Capítulo 6
Rom había cumplido su palabra. En algún momento, había medio esperado que no apareciese y tendría que haber conducido el resto del camino, pero no tuve que preocuparme. Un poco después de las diez de la noche, a una manzana de distancia del Club Agonía , su Harley se detuvo detrás del Ford.
Hizo una broma sobre no llevar un uniforme de chófer, pero yo no quería eso. Llevaba su chaqueta motera y unos tejanos con tachuelas metidos en unas botas de trabajo con punta de acero. Su pelo ondulado volaba al viento. Perfecto.
—Ey, Amber, ¿estás segura de esto? —Miró al lado, sin mirarme a los ojos—. He preguntado por ahí. Este club no es un buen lugar.
—Lo sé. No voy para divertirme. —Le di una palmadita en el hombro—. Y ahora, ¿cómo demonios hacemos esto?
En un par de minutos, estábamos listos. Me había envuelto en mi larga capa de terciopelo y me había colocado incómodamente detrás de él, montada de lado.
Le rodeaba con mis brazos y me agarraba con fuerza.
No tenía intención de nada con nadie aquella noche, pero se sentía demasiado bien: notar cómo su calor traspasaba mis guantes mientras el asiento vibraba maliciosamente desde abajo.
Las motos son una auténtica pesadilla para los célibes.
Rom dio la vuelta a la manzana con la Harley, con el motor apenas murmurando a esa velocidad.
Cuando nos acercamos, aceleró hasta que el motor soltó un rugido, como si fuera a pasar a toda velocidad.
Entonces pisó a fondo el freno trasero y nos hizo dar una vuelta en medio de la carretera con los neumáticos chirriando.
Todas las cabezas que había fuera del club nos miraron.
Me bajé y le di un golpecito en el hombro con aire despreocupado para despedirlo, tal y como habíamos acordado. Aceleró a fondo y volvió rugiendo por la calle, con la rueda delantera levantada.
Esperé hasta que el ruido de la moto se apagó. Sin duda había llamado la atención. ¿Podría salirme con la mía?
Claro que sí. Reuní toda la confianza descarada que había aprendido en Ops 4-10.
Podía oír al instructor Ben-Haim aleccionándonos sobre el disfraz.
«El personaje que adoptas es una concha, algo muerto, una sombra.
Te sumerges en esa concha y tu vida resplandece, iluminas al personaje.
Brillas a través de la concha y la gente ve a ese personaje como una cosa viva. No te ven a ti».
Era la reina de este maldito club. Me acerqué, lenta y deliberadamente, hacia la puerta e ignoré la cola de gente que esperaba con ilusión. Era impensable que me uniera a ellos.
Al acercarme a la luz, me abrí la capa y eché la capucha hacia atrás. Llevaba los brazos enfundados en guantes negros que me llegaban hasta el codo.
El atuendo que había encontrado en Candy’s era un vestido de cóctel negro de los años veinte, hasta la rodilla, con la espalda abierta y de lentejuelas.
Debajo llevaba medias negras y botines. El sombrero de mi madre descansaba ladeado sobre mi cabeza y el velo colgaba, sin ocultar en absoluto mi maravilloso maquillaje de vampiro.
No podía brillar, si es que eso era lo que esperaban, pero me acerqué sigilosamente a la puerta, resplandeciendo bajo las luces.
Vale, mentí un poco cuando hablé con Rom antes. Hacía mucho que no me lo pasaba tan bien. Ser policía era muy gratificante, por supuesto. Pero no era lo mismo que estar en una misión en solitario con todo lo que eso implicaba.
El portero abrió la barrera en silencio y yo me colé, dejando que la capa flotara. La misión tenía luz verde: ya estaba dentro.
O eso creía yo.
Dejé la capa en el guardarropa y me quedé de pie un momento, confundida, buscando una puerta para entrar en el club.
Podía escuchar el ruido, pero exceptuando la luz en el mostrador del guardarropa, la recepción estaba a oscuras.
Frente al mostrador, donde esperaba que estuviera la puerta, había una cabeza tallada que ocupaba toda la pared: era un hombre dormido, con el rostro relajado y los ojos cerrados bajo unas cejas de neandertal.
Por instinto, caminé hacia la cara. Tenía que haber algo por aquí.
En cuanto me acerqué, la maquinaria se puso en marcha con un golpe sordo. La frente comenzó a levantarse. Los ojos enormes se abrieron y me miraron con locura mientras vertía luces amarillas sobre mí y, por fin, la boca empezó a abrirse.
El aire del club salió a borbotones como un aliento caliente, y el ruido de la música me sacudió hasta los huesos.
Caminé hacia la lengua. La sentía pegajosa y ligeramente inestable bajo mis pies.
«Asqueroso».
La garganta me dejó justo al borde de la pista de baile.
La discoteca contaba con un sistema de sonido e iluminación de primera categoría, y todo el público que había dentro se lo estaba pasando en grande.
Era exactamente como se describía en la página web: atraía a una clientela muy específica y la atendía a la perfección.
