II
II
La taberna de Sentia Amarantis se encontraba a esa hora llena de sus habituales beodos.
En las mesas se jugaba a los dados, en apariencia sin apuestas, dado que solo se permitía en la Saturnalia, la fiesta en honor al dios Saturno, donde se celebraba el fin de la cosecha y el renacimiento del Sol Invictus.
Otros, por su parte, daban cuenta de varias jarras repletas de vino, protestaban por el estado de las calles o discutían sobre quién era el mejor auriga del Imperio.
En una de las mesas, solitario y con la vista perdida en su copa de vino, un hombre parecía ajeno a cuanto ocurría a su alrededor, como si el ruido de la taberna no fuera con él.
La barba oscura apenas rasurada y el cabello enmarañado le otorgaban un aire magnético y seductor, como si su aspecto fuera una elección...
o una renuncia. En sus fornidos brazos, tatuados, se vislumbraban los vestigios de un pasado como legionario.
Aunque parecía abatido, había algo en su mirada y en la forma de moverse que hacía que nadie se sentara demasiado cerca de él.
Un duunviro, vestido con la toga y la túnica con la franja púrpura que lo distinguía como magistrado local, entró junto a su esclavo.
El nuevo cliente se dirigió hacia la tabernera. Se notaba, por la manera en que arrastraba los pies, que estaba agotado.
—¿Vino? —preguntó Sentia.
—Pon el mejor que tengas. ¿Conoces a un hombre llamado Tauro?
—No sé quién es —contestó la tabernera sin interés, mientras rellenaba la copa.
—Puedo pagarte por la información.
—Lo siento, nunca he oído hablar de él.
El duunviro se rascó la barbilla con desesperación. Bebió de su copa y se giró:
—¿Alguien puede ayudarme? Busco a un hombre llamado Tauro.
Todos lo observaron y negaron con un gesto vago.
Desde su mesa, el hombre solitario se llevó la copa a los labios con lentitud y, con la mano libre, palpó el puñal oculto bajo la túnica para cerciorarse de que seguía en su sitio al tiempo que sus ojos escrutaban al nuevo cliente.
—Pagaré a quien me dé algo de información.
De nuevo todos negaron y siguieron con sus ocupaciones.
El magistrado se frotó el puente de la nariz, mientras cerraba los ojos en un gesto de resignación. Apuró su copa de vino dispuesto a salir de allí, pero se detuvo al contemplar cómo un niño, de unos diez años y bastante alterado, entraba en la taberna.
Tenía la túnica cubierta de manchas. Una pequeña espada de madera, partida por la mitad, descansaba en una cuerda que hacía de cinturón. El cabello grasiento le caía sobre la frente, mientras oscuros chorretones negros de sudor corrían por sus mejillas.
El niño se dirigió a la mesa del hombre que bebía solo.
—¡Tauro, Tauro, te lo has perdido!
El duunviro los observó con atención y sorpresa, mientras el muchacho no paraba de hablar.
—¡Ha sido increíble! He ido a ver el entrenamiento de gladiadores —exclamó con rapidez—. Brutus y Calendio se han peleado, pero no una pelea de gladiadores, sino después del entrenamiento; ya sabes, solo con sus puños. No imaginas los golpes que se han dado.
—Dentatus... —dijo con un gruñido—. Ahora no.
—¡Brutus le ha dado un puñetazo así! —explicó el jovencito, poniéndose de pie en la silla e imitando el movimiento.
—¡Dentatus..., después!
—Luego, Calendio le ha dado por aquí —dijo imitando la pelea sin parar de hablar.
El magistrado los observó durante un instante y se aproximó a ellos, seguido de cerca por su esclavo.
—¿Eres Tauro?
—Nunca he oído ese nombre —contestó el hombre.
El chico seguía con su perorata:
—Luego, Tauro, cuando Calendio ya estaba en el suelo, le ha dado una patada aquí... —continuó el niño imitando la pelea y golpeando al aire.
—No es lo que dice el crío —señaló el magistrado, mientras su esclavo se acercaba cada vez más al hombre.
—No sabe de lo que habla. ¡Expositus! —gritó llamándolo por su verdadero nombre.
El niño por fin se quedó en silencio mirándolo sin entender.
—Ve a que Sentia te dé algo de comer; di que pago yo.
—Vale, luego te lo cuento —respondió el jovenzuelo corriendo hacia la tabernera, feliz por la motivación de llenarse la panza.
