17. Nuestra cama. #2
Hikaru estaba sentado en sofá con las piernas recogidas Mirano su teléfono; estaba algo molesto y trataba de concentrarse en lo que leía, pero no podía, la puerta se abrió, el peliblanco levantó la mirada y sonrió antes de dejar su teléfono, se levantó del sofá y luego caminó hasta la cama destendida, se subió y se sentó en el medio.
El par de hermanos solo se movió, ambos se quitaron los zapatos y luego subieron a la cama.
Sara abrazó la cintura de Hikaru y fue como si se hubiera abierto una llave, para que el llanto se escuchara; Hikaru puso la mano sobre la cabeza de la chica, luego miró a Milo, quien se puso detrás de él.
Si, puede que la relación con su padre no fuera la mejor; que ellos simplemente se fueran, y si, puede que estuvieran siendo malos al no conocer primero a la chica; pero la situación era ridículo, estúpida y demasiado obvia como para que su padre no viera la realidad de esta.
Como se le ocurre llevar a ese tipo de chica a su casa cuando desde que murió su madre, Milo a tratado con todo mantenerlos unidos; a ninguno le molesta que se case, lo entienden, lo aceptaría, no le importaría que la mujer fuera madre soltera; incluso una prostituta, bueno, eso si tal vez un poco, o incluso que tuviera treinta años o un poco menos, siempre y cuando no buscara usarlo; y si, tal vez ellos no fueran a la boda, pero si de verdad la chica hubiera querido a su padre incluso si no fuera a la boda ella podría demostrarlo cuando convivieran, pero la perra no perdió tiempo en insinuarse a sus nuevos “hijos”
Milo pasó sus brazos por encina de los de su hermana rodeando al cintura de Hikaru.
Él no lloró, a diferencia de Sara; solo se quedó ahí hundiendo su nariz en los cabellos de Hikaru, inhalando las fresas, cerrando los ojos mientras sentía como Hikaru subía una de sus manos y la ponía sobre su cabello.
—¿Quieren que la mate? — preguntó Hikaru. Ambos hermanos negaron — Esta bien, pero si lo quieren solo díganmelo.
Ninguno de los hermanos dijo nada, Hikaru se quedó ahí sentado hasta que el llanto de Sara se volvieron sollozos, luego hipos, luego sintió como la respiración de Milo se hizo más calmada, eso le dio a entender que se había quedado dormido, Hikaru miró el reloj digital sobre su televisión frente a su cama, eran las dos; luego miró a Sara, podía verla y sentirla temblar con los ojos cerrado; dos horas y media, y él no dejó de acariciar los cabellos de ninguno de los dos; dos horas esperando la llegada de Nao; Hikaru miró hacia la ventana para ver la oscuridad de la noche.
Se quedó por otra hora ahí sentado, eran las tres y quince cuando lo decidió.
Con cuidado movió primero a Milo dejándolo acostado en la cama; luego con cuidado se separó de Sara y la acostó al lado de hermano mayor quien no dudó en acercarse y abrazarla; Hikaru los arropó, luego caminó hacia su balcón y sonrio.
—¿Entonces adónde vamos? — interrogó Sebastián apoyado en el barandal del balcón.
Hikaru caminó hasta él y dio un salto, Sebastián lo vio pararse sobre el barandal y sus ojos se abrieron cuando un enorme par de alas blancas se hicieron presente, y no fue lo único, Hikaru tenía halos y no solo uno o dos, tenía cinco halos descansando sobre su cabeza, dos rodeando su cuellos, uno en cada muñeca y tobillos, todos ellos iluminando, Sebastián miró las alas y los halos.
—¿Todo este tiempo has sido un ángel? — Hikaru se rio
—No, ya te dije, no sé qué soy, pero obviamente un ángel no soy — dijo el albino mirando a su primo.
—Tienes la apariencia de uno — dijo Sebastián detallando a su primo.
—Si, que lo tenga no me hace uno, Sebas.
—¿Puedo hacer eso? — interrogó Sebastián, Hikaru lo miró
—Supongo que puedes hacerlo — dijo, los ojos de Sebastián se iluminaron, desde la semana que supo que podía hacer casi lo mismo que Hikaru el pidió primero aprender su habilidad de conocimiento, era esa su guía para saber que podía hacer
De un momento a otro las plumas en el lugar aumentaron; Sebastián a diferencia de Nao solo tenía tres halos sobre su cabeza.
—Vaya — Sebastián se elevó — si no eres un ángel me pregunto que eres para poder simplemente tener esta apariencia.
—Algun día lo averiguaremos —dijo Hikaru elevándose, Sebastián lo miró.
—¿Adónde vamos?
—Nao me necesita —dijo antes de que el mismo se iluminara un poco, luego fue como un destello de luz que se movió demasiado rápido; Sebastián lo siguió.
Los gemidos de dolor rebotaban en el almacén, la sangre estaba por todos lados en el suelo, el sonido de golpes y quejidos llenaba el lugar.
