Capítulo 5
Estar en Aurora me vino muy bien. Mamá vivía a solo unos minutos de distancia e iba justa de tiempo.
—Hola, mamá, no me puedo quedar.
—¡Amber! ¡Qué sorpresa! ¿Seguro que no te puedes quedar a tomar un café?
Le di un abrazo y me hizo entrar.
—No, lo siento, tengo…
—¿Te encuentras bien? Has oído que he dicho café, ¿verdad?
—Sí, mamá, pero tengo que ir al centro comercial antes de que cierren.
—¿Y de compras también? Ahora sí que te pasa algo. ¿Tienes fiebre? ¿O es que te has quedado sin fruta?
—¡Mamá! —Tengo veintinueve años y he vivido lejos de casa durante once años, pero las madres siempre tienen esa magia para hacerte volver a los viejos tiempos.
—Sabes, cariño, no has utilizado ese tono conmigo desde que eras una adolescente. Lo echo tanto de menos. —Me llevó al salón y se compadeció de mí—. Bueno, ¿qué es lo que pasa?
—¿Recuerdas ese sombrero de copa con velo? ¿Me lo puedes prestar, por favor?
—¡Oh, Dios! ¿También te vas a disfrazar? Siéntate aquí, voy a llamar ahora mismo al hospital. —Se rio al ver mi cara y aceptó—. Voy a buscarlo.
Volvió con el sombrero, todavía en la caja. Era un sombrerito precioso con un velo de red negro que caía hasta mitad del rostro. De hecho, tenía tantas ganas de ponérmelo como de cortarme la cabeza, pero daba el pego.
—Aquí tienes, pero vienes a comer el domingo. Me lo devolverás entonces.
—Sí, mamá.
—Bien, así podrás explicármelo todo. Quién estaba allí y todo eso.
Mucho énfasis en el «quién». El domingo me negaría a hablar de eso y sería complicado.
Pero posiblemente le daría una taquicardia si le dijera dónde había estado y, por supuesto, no podía decirle porqué había ido allí.
Ya había pasado diez años durante los cuales no podía explicarle lo que hacía en el ejército, y casi lo había aceptado.
Entonces, dejé el ejército en circunstancias que no podía contarle y todavía hoy, la mitad de mi vida seguía siendo un secreto.
Y, entre otras cosas, el ejército no me permitía tener relaciones íntimas con nadie, por si era contagiosa.
Así que no había ningún «quién» del que hablar con mi madre.
Ella sabía que le estaba ocultando algo, claro.
Observaba impaciente cómo la tensión aumentaba cada día. Nos tocaba una discusión. Quizá el domingo.
Me fui rápido y tuve el placer de que mi madre me viera alejarme con el coche dando extrañas sacudidas hasta que la bomba de combustible se puso en marcha.
Casi no llegué a tiempo al centro comercial Cherry Creek. La tienda Neuman tenía una promoción en la sección de cosméticos. «Rétanos», decía el cartel. «Confíanos tu rostro durante treinta minutos y te daremos una nueva imagen».
Tenía intención de seguirles el cuento, si llegaba antes de que cerrasen. Podía maquillarme yo misma, por supuesto, tenía el doble cromosoma X. Pero si quería hacerlo bien, necesitaba a una experta.
—Os reto —dije, dando unos golpecitos en el mostrador con los nudillos.
La dependienta me miró y luego miró el reloj, con aire significativo. Según mis cálculos, quedaban treinta minutos y diez segundos antes de que cerrase la tienda.
—Lo siento, señora —dijo, lo que significaba que no lo sentía en absoluto, pero si podía seguir hablando durante diez segundos más, podría rechazarme. O quería salir pronto del trabajo o le gustaba la sensación de poder al negarme el servicio.
Su jefa le salvó la vida.
—Yo me encargo —dijo, mientras apartaba a la dependienta y se sentaba enfrente de mí con una gran caja de cosméticos y una amplia sonrisa—. Bueno, ¿qué look estamos buscando?
No pude evitar mirarla con rabia. No apreciaba la ironía de la situación, pero sabía que necesitaba el look apropiado para entrar en el club esta noche.
—Vampiro —dije. Y lo conseguí. Un vampiro enfadado.