Innocentia III
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III

III

Provincia Bética Dos meses antes

Fabia pestañeó varias veces antes de abrir los ojos.

Todo estaba oscuro, salvo por la débil luz de unas pocas lucernas. Sus sentidos aún no se acostumbraban a las sombras que la rodeaban.

Suspiró pensando que todo había sido un sueño y que estaba en su habitación. Llamó a sus padres, pero ninguno de los dos contestó y nadie acudió a su llamada.

Fabia tenía pánico a los espacios cerrados. Nerviosa, trató de ponerse en pie, pero la cadena con la que estaba presa se lo impidió, recordándole dónde se hallaba. Un sudor frío comenzó a resbalarle por la frente.

Todo el horror que había vivido era real.

Rememoró cada detalle de lo ocurrido la noche anterior, intentando reconstruir el oscuro camino que la había conducido hasta aquel lugar.

Era de noche, su padre estaba en una de las reuniones de los duunviros de la urbe y su madre había acudido a la vivienda de otra de las matronas; por ese motivo se había quedado sola en casa.

El pánico que tenía a las tormentas la llevó a irse pronto a la cama.

Estaba dormida cuando, de forma muy violenta, alguien le tapó la boca y la aferró con muchísima fuerza hasta sacarla de la casa.

Recordó al gigante que la había arrancado de la seguridad de su hogar y, sin que pudiera hacer nada, la encadenó dentro de un carro enrejado junto a otras niñas de su edad, algunas de ellas amigas de su municipio.

Fabia recordó el cuchillo con el que las había amenazado aquella bestia, cuya sola presencia le infundió un terror paralizante.

Aquel hombre, junto con el pequeño trozo de acero, fue suficiente para que, durante todo el camino, ninguna de ellas pronunciara una sola palabra.

Ateridas de frío y miedo, solo Fabia se atrevió a preguntar por qué estaban allí o adónde las llevaban, pero no encontró respuesta en los temerosos ojos de las otras niñas.

El llanto de su amiga Vitruvia, que tenía la nariz hinchada por el enorme golpe que le había asestado aquel ser, fue el único sonido que rompió el silencio durante todo el viaje.

El pánico les impidió dormir durante las interminables horas que tardaron en llegar hasta aquella villa, donde las habían hecho bajarse para encadenarlas a una pared.

Las muñecas le ardían; el hierro había estado mordiendo la piel durante horas, y las piernas estaban entumecidas, mientras todos los músculos le dolían por la rigidez e incomodidad de la madera del carro.

Sintió cómo una enorme angustia en forma de bilis subía por su estómago hasta que no pudo contenerse y vomitó.

Se limpió como pudo y fue entonces cuando tomó conciencia de la pesadilla que la rodeaba.

El lugar era frío y oscuro. Solo unas pocas lucernas sostenían la luz, temblorosa, dentro de aquel espacio cerrado.

No había ninguna cavidad o ventana por donde entrara la luz natural; el tiempo había dejado de tener forma, y no sabía si afuera ya había amanecido o si la noche seguía intacta.

Parecía el pequeño comedor de una domus ; el suelo estaba cubierto por un mosaico, y la pared contra la que estaba encadenada mostraba desconchones, dando la impresión de haber sido abandonada hacía mucho.

Una niña empezó a llorar y el resto se contagió al escuchar aquel llanto.

Los gritos llamando a sus madres, las voces pidiendo ayuda sonaban mezclándose unas con otras en una amalgama espantosa que heló su pequeño corazón.

Nadie las consolaba. Estaban solas.

Fabia comenzó a gritar una y otra vez el nombre de Pompeya.

Pero su amiga no contestó.

«¿Qué habrá sido de ella?», pensó. Se alegraba de que se hubiera librado de aquel tormento, pero la echaba de menos. Pompeya sabía cómo tranquilizarla cuando se ponía nerviosa.

Sintió de nuevo, al recordar a su amiga y a sus padres, que la nostalgia se apoderaba de ella. ¿Por qué estaba en aquel sitio? ¿Acaso los dioses la habían castigado por alguna extraña razón? Solo quería cerrar los ojos y que, al abrirlos, volviese a estar de nuevo en su hogar.

Los chillidos de las otras niñas continuaron por todos los rincones, aumentando cada vez más en intensidad. Fabia empezó a agobiarse, pensando que iba a volverse loca.

—Cierra los ojos y tápate los oídos —le dijo la muchacha que tenía a su lado, acariciándole la mano—, y escucha solo el sonido de tu respiración. Así conseguirás mantener la calma.

Fabia obedeció. Al hacerlo, su sentido del olfato se aguzó. El ambiente estaba viciado por el hedor de su vómito, la fetidez rancia de la humedad y el olor a sudor.

Trató de pensar en algún recuerdo bonito para salir de aquel tormento y su madre acudió a su mente. Pudo sentir, casi como si estuviera allí, sus cariñosos abrazos, sus tiernas caricias y sus besos. En ese instante no fue capaz de contenerse más y comenzó a llorar.

No sabía dónde estaba.

Siempre le habían dicho que era una niña fuerte, así que trató de calmarse. Cuando se relajó, se apartó las manos de los oídos y sintió cómo la niña que le había hablado un momento antes volvía a agarrarle la mano.

—Me llamo Elia —dijo su compañera—. Tengo catorce años, ¿y tú?

—Me llamo Fabia y tengo trece años.

—No me suena tu nombre. ¿Eres de Corduba?

—No, soy de Sucaelo. ¿Por qué estamos en este lugar?

—No lo sé... Llevo aquí una semana.

—¿Cómo lo sabes? Todo está oscuro.

—El gigante nos saca cada mañana. Una mujer que está con él nos obliga a andar y nos da de comer, y cada dos o tres días nos echa un cubo de agua por encima.

—¿El gigante? —preguntó Fabia con miedo.

—El hombre que nos trajo en el carro. Es un ser horrible.

—¿Y para qué nos han traído?

—No lo sé.

—¿Cuántas somos?

—No las he podido contar, pero muchas; demasiadas.

Fabia sintió una enorme sensación de angustia.

El sonido metálico de la puerta y el chirrido agudo que emitieron las bisagras oxidadas hicieron que todas se callaran de golpe.

—¡Silencio! ¡Ya viene! Procura no enfadarlo.

Las niñas entornaron los ojos ante la luz. La inconfundible silueta del gigante apareció en el umbral de la puerta. Sostenía una antorcha y, cuando la luz le iluminó el rostro, sonrió mostrando su boca llena de dientes podridos.

Fabia no pudo evitar que en su estómago creciera una convulsión que se propagó por sus piernas e hizo que todo su cuerpo temblara, hasta que notó cómo la orina se le deslizaba por los muslos.

Cuando aquel ser enorme entró, el eco de sus pisadas retumbó por toda la estancia.

El gigante liberó la cerradura de una de las cadenas, que mantenía apresada a Fabia y a otras chicas, tras abrir el candado que permitía sujetarlas a la pared, las arrastró con fuerza y se las llevó hacia el exterior.

—¡Elia!, ¡Elia! —gritó Fabia—. ¡Quiero quedarme contigo! —dijo mientras trataba de que sus manos no se soltaran.

—No temas. Sé fuerte —comentó la otra tratando de consolarla.

Las otras niñas que estaban encadenadas gritaron y se levantaron obligadas por el gigante.

Y en ese momento Fabia sintió cómo el más primitivo de los sentimientos invadía su alma: el terror.