Capítulo 17 #2
Morales dirigía la reunión. Tenía un café y se tomó el tiempo de beber un poco mientras me observaba.
Era el chico de oro de la policía de Denver.
Todo el mundo sabía que el puesto de capitán en la Unidad de Delitos Graves saldría en unas semanas y que Morales era el heredero designado.
Pero también sabíamos que solo hacía falta que un caso importante fuera mal para que quedase fuera de la competición.
Quería cerrar el caso cuanto antes.
Hubo un largo silencio. Como sargento en Ops 4-10, me había sentado al otro lado de esta mesa.
El silencio no iba a poder conmigo. Estaba jodida de todas formas.
Cada minuto que pasaba me acercaba al coronel.
Elegí un punto y me quedé mirándolo fijamente.
Mi punto era la vena en la frente de Morales.
—Ya conoce al detective Buchanan —dijo por fin Morales—. Ha visto brevemente al teniente Núñez, de Asuntos Internos. Y supongo que a mí ya me conoce.
Mantuve el rostro impasible y asentí. La presencia de Asuntos Internos quería decir que me iban a tender una trampa. Desde que habíamos vuelto en mi coche, habían intentando hacerme decir algo que pudieran utilizar en un proceso disciplinario.
Y al hablarme de Núñez, Morales intentaba conseguir una reacción por mi parte. Estaba decidida a no dársela.
Lo que sí que noté fue que no había grabadoras, de lo contrario se habría presentado y me habría presentado para que quedara constancia.
—De momento, voy a presidir esta reunión informal —confirmó Morales.
«Interesante».
Buchanan se removió en su silla. Seguro que había presionado para que se abriera inmediatamente un expediente de Asuntos Internos conta mí. Se había dado cuenta de que yo sabía cosas de este caso que no estaban en mi informe.
Podría dar por terminada la reunión ahora mismo.
Podría pedir una reunión privada con un oficial superior de la policía y dejarlo todo en manos del coronel.
O podría no decir nada. Intenté pensar qué sería más útil para los objetivos del coronel y, por desgracia, llegué a la conclusión de que querría que esto se alargara.
Querría estar aquí antes de que Morales y los demás empezasen a pensar en los procedimientos y autorizaciones pertinentes.
Tendría que aplicar tácticas dilatorias.
—¿Qué hay en la agenda, teniente? —pregunté.
A Morales no le gustó eso. Se suponía que debía estar temblando de nervios. Pero solo estaba cansada. Cansada de las medias verdades, de caminar por la cuerda floja, de caminar sola.
El pulso en la frente de Morales se aceleró.
Buchanan no podía contenerse.
—Parece que no te das cuenta de lo serio que es esto…
—¿Qué es esto? —le interrumpí.
Morales hizo un gesto y Buchanan se calló de golpe.
—¿Por qué ingresó en el cuerpo policial, Farrell? —preguntó Morales.
«Porque era un trabajo que podía hacer y que el ejército autorizaría».
En voz alta, dije:
—Para utilizar mis habilidades en algo que valiese la pena.
Morales entrecerró los ojos.
—Como veterana del ejército con todas esas habilidades, ¿es frustrante no poder contribuir tanto como cree que sería capaz?
Podía ver hacia dónde iba. Estaba creando un supuesto en el que mi frustración me hubiera llevado a investigar un caso por mi cuenta. Me limité a encogerme de hombros.
Tenía mi expediente delante. Tendría mis puntuaciones de tiro y de combate cuerpo a cuerpo y, evidentemente, también estaban mis notas de teoría jurídica.
—Y, ¿considera que eso podría tentarla a saltarse las normas? ¿Porque hacer el trabajo es la meta final?
—¿Tentarme? Sí, a todo el mundo le tienta.
La entrevista no iba como habían previsto.
No estaba sobrepasada por estar sentada delante de altos rangos.
Seguían olvidando que no era una recluta novata sin experiencia.
Y lo que no sabían era que, a menos que probasen que había cometido un delito grave, el poder de su pequeño procedimiento judicial se quedaría en nada cuando llegase el coronel.
Lo único que tenía que hacer era aguantar.
Núñez se estaba poniendo tan nervioso como Buchanan. Se inclinó hacia delante para hablar. Morales le dejó.
Núñez sacó una hoja del expediente y la colocó delante de mí.
—¿Es usted?
Era una impresión de un par de fotogramas de la cámara de seguridad de la puerta del Club Agonía . Una con maquillaje y otra sin.
—Sí, soy yo.
—¿Qué estaba haciendo allí?
—Bailar. —Seguía a la defensiva—. Miren, es evidente que han pasado mucho tiempo investigándome. —«En lugar de encontrar a los asesinos»—. Tienen algunas fotos mías yendo a un club en mi día libre, han hablado con mi compañero, han hecho que me interrogue. ¿Tienen alguna acusación contra mí?
Núñez ignoró mi pregunta.
—¿Está diciendo que es una simple coincidencia que fuera al club en el que trabajaban dos de las futuras víctimas, que además fueron asesinadas de la misma forma?
—Sí.
—¿Por qué estaba en el club? —insistió Núñez.
—Ya he contestado a eso.
—¿De qué conocía a las víctimas? —preguntó Morales.
—No las conocía. Estaban en la puerta del club. Llevé a la chica a su casa.
—¿Eso es otra de sus actividades extra?
—¿Qué quiere decir?
Buchanan ya no podía más.
—¡O bien estabas trabajando como guardaespaldas para ese club —gritó— o habías encontrado algo e intentabas llevar a cabo una investigación chapucera! De cualquier forma, es culpa tuya…
—Cállese, Buchanan.
Me sorprendió que Morales le reprimiera delante de mí. Morales debía de estar muy enfadado para hacer eso, y Buchanan lo sabía. Se calmó.
Pero no iba a dejarlo. Era como si un pequeño demonio se hubiera apropiado de mi voz.
—No había nada que investigar, a no ser que pienses que puedo predecir el futuro.
Y, ¿es así como te vistes tú para hacer un trabajo de guardaespaldas, Buchanan?
—Le puse las fotos delante. Se le salieron los ojos de las órbitas, pero una mirada de Morales le mantuvo en silencio. Núñez recibió la misma mirada.
Cuando Morales se aseguró de tener la reunión bajo control, volvió conmigo.