Había más cuero que en todo un rancho de vacas y suficiente orfebrería en los rostros como para fabricar una cosechadora.
Había estado en disturbios más tranquilos.
Un torbellino de bailarines empujó a una pareja contra mí. Se movían más o menos al compás de la música, lo cual era más de lo que podía decir del trío con el que choqué al tambalearme hacia atrás.
Una chica con botas de cuero negro que le llegaban hasta la entrepierna y que no llevaba más que un cinturón ancho a modo de falda estaba atrapada entre dos chicos disfrazados de vampiros.
Me vio y me extendió la mano.
—¡Ey, vampira guapa, échame una mano con esto! —me gritó. No pensé que estuviera bromeando del todo, pero no iba a conseguir mi mano, ni ninguna parte de mi cuerpo.
—¡Tú te metiste en eso, tú misma te sacas! —le grité.
—Zorra —articuló con los labios de manera amigable, mientras uno de los chicos le mordía en el cuello. No estaba en peligro. Todo era colmillos falsos, pretensiones y espectáculo.
Había venido aquí por el Mercado de la Orquídea Sangrienta y si solo era una noche temática de vampiros en un club caliente, me parecía bien.
Intenté abrirme camino entre la multitud y conseguí llegar al bar. Había todo tipo de aromas, pero nada que me hiciera pensar en un vampiro de verdad.
Encontré un lugar más tranquilo y me apoyé contra la barra del bar, bebiendo un refresco poco a poco.
Todo el local estaba revestido de cristal negro: paredes, techo e incluso el suelo.
Cristal caro y a prueba de balas, del tipo que se usa en los suelos de las torres de observación, sobre los que la gente puede saltar sin miedo.
Cada enorme panel estaba ribeteado con acero brillante y parecía absorber la luz.
Por alguna razón, el cristal me daba escalofríos.
La barra estaba en el extremo más alejado de la entrada. Delante de mí, la pista de baile se agitaba como una manada en estampida. A la derecha, el DJ estaba instalado frente a una estructura cubierta de metal rayado que reflejaba luces y formas.
Me imaginé la distribución del edificio.
Esa estructura ocupaba muchísimo espacio. La forma en que sobresalía en ángulo por encima del DJ resultaba extraña. ¿Quizás había una escalera en el interior que subía a la siguiente planta? No aparecía en los planos que me había dado el coronel.
Había dos plantas más. Las escaleras originales habían estado pegadas a la pared, pero ahora no había rastro de ellas. Vale, entonces era casi seguro que había unas escaleras detrás del DJ.
Si esta era la pista de baile, ¿qué pasaba arriba? Si había vampiros en la discoteca, ¿bajarían a bailar o tendría que subir yo a buscarlos?
No había traído ningún arma. Esta noche, confiaba en salir corriendo rápidamente si las cosas se ponían feas.
Aquí abajo había demasiados testigos y muchas salidas de emergencia como para que ocurriera algo demasiado peligroso.
Si estaba pasando algo, era en las plantas superiores.
Estaría vigilado y no sería tan fácil pasar desapercibida.
Y todas esas especulaciones no me estaban ayudando en nada.
Empecé a abrirme paso entre los bailarines. Si hasta entonces había pensado que la velada había sido peculiar, en ese momento se volvió extraña y nunca volvió a la normalidad.
Un vampiro falso, vestido con un esmoquin al estilo del Gran Gatsby y una camisa blanca plisada, se me acercó y me agarró del brazo.
—¡Llévame, por favor! —gritó por encima del ruido.
—¿Qué? ¿Adónde? ¿A la pista de baile?
—No, arriba. —Hizo una mueca de frustración, mientras con la mano libre se peinaba el pelo engominado hacia atrás—. Tienes el estilo, sé que te dejarán pasar. A mí parece que nunca me ven.
No podía decir que no sabía lo que pasaba arriba, pero ¿lo sabía este tipo? ¿O solo creía que lo sabía?
—¿De verdad quieres ir ahí arriba?
—Por supuesto.
—¿Qué crees que pasa arriba?
—La acción, claro. —Parecía desesperado.
No me servía de mucho. Posiblemente no sabía más que yo.
Pero me confirmaba que había gente allí arriba.
Parecía como si él creyera que solo era sexo.
Quizá lo peor que pudiera temer esta noche fuera que me expulsaran por colarme en una orgía privada.
Aunque hubiera apreciado la información, no me lo iba a llevar arriba.
—No tengo invitación para mí, mucho menos para los dos. —Me deshice de su mano y seguí adelante rápidamente.
Fue engullida por el remolino de bailarines. La pista se iba llenando cada vez más y se estaba volviendo más bulliciosa.
Había unas escaleras detrás de la estructura; una pareja en el rellano, custodiando una puerta, y un gran cartel de «prohibida la entrada» que te mandaba a freír espárragos.
Los peldaños curvos descendían como ondas que se propagan en una piscina.
Estaban hechos de mármol pálido y reluciente, de ese tipo con grandes vetas blancas que parecen grasa animal.