A pesar de su torpeza, el hombre sentado a la mesa lo vio alejarse con una media sonrisa. Pero su mirada se afiló de nuevo cuando volvió a oír su nombre en boca de aquel duunviro.
—¿Eres Marciano Tauro? —preguntó el magistrado.
El antiguo legionario hizo una larga pausa, bebió despacio y no levantó la mirada al responder.
—Ya te he dicho que no conozco a nadie con ese nombre.
—Estoy seguro de que eres Tauro, el crío te ha llamado así y tu aspecto coincide con la descripción del hombre que llevo tiempo buscando.
Así que no tengo duda de que eres tú. Soy Tito Papirio.
Mi esposa es la hermana de Marco, que fue compañero tuyo en la legión.
Ella me ha mandado a buscarte. Cree que puedes ayudarnos.
Al escuchar aquel nombre, algo se tensó en el rostro del otro hombre. Guardó silencio. Bajó la mirada a la copa y la apuró de un trago. Solo entonces volvió a alzar los ojos.
—Dile a tu esclavo que salga por donde habéis entrado y tú dirígete hacia aquella otra puerta. Hay un cuarto tras ella; hablaremos allí.
El duunviro hizo un leve ademán a su siervo para que obedeciera y, con el ánimo mudado por la satisfacción, se fue por el lado contrario al del siervo.
Tauro se levantó ante la atenta mirada de todos y lo siguió.
Cuando Tito Papirio empujó la puerta que le habían indicado, se sorprendió al descubrir que no daba a un cuarto, sino a un callejón.
En ese instante entendió que, por su impaciencia, había caído en una trampa.
Antes siquiera de poder girarse, sintió una fuerte patada en la espalda que lo lanzó de bruces a un pestilente charco lleno de restos de comida.
Al tener una de las manos en el interior de la toga, no logró amortiguar la caída y se golpeó en la frente con fuerza.
Conmocionado, intentó levantarse, pero notó que algo le golpeaba el costado, seguido de una presión asfixiante en la garganta. Al abrir los ojos, vio el pie del hombre aplastándole el cuello con una fuerza que no disminuía.
Trató de liberarse, pero la presión era demasiado férrea.
—¿Quién te ha dicho dónde encontrarme? Y no me mientas o lo sabré.
—Escribiste una carta a mi esposa —exclamó con dificultad.
—No dije dónde estaba —respondió Tauro ejerciendo más presión sobre la garganta.
—Lo sé..., lo sé... Te lo explicaré... Por favor, no puedo respirar.
Tauro levantó el pie.
El hombre tosió, se incorporó con esfuerzo y se frotó la frente con la mano. No había sangre, aunque el golpe había sido muy doloroso. Sus costosas vestiduras estaban salpicadas de restos de comida.
—Soborné al mensajero que nos llevó tu carta, en la que le hablabas a mi esposa de la muerte de su hermano, para que nos dijera dónde encontrarte.
—¿Y para qué queríais encontrarme? —dijo con recelo.
—Desde hace dos meses han desaparecido decenas de niñas de edades entre los doce y los quince años en algunos municipios de la provincia Bética. Además..., una de ellas apareció muerta. Necesitamos que nos ayudes.
—¿Por qué motivo debería ayudaros? —preguntó tras un largo silencio.
—Porque estamos desesperados. Hemos buscado por todos los lugares, sin éxito. Hemos visitado a augures y nigromantes. Incluso hemos acudido a Quinto Pomponio, gobernador de la provincia. Nuestros esfuerzos hasta ahora han sido en vano. No hay ni rastro de ellas.
Tauro apenas lo escuchó. Pensó en los rostros de los hombres que en el pasado habían confiado en él y cuyos nombres ya nadie pronunciaba.
—Haría cualquier cosa por la hermana de Marco, dado que a él le debo mi vida, pero el hombre que buscas murió hace tiempo. No queda nada de él.
Se giró hacia la taberna. Necesitaba una copa. El vino era lo único que todavía conseguía acallar a los muertos que acumulaba.
—Por favor, Tauro, te lo ruego —dijo Tito con la voz quebrada—.
Tu fiel compañero de armas hablaba de ti con admiración, decía que eras el hombre con el más alto sentido del deber y del honor que había conocido.
No dejaba de repetirlo, una y otra vez, pidiéndonos que, si algún día necesitábamos ayuda, acudiéramos a ti.
Y aquí estoy, Tauro..., porque eres mi última esperanza.
Una de las niñas desaparecidas es sobrina de tu amigo Marco... , nuestra hija.