Capítulo 17
La policía científica y el forense estaban dentro del piso.
Había salido de comisaría en mi propio coche, así que no tenía formularios de la escena del crimen ni cinta policial.
Estaba improvisando, de pie en la puerta con una libreta.
Principalmente, estaba trabajando en no repasar todas las decisiones que había tomado en los últimos días. Me llegaban como pesadillas borrosas.
Llevaba despierta más de veinticuatro horas. Quería que un coche patrulla viniera a relevarme. Teniendo en cuenta las implicaciones de mi relación con este caso, hubiera pensado que ya habría alguien aquí.
En lugar de mi relevo, el siguiente en llegar fue Buchanan.
Traía a un segundo detective, un tipo más mayor al que no había visto antes.
Buchanan miró mi libreta-formulario de la escena del crimen como si lo estuviera insultando, pero firmó.
El segundo tipo firmó como Núñez, y se quedó conmigo mientras que Buchanan entraba al salón a molestar a la científica.
—¿Has dicho que era el mismo modus operandi? —preguntó Núñez.
—Sí, por lo que he oído —dije—. Garganta destrozada, menos sangre de la que cabría esperar.
—¿Han trasladado el cadáver hasta aquí?
No. Me encogí de hombros como respuesta.
—Pregunta a la científica.
Núñez miró hacia la puerta.
—¿Estaba así cuando llegaste? —Señaló los daños.
—No, le di una patada.
De repente, me vi envuelta en una serie de preguntas que no podía contestar sin la autorización del coronel. Si decía que había olido a los vampiros, Núñez pediría que me inmovilizaran.
—¿Por qué? —Buchanan salió para unirse a la fiesta.
No podía quedarme aquí y negarme a responder las preguntas.
—Pensaba que la víctima estaba en peligro.
—¿Cómo llegaste a esa conclusión, Farrell? —Buchanan me miraba fríamente.
La rabia que me había provocado la última vez volvió a la superficie, pero la mantuve controlada.
—La última víctima, Marc Ellis, trabajaba con ella.
Hubo un incidente en su puesto de trabajo en el que ambos estuvieron implicados.
Recibí una llamada de su jefa diciendo que no había llegado a Nebraska, tal y como estaba previsto.
Me pasé por aquí y la puerta de la entrada exterior estaba forzada.
No había ninguna respuesta desde el interior del piso y me pareció oler algo.
Sonaba poco convincente.
Un par de uniformados llegaron en ese momento. Les entregué mi formulario improvisado de la escena del crimen y dejé que se hicieran cargo.
Buchanan y Núñez me apartaron a un lado.
—¿Conocías a la víctima? —preguntó Buchanan en tono seco.
—En realidad, no.
—Sabes donde vive, donde trabaja, conoces sus planes de viaje, conoces a sus amigos… —enumeró Núñez.
—La llevé a su casa en coche una noche.
Núñez y Buchanan intercambiaron una mirada.
Tras una pausa, Buchanan asintió.
—Te vienes con nosotros —me dijo—. Tendremos que tomarte declaración en comisaría.
—Vale, mi coche está fuera —dije. No quería terminar en la comisaría sin un coche.
—Llévame —dijo Buchanan.
No me lo estaba pidiendo.
Había aparecido de la nada, conocía a la víctima lo suficiente como para echar su puerta abajo y había descubierto un asesinato que estaba relacionado con otros dos.
Solo esos detalles ya eran suficientes para que me considerasen persona de interés.
Añade la posibilidad de las especulaciones de la prensa y la presión a la brigada de Homicidios aumentaría.
Querían una declaración detallada por mi parte y yo no sería capaz de dar suficiente información para que estuvieran satisfechos.
Mientras caminábamos hacia los coches, sentí cómo mi ira iba subiendo. ¿Por qué no podía haber llegado antes el coronel? ¿Por qué esta investigación tenía que caer en el despacho de Buchanan? ¿Por qué tenía que ser siempre la cabeza de turco?
Ese planteamiento no me ayudaba. Tenía que pensar con claridad. Enterré la ira.
Buchanan se colocó en el asiento de copiloto y conduje fuera del aparcamiento, con Núñez siguiéndonos detrás.
Buchanan dejó escapar un suspiro y se presionó el puente de la nariz. Parecía que él tampoco había dormido mucho.
—Lo hiciste bien —dijo por fin.
« ¿Qué? ¿Estaba de broma? »
—Gracias —contesté con cuidado.
—Knight dijo que saliste disparada, como si tu casa estuviera ardiendo.
—Había una posibilidad de que estuviera viva.
Y mi compañero había estado informando sobre mí. Genial. Todas esas preguntas durante la patrulla de la noche anterior. Knight hablaba con Homicidios y, de repente, se interesaba por lo que hice el viernes. Sí, claro.
Buchanan relajó los hombros.
—Necesitamos más recursos —dijo—. De todas formas, ya estás casi dentro. Necesitaremos que te unas al equipo. ¿Quién se encarga de tus turnos?
—El sargento Carver. —No acababa de entenderle. ¿Me quería en su equipo? Claro. Mi detector de marrones llegó a la zona roja.