En una de las cajas del almacén estaba sentado Miko que solo miraba a su novio de quince años sentado sobre el cuerpo semi inconsciente de otro joven, con sus puños rojos, la sangre en su ropa y el suelo; Nao no lo llamó, era normal en él sentir siempre la angustia o felicidad de Nao, por eso lo supo, por eso incluso supo a donde llegar para encontrar a su novio en medio un almacén que era la base de una pandilla, más precisamente de Osukuro que manejaba Minato y el puerto, momentos como estos solo beneficiaban a Shinkai cuando su líder simplemente en medio de su incontrolable ira buscaba algo que golpear que terminaba con él rodeado de delincuentes, que al final terminaban o muy heridos si estaban de malas o muertos si tuvieron la fortuna de morir por los golpes.
Ahora Nao se había topado con Osukuro en el puerto quienes pensaron que sería una buena oportunidad atacarlo cuando lo vieron solo; lo trajeron a su base y ahí estaban, muchos de ellos mutilados, la verdad esta vez había sido más brutal que las otras, podía ver como un solo golpe de Nao literal aplastó la cabeza de su primer atacante; eso hizo todo más frustrante para él cuando se dio cuenta que estas personas no eran un problema.
Miko lo vio, la frustración, el enojo; el cómo Nao empezaba a murmurar llamándolos inútiles, mierdas débiles; Miko empezó a pensar que se debía a su poder, él suspiró, pero no interfirió, solo se sentó a esperar que su novio terminara, evitando que los jóvenes escaparan.
Eran casi las tres y Nao golpeaba al último aún estaba molesto, estaba conteniéndose para que su puño no aplastara el cráneo del joven como si se tratara de un tomate.
Una luz pasó por encima del almacén, pero ninguno además del joven que estaba en el suelo lo vio como si fuera una estrella fugaz; estaba acomodando sus pensamientos haciendo una última suplica, o eso intentó; no lo logró, antes de que las palabras fueran incluso pensadas, todo se desvaneció; eso si lo vio Nao, si lo vio morir y se enfureció a un más.
Las grandes puestas del almacén se abrieron.
Tanto Nao como Miko miraron hacia la entrada, vieron dos figuras, ambos abrieron mucho los ojos cuando vieron a Hikaru, detrás de él estaba Sebastián que miraba todos. El castaño silbó
—Fius — Sebastián silbó — amigo, estabas realmente molesto ¿no? — dijo Sebastián parándose al lado de Hikaru que miraba a Nao; el cual escondió sus manos manchadas de sangre detrás de él.
Hikaru notó los movimientos de su novio y se rio, ¿Como si solo fueran sus manos?
, su ropa, su rostros, incluso algunas partes de su cabello tenían sangres de esas personas; el albino se adelantó, subió la mano para tocar la mejilla de Nao, o eso intentó; una mano roja tomó su muñeca sobre su suéter de cachemire rosa pastel
Hikaru miró la mano, Nao la quitó como si hubiera tocado algo muy caliente.
—Lo siento, solo no quiero que me toques, estoy sucio y…
—Eres bastante lindo tratando de cuidarme — dijo Hikaru sonriendo, luego se acercó más pegando su cuerpo al de Nao, sin importar si manchaba la ropa, luego subió sus brazos y lo envolvió en los hombros de Nao poniéndose de puntilla. Hikaru jaló a su novio y unió sus labios.
Fue como una cascada de agua templada para Nao sintiendo que el agua se llevaba su ira, luego él no lo pensó envolvió su brazo en la cintura del menor y profundizó el beso.
Podía sentir un leve sabor metálico, pero no le importó, sus manos rojas fueron a dar al pulcro cabello blanco de Hikaru quien lo atrajo más poniéndose de puntillas.
Cuando el par se separó podía ver un hilo de saliva uniendo desde la puntas de su legua, Hikaru con su ropa y su piel blanca y cabellos manchados de sangre.
—¿Sabes? Se artes marciales — Nao miró a Hikaru
—¿Sí?
—¿Quieres que peleemos un rato? — interrogó el albino, el trio se tensó y lo miró.
—¿Tú y yo? — Hikaru asintió —No quiero lastimar… — Hikaru se rio y empujó a Nao dando dos pasó hacia atrás.
—Vamos, puedes desahogarte un poco conmigo — dijo el menor; a Nao, Sebastían y Miko no les agradaba esa idea
—No quiero
—Puedo hacer…
—No —Hikaru interrumpió a Sebastián mirando a Nao —lo haré yo, tómalo como un entrenamiento; — Hikaru levantó sus puños frente a su rostro — o prefieres Boxeo
—Prefiero no golpearte — dijo Nao acercándose para abrazarlo, pero Hikaru se agachó y propinó una patada en el estómago de Nao que lo empujó haciéndolo caer y rodar por el suelo manchándose más de sangre
—Hikaru, no creo…
—Cállate Sebastián — Hikaru no miró a su primo se llevó las manos a los bordes de su suéter, mientras Nao se incorporaba escupiendo sangre, subió la mirada solo para ver como su novio menor se quitaba el suéter quedando con una camisa de esqueleto blanca; el detalló el cuerpo, la cintura de su novio, Nao no lo va a decir, pero ama esa cintura — Nao — el pelinegro miró a Hikaru que dejaba caer el suéter al suelo con sangre antes de prepararse para pelear; antes había hecho una posición de boxeo, incluso se agachó como si esquivará un puño solo para darle una maldita patada — pelea conmigo
—No quiero lastimarte — Nao se negó
—Entonces te golpearé hasta que te canses, y me voy a molestar si no respondes mis golpes — dijo Hikaru
—Hikaru…