. Bajo la lona que cubría sus pertenencias se oyó un grito ahogado.
Domicia miró a su marido con preocupación al oír aquel lamento, tanteando a su alrededor en busca de algo con lo que defenderse.
—¿Vas a salir ya? —preguntó Tauro sin alzar la voz.
Nadie contestó y Domicia lo miró sin entender.
—Sé que estás ahí —dijo Tauro—. Será mejor que salgas.
—Promete que no me vas a hacer nada —respondió una voz infantil.
—Te lo prometo. No te haré daño.
—No me fío de tu palabra.
—Vamos, Dentatus, sal ahora mismo. Si no lo haces, acabarás con el cuerpo molido ahí atrás.
—¿Cómo lo has sabido? —soltó el chico emergiendo de la lona.
—¿Quién es este crío? —quiso saber Domicia sin dar crédito.
—Se llama Dentatus...
—No, me llamo Expositus, pero todos me llaman Dentatus —interrumpió el muchacho.
—¿Sabías que había un crío en el carro y no me has dicho nada? —dijo la patricia sorprendida.
—Sí —admitió—. Ya te lo explicaré.
Domicia suspiró.
—¿Y por qué no le has dicho antes que saliera? Podría haberse hecho daño —insistió aún molesta.
—Porque si lo hubiera llamado yo, no habría salido. —Tauro hizo una pausa y continuó dirigiéndose a Domicia—. Vive en las calles. A veces aparece por la taberna. Mejor que esté con nosotros que solo. Así no se meterá en líos.
—Eres incorregible —murmuró—. Solo espero que no lo pongamos en peligro. Además, no lo llames así, ha dicho que se llama Expositus.
—Tú debes de ser Domicia —dijo el chico—. Tauro siempre habla de ti, pero pensé que eras una arpía: por eso creía que estaba tanto tiempo en la taberna de Sentia.
—¡Por todos los dioses! —exclamó ella atónita—. ¿Siempre habla sin pensar?
—A menudo —argumentó Tauro—. Pero es un buen chico. Te acabarás acostumbrando.
—¿Puedo saber por qué estás en las calles? —preguntó Domicia, recuperada ya del susto.
El chico contestó de carrerilla.
—Porque nadie me quiso. Nací con dientes y mi padre me abandonó junto al templo del culto al emperador, en Augusta Emerita.
Alguien me recogió después. Apenas me daba la comida que recibía del Estado para alimentarme.
Cuando cumplí la edad en la que dejó de recibir la ayuda por mí, también me abandonó.
Desde entonces me las arreglo solo, esperando a que Tauro me enseñe lo que sabe para que pueda dedicarme a lo que más deseo.
Domicia no pudo evitar que su piel se estremeciera al escuchar el relato del muchacho.
—¿Y qué es eso que tanto ansías?
Expositus sacó de su cinturón una espada de madera, rota por la mitad.
—¿Qué va a ser? —reaccionó sorprendido—. Quiero ser gladiador.
Tauro y Domicia intercambiaron una mirada cómplice.
—Hasta entonces, Expositus —dijo Tauro—, procura no meterte en líos. Luego ya veremos qué destino te reservan los dioses.