Innocentia
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I
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Los dioses parecían divertirse ante el horror que los habitantes de la urbe se encontrarían al despertar y habían dispuesto que una interminable tormenta descargara con fuerza durante la noche.
Las gotas sonaban amortiguadas cuando se posaban sobre los frondosos campos, huecas cuando iban llenando los charcos y sólidas al hallar los tejados o el adoquín de las calzadas.
Todos los rincones de Sucaelo estaban cubiertos de una densa oscuridad. La llama de las antorchas hacía muchas horas que había sido apagada por el aguacero.
Un relámpago iluminó una de las calles y delató la presencia de un carro que se encontraba detenido junto a una vivienda.
Un trueno retumbó en el instante en que un hombre, fuerte y corpulento, abandonaba la casa sosteniendo el cuerpo de una niña. Con una de sus enormes manos le tapaba la boca con la ayuda de un pañuelo y, con la otra, abrazaba todo su cuerpo mientras cargaba con ella.
Las patadas que lanzaba la pequeña no parecían perturbar al gigante.
El hombre se dirigió hacia la parte de atrás del carro; cuando llegó, con una de las manos abrió la reja. Una lucerna, colgada del techo de madera, iluminaba vagamente el interior, donde el olor a orina y cerrado se mezclaba con la humedad del exterior.
En ese momento, Vitruvia, la niña que cargaba el gigante, dominada por el pánico, lanzó un grito desesperado desde lo más profundo de su ser.
Él se giró con rapidez y asestó un devastador puñetazo al rostro de la muchacha que le rompió la nariz y provocó que la sangre brotara de forma incontrolable, dejándola inconsciente.
El hombre abrió la puerta y observó el interior. El carro tenía unos hierros a los lados y de ellos salían unos cepos que atrapaban las manos de otras niñas.
Tras encadenar a Vitruvia al fondo, miró con ira al resto de las asustadas crías y, sin la necesidad de decir una palabra, abandonó el interior del carro, se atusó la capucha, empapada por la lluvia, y se subió en la parte de delante junto al cochero.
El carro continuó hacia su siguiente destino.
El conductor apenas era capaz de ver, pero había hecho ese camino de día y había calculado la distancia.
Dos imponentes pinos flanqueaban la entrada de la domus y, al distinguirlos, el cochero detuvo el carro.
El gigante extrajo el puñal de su funda y entró con decisión en la vivienda.
Poco después salió con otra niña. Sin embargo, en esta ocasión, la muchacha se sacudió y logró zafarse del brazo que la retenía, para luego esconderse tras uno de los árboles.
Estaba aterrada, no entendía qué estaba ocurriendo.
Pensó con rapidez, aunque no tenía muchas opciones.
Si volvía sobre sus pasos, se encontraría con el gigante.
Tampoco podía gritar; no quería delatar su posición.
Solo podía correr en línea recta hasta llegar hasta la casa de su amiga Fabia, para pedir ayuda a sus padres.
Se levantó, se apartó el pelo empapado del rostro, pero, cuando iba a echar a correr, sintió cómo una fuerza sobrenatural la agarraba y le tapaba la boca.
La niña clavó los dientes, obligando al gigante a apartar la mano.
El grito que lanzó la muchacha pidiendo ayuda resonó por toda la calle, retumbando incluso por encima de la tormenta.
El hombre, a quien no parecían perturbarle los gritos de la muchacha, la sujetó del cuello con decisión, apretando con tanta fuerza que su pulgar abrazó los otros dedos.
Los fuertes gritos de la víctima se transformaron en un sonido ahogado y angustioso, mientras, con desesperación, intentaba encontrar algo de aire.
Sus ojos, que ese día brillaban llenos de vida, quedaron inertes, abiertos hacia el oscuro cielo; las gotas de lluvia entraron sin resistencia en una mirada que se había apagado para siempre.
El gigante sonrió. No eran las órdenes que le habían dado y a su dominus no le gustaría, pero un estremecimiento de placer recorría su espalda cada vez que le arrebataba la vida a alguien.
Sin un gesto de piedad, se enderezó y se encaminó hacia el carro, dejando el cuerpo de la muchacha tirado en la calle, reducido a un simple despojo y sin un atisbo de compasión hacia ella.
El cochero se dirigió con rapidez hacia la puerta de la urbe, donde yacía desmadejado el cuerpo sin vida del vigilante que velaba las calles de noche, a quien habían asesinado a la entrada.
Ya tenían todo cuanto habían ido a buscar; el carro estaba atestado de niñas.
Debían marcharse antes de que la ciudad despertara.
Con rapidez se dirigieron a la puerta que conducía en dirección a la ciudad de Corduba. 1 Los cascos de los caballos y las ruedas del carro pasaron por encima del cadáver del vigilante, reduciéndolo a un amasijo de vísceras y sangre que se mezcló con el aguacero.
Los primeros rayos de luz trataron de abrirse hueco por el cielo encapotado y la lluvia cesó en ese instante. Los dioses querían oír el suplicio de la ciudad, que quedó sumida en el tenso silencio que precede a la desgracia.
Los esclavos despertaban y encendían el fuego del hogar o prendían las cocinas para preparar la comida.
En una de las viviendas más acaudaladas, Flavio, de tan solo tres años, se desperezó como cada mañana, y bajó de la cama con una sonrisa en el rostro para ir a despertar a su hermana Vitruvia.
Pero cuando llegó, la habitación estaba vacía.
Flavio comenzó a llorar hasta despertar a sus padres, que acudieron a la cámara y, desesperados, recorrieron junto a sus gritos toda la casa en busca de su hija.
Casi al mismo tiempo, Menfis, una liberta que había conseguido su libertad tres años antes, salió de su alcoba en busca de su hija.
Al no encontrarla, pensó que quizá había ido a buscar a Fabia, la niña que vivía en la domus de al lado, aunque le pareció extraño tras el aguacero que había caído durante toda la noche.
Su rostro se ensombreció cuando encontró la puerta de su casa abierta.
—¡Pompeya, Pompeya! ¿Dónde estás? —gritó una y otra vez Menfis ya en la calle. Su mirada se detuvo entre los enormes pinos para darse cuenta, con espanto, de que, tras uno de ellos, en el suelo, asomaban unas piernas desnudas.
El alarido que escapó de su garganta al descubrir el cuerpo sin vida de su hija sonó como si el cielo se partiera en dos.
La amargura y el martirio se deslizaron como una sombra gélida por cada rincón de la urbe.
El viento arrastró los gritos desgarradores de las mujeres cuando, una tras otra, descubrieron con horror que sus hijas habían desaparecido en mitad de la noche, como si la misma oscuridad las hubiera devorado bajo el cruel consentimiento de los dioses.