Capítulo 16
LUNES
Incluso para ser las cuatro de la mañana y estar todo cubierto por la niebla, todo estaba muy tranquilo.
Volvimos a comisaría y aparcamos el coche patrulla.
Tenía que encontrar los detalles sobre el asesinato de la noche anterior. El coronel iba a llegar a mediodía y no tenía ninguna pista sólida sobre los vampiros. Lo mejor que podía hacer era tener disponible toda la información relacionada.
Encendí mi móvil mientras caminaba detrás de Knight hacia la puerta de entrada.
Tenía diez llamadas perdidas de Dominé, la última de hacía solo diez minutos.
Se me encogió el estómago. Esto no podía ser nada bueno. ¿Qué había pasado?
Me contestó enseguida, como si estuviera sentada al lado del teléfono.
—Amber, por favor, necesitamos tu ayuda.
—¿Qué ha pasado?
—¿No te has enterado? ¿Lo de Marcel?
—No, no he oído nada de Marcel. Tranquilízate, dime qué está pasando.
—No tenemos tiempo. La policía ha estado aquí…
—Espera. —La interrumpí, sintiendo cómo me subía por la garganta el pinchazo de una certeza nauseabunda—. Mike —llamé a Knight por su nombre de pila sin pensarlo. Se detuvo y me esperó mientras me acercaba.
—¿Cómo se llamaba el hombre asesinado ayer por la noche? El que pensaban que seguía el mismo modus operandi.
Frunció el ceño.
—Marc Ellis. ¿Por qué?
«Mierda».
—No puedo pararme ahora, luego te lo explico. —Empecé a correr hacia mi coche.
Marc Ellis. Valery Hawks. Marcel y Valerie. El estilo de Dominé para que todo suene más exótico.
—¡Amber! —me llamó Knight—. ¡Espera! Tenemos que hablar. ¡No puedes ocultarle nada a tu compañero!
«Como si no fuera eso lo que había hecho él en esta última patrulla».
—¿Dominé? —dije.
—Estoy aquí.
—¿Su verdadero nombre era Marc Ellis?
—Sí, claro. Lo siento, olvidé que no lo sabías.
Llegué al coche y me metí dentro. Mi mente estaba haciendo conexiones, pero ya era demasiado tarde.
Marcel, el artista. Valerie, la artista. Trabajaban juntos en el club. Ella tenía algunos de sus cuadros en su carpeta.
—¿Marcel sabía dónde vivía Valerie? —pregunté mientras arrancaba el coche.
—No lo sé, Amber, la verdad… Pero me temo…
—No me contestó cuando llamé al número fijo de Valerie —dije—. Pensé que se había ido.
—No está en Nebraska —dijo Dominé—. He llamado a su madre, le he llamado al móvil, le he dejado mensajes… Nada.
—¿Has ido a su piso?
—He llamado al timbre de abajo, pero no ha contestado. Tampoco había luces en su piso. Esa fue la primera vez que te llamé.
—Estaré allí en cinco minutos. Te llamo luego.
Terminé la llamada y salí del aparcamiento, rechinando ruedas. Knight venía caminando hacia mí, haciéndome señales, pero no me paré. No podía.
Las luces seguían apagadas en el piso de Valerie. Teniendo en cuenta la hora, tampoco era ninguna sorpresa. Todo parecía tranquilo y en orden a simple vista.
Aunque al mirar con atención, pude ver que la cerradura de la puerta exterior estaba dañada. No estaba así la última vez que vine. Saqué mi pistola. La ira y la frustración hervían en mi interior. Di un empujón a la puerta y entré. Subí las escaleras corriendo.
Podía oler a vampiro mucho antes de llegar a su puerta.
Estaba cerrada.
—¡Valerie!
Golpeé la puerta con fuerza hasta que un segundo olor empezó a colarse. Di un par de pasos hacia atrás y derribé la puerta de una patada.
Encendí las luces, esperando haberme equivocado. Cualquier cosa, cualquier cosa menos lo que encontré.
Los cuadros estaban torcidos. Un pingüino me miraba desde el suelo, con el cristal roto y el marco astillado. Su expresión alegre ahora parecía desconcertada.
Leo, el gato, estaba estampado contra la pared del pasillo, como si lo hubieran tirado sin contemplación. Tenía la espalda rota.
Las sillas del comedor estaban tiradas. Había habido una breve e inútil lucha.
Valerie yacía tendida en el salón, con los brazos por encima de la cabeza y la garganta salvajemente desgarrada.
Su ropa estaba retorcida y rasgada, como si la hubieran sujetado y ella se hubiera resistido con todas sus fuerzas.
Su rostro estaba congelado en una mueca de dolor y desesperación.
No había un gran charco de sangre, y ella estaba muy pálida.
Me arrodillé a su lado. Al buscarle el pulso bajo la mandíbula, no lo sentí. No había vida en aquellos ojos abiertos y atónitos.
Tenía sangre y piel bajo las uñas. Había luchado y arañado, pero sus manos estaban entrenadas para pintar, no para luchar. No tenía ninguna oportunidad contra uno de ellos, y mucho menos contra los tres.
Al mirar su garganta, me llevé la mano a la mía. No eran las punciones limpias que había visto en la primera víctima. Era el tipo de salvajismo que había vivido en las selvas de Sudamérica. ¿Estaban estos vampiros perdiendo el control?
Un trozo de papel en el suelo me llamó la atención. No hacía falta que lo cogiera para reconocerlo. Era el resguardo del guardarropa en el que había escrito mi número y le había pedido a Dominé que se lo diera a Marcel.
Habían estado buscando. No habían encontrado a Valerie, pero encontraron a Marcel. Y antes de matarlo, les había dado la dirección de Valerie.
Intenté apretar el botón de la radio con los dedos entumecidos.
—Aquí Farrell —dice con voz tensa—. Tengo que hablar con Homicidios.