—Bien, hablaré con él. —Miró por la ventana—. El equipo tiene que mantener una versión coherente. Si empezamos a hablar sobre asesinatos en serie, la prensa estará encima nuestro. No quedará bien y, créeme, las altas esferas están siguiendo este caso. Si la cagamos, ya sabrán a quién culpar.
Muy conveniente para el detective Buchanan si pudiera desviar la culpa hacia más abajo.
Pero tenía que sacarle todos los detalles a Buchanan para dárselos al coronel. La forma más fácil era fingir que aceptaba su invitación para unirme a su equipo.
—¿Me vas a trasladar de la patrulla a tu equipo de investigación?
—Sí, ya cerraremos los detalles más tarde. A menos que te quieras quedar patrullando, ¿no? Sería una lástima.
—No, no quiero seguir patrullando —dije.
« Pero tampoco me trago tu historia de que me vas a trasladar como si nada. O que de repente te has dado cuenta de que puedo contribuir a la investigación ».
—Entonces, ¿cuál es la versión oficial para estos crímenes? —pregunté.
—Bandas, peleas de bandas por hacerse con los clubes del territorio.
La prensa estará contenta. Tendrán mucho que decir, y las fotos que podrán publicar venderán periódicos durante un mes.
Todo son peleas entre bichos raros. La gente normal no se preocupará.
Nadie le da problemas al alcalde porque las bandas se maten entre ellas.
—Pero estos dos últimos… no eran miembros de ninguna banda. Tampoco eran bichos raros.
—¿En ese club? —Buchanan resopló—. La gente no se lo va a creer.
No dije nada. No pensaba que pudiera decir nada. Buchanan estaba intentando meterlo todo bajo un titular conveniente.
El problema era que ni siquiera él se lo creía. Era evidente que había recopilado suficiente información para imaginar que ahí había algo muy raro. No importaba lo que yo pensase de él, no era tonto.
El coronel había dicho que no quería que mucha gente estuviera informada sobre los vampiros, quería un único contacto. No podía ser Buchanan, no tenía suficiente rango.
Y yo no quería estar en ese equipo. O en cualquier equipo en el que estuviera Buchanan. Iba a tener un día de mierda hasta que llegase el coronel.
Buchanan no había terminado. Mientras estábamos aparcando en la comisaría, empezó a hablar otra vez.
—Como equipo, tenemos que estar muy unidos.
Tenemos que saber todo lo que sabes de este caso.
—Se pasó la mano por el pelo—. No importa si te has salido un poco de los límites, ¿vale?
Eres nueva en esto. A todo el mundo se le puede escapar algo.
El equipo te cubrirá las espaldas. Yo te cubriré las espaldas.
—Por supuesto —dije—. Lo más importante es una resolución rápida.
¿Este tío pensaba que era una idiota? Estaba intentando sonsacarme información. ¿Intentarían él y Núñez el truco del poli bueno, poli malo?
Salimos del coche y nos dirigimos a la comisaría.
—Puede que no te des cuenta, pero algo de lo que sabes resolverá este caso —continuó—.
Me aseguraré de que sepan que fue tu pista.
—Su mano señaló vagamente las escaleras superiores, hacia donde estaban las oficinas de los altos mandos, mientras me llevaba a su despacho—.
Utiliza mi ordenador —dijo—. No quiero que nadie lea sobre tu hombro, no quiero que nadie de fuera del equipo se entere de esto.
Asentí y entré en su ordenador para rellenar mi declaración.
—Voy a buscarnos un café —dijo, y salió del despacho.
Me llevé las manos a la cabeza. Estaba jodida. ¿Cómo iba a salir de esta? Suspiré. No podía mentir, pero tampoco podía decir la verdad.
Al final, mi declaración era una simple hoja con una versión detallada de lo que ya había explicado a Buchanan y Núñez.
Asumí la autoría del trozo del papel añadiendo mi número de identificación.
Los forenses lo descubrirían de todos modos.
Nada sobre el ejército y los vampiros. No iba a escribir nada de eso en un informe sin que me lo hubiera ordenado el coronel.
Di un vistazo al reloj de la pantalla. En cuatro o cinco horas estaría aquí.
Le pasaría este follón con mucho gusto, pero ¿en qué posición me dejaba eso?
Y, más importante todavía, ¿cuánta más gente iba a morir?
Buchanan no trajo café.
Casi no había terminado de salir de su ordenador cuando llegó con mi informe ya impreso. Posiblemente había accedido desde otro terminal y había estado leyendo mientras yo escribía.
—Vamos —dijo, y señaló al pasillo con la cabeza.
Me llevó a la sala de entrevistas. Por fin, dejó de fingir ser el poli bueno.
El teniente Morales estaba sentado en la mesa con Núñez. Buchanan colocó el informe encima de la mesa y se sentó enfrente de Núñez.
—Nada nuevo —dijo.
Estaba muerta de cansancio. No me habían invitado, pero me senté enfrente de Morales. Tal y como pintaban las cosas, no iba a empeorarlas.