El hombre y la mujer estaban iluminados por un pequeño foco situado sobre ellos, que proyectaba manchas de sombra sobre sus rostros.
No había motivo para que hubiera personal en la puerta si realmente no se permitía la entrada. Esta vez no tenía una Harley con la que causar una primera impresión, así que todo iba a depender de un farol. Y decidí que el mejor farol era actuar como si les estuviera haciendo un favor.
Mi pie tocó el primer escalón y mi nariz percibió un ligero aroma a cobre.
«¡Mierda!»
Una parte de mí pensaba que esto solo era seguirle la corriente al coronel, que no había vampiros en Denver. Estaba equivocada.
Mi ritmo cardiaco se disparó y tuve un flash de la noche en la que los olí por primera vez en Sudamérica.
«Estaban aquí».
En ese momento, mi entrenamiento tomó la iniciativa.
Mi cerebro salió del estado de pánico que lo había congelado.
Si había vampiros aquí, tenían que ser diferentes de los que había conocido antes.
Debían ser muy discretos para no exponerse atacando gente.
No eran aquellos contra los que había luchado hace un año en la selva sudamericana.
Mi vacilación, con un pie en el primer escalón, no contribuyó a mi supuesto personaje de reina del lugar.
—Prohibida la entrada —dijo la mujer. Tenía un acento europeo que no podía identificar y estaba vestida como un caballero del sigo XVII: volantes que sobresalían del cuello y los puños de la rígida chaqueta de terciopelo. Ladeó la cabeza con arrogancia.
—Todo un detalle por parte de la dirección poner un cartel hablante para los analfabetos —dije. Me obligué a seguir subiendo los escalones.
Entrecerró los ojos con rabia, pero me miró de arriba abajo y su rostro delató una sombra de incertidumbre.
—He venido por la Orquídea Sangrienta —dije, sin dejar de subir. ¿Cuántos vampiros habría aquí? ¿Qué estarían haciendo? ¿Me detectarían de inmediato? La salida de emergencia más cercana estaba bajando las escaleras, a mis espaldas; ¿en cuánto tiempo podría llegar si tenía que salir corriendo?
El hombre que había estado apoyado contra la pared, vestido como un elegante bandolero, con una cola de caballo y una máscara del zorro se acercó y me bloqueó el paso.
—¿Compras o vendes? —dijo. Sonaba ensayado, como si lo hubiera aprendido de memoria. Vaya, había algo así como una contraseña. Los correos que el coronel me habían mostrado no decían nada de eso.
—No soy de aquí y no comercio —dije. Parecía que el corazón me latía en la garganta—. Estoy aquí para ver el tipo de lugar que dirige Dominé.
Ese era mi billete de entrada: sabía el nombre de la dueña.
Lo que fuera que estuviera haciendo, parecía ser lo correcto; ahora el portero parecía inseguro.
—Un momento, por favor.
Sacó un micrófono que llevaba escondido detrás de la oreja y se dio la vuelta para hablar.
Me volví hacia la mujer. El olor a cobre provenía de ella, pero, curiosamente, no desprendía nada de vampiro.
Con la adrenalina inundándome el cuerpo y dándome una falsa confianza, me acerqué.
Ahora estaba a la misma altura que ella y podía mirarle a la cara desde arriba.
Los sargentos practican esta mirada, y tiene muchísimos usos.
Estaba nerviosa, incluso asustada. Tenía la cara medio girada hacia otro lado y me lanzaba miradas furtivas por debajo de las pestañas.
Teniendo en cuenta el tipo de local en el que estábamos y el espectáculo que estaba montando, supongo que no debería haberme sorprendido tanto darme cuenta de que estaba asustada y atraída por mí al mismo tiempo.
Bueno, había dos señales de alarma al respecto. Uno, a mí no me atraía, y dos, no iba a darle al coronel una razón para que me sacara de allí.
Tenía que averiguar cómo es que olía a vampiro, y posiblemente habría cosas que necesitaría saber sobre el club. Solo tendría que encontrar alguna forma de hacerle irse de la lengua cuando saliera.
Resoplé. «¡No, no era eso lo que quería decir!»
El hombre volvió e interrumpió la surrealista conversación que tenía conmigo misma. Me di cuenta de que había una pequeña cámara pivotante encima de su cabeza. Alguien me había pillado mirando fijamente a sus porteros, puede que mi farol estuviera a punto de ser descubierto.
—Señora —dijo. Se apoyó de nuevo contra la pared y mantuvo abierta la pesada puerta—. Siga recto, pasando las cortinas.
Al parecer, mi aspecto y mi actuación daban resultado, pero ahora había alguien dentro que sabía de mi existencia, y posiblemente tendría interés en obtener más detalles. Tenía que darme prisa, antes de que me echaran. O de que tuviera que batirme en retirada.
Eché una última mirada a la mujer y luego entré con paso firme.
Eran sobre las once. Todavía no lo sabía, pero el reloj había estado en marcha veinticuatro horas y una persona iba a morir esta noche.