Capítulo 9
Si Dominé estaba sorprendida por verme volver tan pronto, no lo dijo. Le llamé antes y a pesar de haberme quitado el maquillaje de vampiro, me dejaron pasar y me llevaron a su oficina. Nos dejaron solas.
—Hay una grabación de tus cámaras de seguridad en la que se ve cómo muerden a Valerie. Me sería muy útil.
Asintió y sacó un DVD de un cajón.
—Pensé que podrías quererla. ¿Quieres verla ahora?
—Por favor.
Abrió un ligero ordenador portátil que había en su escritorio e introdujo el disco. Cuando apareció el vídeo, hizo clic en la barra temporal y la pantalla mostró a Valerie y Marcel de pie, tal y como los había visto yo la primera vez, en las escaleras fuera de la sección privada.
Los tres vampiros subieron por las escaleras y Marcel intentó detenerlos, diciendo que no eran miembros y que tenía órdenes de negarles la entrada. Valerie se encogió contra la pared.
En un segundo, dos de ellos apartaron a Marcel de un empujón, pero yo seguía mirando a Valerie.
Raúl, el vampiro alto, la había aprisionado contra la pared.
Estaba aterrorizada y me parecía que eso había provocado una reacción en Raúl.
Ignoró los golpes frenéticos que ella le daba y desaparecieron en cuanto él le mordió en el cuello.
Tenía la cabeza levantada y mostraba que era consciente y seguía teniendo miedo, pero sus manos colgaban flácidas.
—¡¿Qué coño estás haciendo?! —gritó Rodrigo.
Lo que hubiera delatado a Raúl también pareció alertar al tercero, Antonio, que se acercó.
Rodrigo tenía a Marcel agarrado por el cuello. Volvió a soltar un insulto y se volvió hacia Marcel, cuya resistencia iba mermando. Le miró a los ojos y le dejó caer. Marcel se deslizó por la pared. No parecía estar consciente. Tenía una expresión de desconcierto.
En cuestión de un par de segundos de vídeo, se hizo patente el poder de los vampiros. Además de fuertes y rápidos, eran capaces de atacar la mente de una persona. No me extrañaba que fueran buenos ocultándose.
En la pantalla, Rodrigo apartó a los otros dos de Valerie. Parecía ser mucho más fuerte. Raúl intentó defenderse y Rodrigo lo estampó contra la pared con un empujón.
Gritaron y sus voces sonaban distorsionadas en la grabación. No reconocí el idioma.
Solo duró un minuto. Rodrigo los sacó y dejó a Valerie y Marcel sentados, con la mirada perdida.
Dominé tocó el ordenador y la pantalla se quedó en negro.
En silencio saqué un trozo de papel de mi bolso. Era el resguardo del guardarropa, estaba arrugado, pero serviría. Anoté mi nombre y número de teléfono.
—Por favor, dáselo a Marcel y dile que me llame si está preocupado.
Asintió con la cabeza.
Me lamí los labios.
—Y te pediría, como un favor, que borrases las copias de esa grabación.
—¿Un favor para quién? —Me miró tranquilamente mientras yo decidía qué podía decir para convencerla.
—Para Valerie. No puedo decirte los motivos.
—¿Algo más?
—¿Hay alguna forma de que se pueda seguir su rastro desde aquí? ¿Fichero de empleados, números de teléfono?
—Claro, quieres que lo borre todo.
—Solo sus datos de contacto. ¿Y qué hay de sus amigos?
—Estás siendo muy minuciosa en tus peticiones, Amber. No creo que ninguno de sus amigos la delate.
—No estaba pensando en una delación voluntaria —dije.
—Ya veo. —Puso el DVD en una funda y me lo dio—. Entonces, por lo que yo sé la única constancia de su dirección estará en mi cabeza. Por desagracia, no puedo borrar eso.
—¿Puedo recomendar alguna precaución? —propuse—. Algunos guardias de seguridad profesionales para complementar a esos porteros.
—Esos guardaespaldas profesionales, ¿mantendrán alejados a esos tres hombres?
—Creo que sí. —Incluso si se estuvieran volviendo medio locos, deberían entender que forzar la entrada del club llamaría la atención de la policía. No podían borrar la memoria de todo el mundo.
—Entonces, seguramente no tengo que borrar los registros —sugirió Dominé.
—Te aconsejaría…
—Parece —dijo lentamente e interrumpiéndome—, que tengo que estar atenta a demasiada gente, por el bien de Valerie. Esto no se trata sobre la posibilidad de que esos hombres vuelvan, ¿verdad?
—No —dije—. Pero son los más peligrosos.
La única protección que tienes es que quieren mantenerse en secreto.
No pueden arriesgarse a llamar demasiado la atención.
Solo eso debería ser suficiente para que no os causaran problemas, pero no les evitaría perseguir a Valerie si la considerasen una brecha de seguridad que tienen que detener.
Dominé no dijo nada enseguida, pero me hizo salir del escritorio y me llevó hasta un sillón en la zona de descanso que tenía en el despacho. Me senté recta.
—¿Y los otros que pueden venir a preguntar?
—Abrió un mueble mientras yo luchaba contra mi consciencia—¿Y bien?
—Se giró y me entregó una copa de vino. Apagó las luces principales y se sentó enfrente de mí, al otro lado de la mesita de cristal.
La única fuente de luz era una lámpara baja que iluminaba desde el escritorio, dejando nuestros rostros en la penumbra.
—No puedo hablarte de eso. Sé que te estoy pidiendo demasiado.
Si representantes de un gobierno o institución federal…
—me paré, no quería continuar. No podía soportar la idea de que Valerie desapareciera en el laboratorio de Obs, no tenía ninguna culpa, pero yo estaba a punto de desobedecer una orden del ejército.
Dominé levantó una mano.
—Es suficiente —dijo—. Me estás pidiendo mucho y que confíe en ti.
—Sí. —No parecía haber otra respuesta.
—Y, a cambio, ¿tú confías en mí? —Se inclinó hacia delante para coger su copa de vino. Al principio de la noche, había pensado que tenía unos cuarenta años. Quizá fuera la luz, quizá estaba cansada. Sus ojos brillaban en la penumbra.
Intenté concentrarme, poner un poco de orden a la mezcla de emociones e imágenes en mi cabeza.
—Sí —dije de nuevo, y lo decía de verdad.
— Vraiment —murmuró, mientras se levantaba para coger algo de un cajón de su escritorio.
Lo colocó en la mesa entre nosotras y sonó un ruido metálico. Era uno de los collares con púas que llevaban sus trabajadores. Se me secó la boca.
Volvió a sentarse en la penumbra y sus dedos recorrieron el contorno del collar, deslizándose con cuidado sobre las púas.
—¿Sabes que el angoisse se diseñó para enseñar a las jovencitas los beneficios de sentarse recta y mantener la cabeza levantada?
—Parece un poco extremo —conseguí decir.
—Para eso sí, sin duda. Pero ha sobrevivido a la sociedad y al pensamiento que lo concibió.
E incluso así, tiene la capacidad de enseñar.
—Su voz era cada vez más baja, hipnótica—.
Lo utilizo solo como un don. Puede que te sorprenda, Amber, pero muchos vienen a mí, pensando que quieren aprender.
Muy pocos se convierten en torquate y llevan el angoisse .
—No me interesa.
—Es justo, con uno es suficiente.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que ya llevas uno. —Se movió ligeramente—. Estás rodeada de púas y no te puedes mover. Casi no puedes respirar sin que la presión de esas púas amenace con perforarte la piel. ¿Quién te ha hecho esto, Amber?
Los sonidos del club se colaban a través del aislamiento acústico de su despacho. Mucho más fuerte, mi corazón retumbaba en mis oídos.
—No sé a qué te refieres —dije.
—Llevo muchos años en este negocio. Alguien que esté de paso, podría decir que comercio con el dolor. Alguien que se quede podría decir que comercio con el deseo. Tampoco lo hago. Solo permito que la gente mire en su interior. Y a cambio, se me concede una visión de ese interior.
Su descripción de mi vida actual, rodeada de púas con amenazas de priones en la sangre, amenazas del ejército, el dolor de no poder confiar en nadie…
Todo parecía tan preciso y, sin embargo, ¿cómo podía saber nada de esto?
¿Cómo podía afirmar que veía tanto como decía?
Yo tenía que creer en vampiros, pero ¿qué más había ahí fuera? ¿O aquí?
—Ven —dijo. Cogió el angoisse y se levantó—. Confía en mí. Te lo mostraré, muy brevemente.
—¿Por qué?
—Has ayudado a una de las mías. Me has dado conocimiento. Este es mi regalo a cambio.
Caminó hasta colocarse detrás de mí. Se me hizo un nudo en la garganta. Levanté una mano para detenerla.
—Es una cuestión de confianza, Amber.
Se lo debía por haber confiado en mí. ¿Qué iba a hacer? Poner algo incómodo en mi cuello durante un par de segundos. ¿Tan malo podía ser? ¿Qué sentiría? Bajé la mano.
Me estremecí cuando el metal arañó mi cuello. Escuché un clic cuando lo cerró y sus manos se posaron en mis hombros.
Era más ligero de lo que había imaginado.
Las púas parecían rozarme por todos lados, pero nada me pinchaba.
Me quedé muy recta, muy erguida, con la barbilla levantada e intenté respirar lentamente.
Sentí una oscura sensación de orgullo. Podría llevarlo si tuviera que hacerlo.
Los segundos se alargaban. Moví ligeramente el cuello.
Sentí cómo las púas presionaban la piel.
Levanté la barbilla. Diferentes púas se clavaban en diferentes partes de mi garganta.
Cuánta razón tenía Dominé. Era exactamente así como me sentía.
Con un giro rápido, desabrochó el cierre y me quitó el collar.
—¿Te resulta familiar? — dijo, mientras volvía a su sillón y dejaba el angoisse en la mesa.
Me acaricié el cuello con los dedos, sintiendo el fantasma de la presión de las púas y los viejos recuerdos de los colmillos que me mordieron. Me estremecí de nuevo.
—La lección más profunda, la que pocos desean aprender —dijo— es que cuando ese deseo especial llega, ese deseo sobrecogedor que no se puede negar, el angoisse no te impedirá hacer lo que deseas de verdad. Cueste lo que cueste.
Terminamos nuestro vino y nos dirigimos a la puerta.
—Amber, sean cuales sean los dioses que te protegen —murmuró como en una oración— que guíen tus pasos, y tu mano.