Capítulo 4
Mi primera parada fue una tienda de segunda mano, donde compré un par de monos de trabajo.
Luego tenía que ir a buscar ropa apropiada para una visita al Mercado de la Orquídea Sangrienta en el Club Agonía.
La búsqueda me llevó hasta Candy’s, en Boulder.
En cada kilómetro, el coche amenazaba con calarse si superaba los sesenta.
Después de eso, iba directa a arreglarlo.
Encontrar el taller apropiado me llevó más tiempo de lo que pensaba.
Había comprado un Ford de diez años a un tipo que pensaba que me estaba vendiendo un problema al precio correcto.
Sabía que era un chollo. El motor y la trasmisión estaban en buen estado.
Sabía qué problemas tenía y, de hecho, prefería la caja de cambios manual.
Pero tenía que cambiar el alternador y la bomba de combustible, y para hacerlo necesitaba el espacio y las herramientas apropiadas.
Cuando llegué a Aurora Car Services, ya no tenía mucho tiempo.
Los otros talleres me habían rechazado o pedían demasiado.
Si con este pasaba lo mismo, habría perdido la oportunidad de hacer algo esta tarde, y tenía que solucionar este problema antes de que el coche me dejase tirada en cualquier lado.
El taller era pequeño, estaba limpio y tenía dos puestos de trabajo.
Uno de ellos estaba vacío; bien. Había una Harley afuera, un chop bien cuidado; también era buena señal.
Al entrar, me fijé en los estantes de herramientas, todos llenos excepto por las herramientas que se estaban utilizando. Esperaba tener suerte aquí.
El tipo vio mis zapatos y salió debajo del Honda en el que estaba trabajando.
—¿Sí?
No era exactamente una bienvenida. Su pelo era negro y estaba despeinado, ojos oscuros y barbilla sin afeitar. Debería tener mi estatura, delgado y fuerte. Se veían los tatuajes por los bordes del mono de trabajo.
—Hola, me gustaría alquilar un espacio para trabajar en mi coche. También necesito herramientas.
—¿Qué tienes y que vas a hacer?
—Un Ford Focus. Tengo que cambiar el alternador y la bomba de combustible. Debería poder hacer el alternador hoy. Volveré para la bomba de combustible.
—¿Tú sola? —preguntó con recelo.
Asentí. Pensó que venía en avanzadilla para conseguir un buen precio para mi novio. En cierto modo era halagador.
Se dirigió hacia la puerta para echar un vistazo al coche, mientras se secaba las manos en un trapo. Le seguí.
—¡Menuda moto! —dije.
—Gracias, soy Rom. —Me tendió la mano.
—Amber. —Nos dimos la mano.
Me señaló el puesto vacío.
—Diez dólares la hora. Coloca las herramientas en su sitio al acabar. Pagas lo que rompes.
—Es un buen precio. —No podía creérmelo. Un día frustrante me había vuelto tan recelosa como él.
Se encogió de hombros.
—Creo que vas a tener algún observador.
Levanté las cejas.
—No me voy a quitar la camiseta.
Rom gruñó.
—Me alegra saberlo. No me gustaría que nada quedase atascado en el motor. También te harán un par de preguntas.
Se fue sin decir nada más. Lo tomas o lo dejas.
Maldición, tenía que empezar a trabajar en el coche y no tenía tiempo para encontrar otro taller.
Sin un alternador de recambio, mi batería estaría muerta antes de mi próximo día libre.
Tenía que arriesgarme. Este taller no estaba en la calle principal y estaba fuera de la vista.
Pero si alguien iba a observarme mientras arreglaba mi coche e intentar algo, descubriría que las llaves inglesas servían para desenroscar todo tipo de tuercas.
Rápidamente coloqué mi Focus en el puesto de trabajo. Me recogí el pelo para que no me estorbara, me puse el mono de segunda mano, y empecé a trabajar. Tenía tiempo, siempre y cuando todo saliera bien.
Rom iba y venía, fingiendo no fijarse en las herramientas que elegía ni en cómo las utilizaba. Aparentemente satisfecho, despareció debajo del Honda.
Apenas había apartado el depósito de refrigerante y los componentes del sistema hidráulico de la dirección cuando intuí que me estaban observando desde la puerta.
Parecía tener unos catorce o quince años y tenía el mismo pelo y los mismos ojos cíngaros que Rom.
Me miraba con el ceño fruncido. Me encogí de hombros mentalmente y seguí con mi tarea.
Al menos, si ese era el límite de mi público, no tenía por qué preocuparme.
Cuando empecé a aflojar los tornillos del alternador, apareció junto al coche.
La ignoré y, mientras mis manos seguían ocupadas, visualicé las puertas de salida y las escaleras de incendios del Club Agonía .
Entrar era un problema que aún tenía que resolver, pero mi seguridad, en caso de que hubiera algo siniestro dentro, dependía de poder salir.
¿Y si habían cerrado con llave las salidas?
Era algo totalmente contrario a las normas de seguridad, pero sabía que los clubes lo hacían de vez en cuando.
Había grandes ventanas en la planta superior y claraboyas.
Me gustaba la idea de salir por las claraboyas, pero seguro que estarían cerradas con llave y lo más probable es que fueran de cristal templado. ¿Llevar algún explosivo?
—¿Por qué estás haciendo esto? —preguntó la chica. Sonó agresiva, de la forma en que las personas tímidas hablan, pero sin querer serlo.
Suspiré mentalmente. Tenía que centrarme en mi plan para esta noche.
—Hay que repararlo —dije, intentando que el tono fuera desalentador sin llegar a ser desagradable. Mis dedos seguían moviéndose de manera automática, comprobando que la llave inglesa estuviera bien colocada sobre un tornillo que no veía con claridad.
Con la seguridad que hay actualmente en las discotecas, seguramente me registrarían. Llevar una pistola no era una buena idea, pero había otras armas que podría usar.
Por el rabillo del ojo, pude ver que la chica había fruncido el ceño con esa expresión de «los adultos nunca me entienden».
—No, ¿por qué lo estás haciendo tú?
—No se arregla solo —dije. ¿Qué le importaba a ella quién arreglaba mi coche?
El tornillo estaba muy oxidado así que busqué un trozo de tubería para tener más fuerza.
—¿Y tu novio?
¡Oh, por el amor de Dios! ¿De verdad había venido hasta aquí para decirme que estaba haciendo un trabajo de hombres? Estuve a punto de soltar una réplica sobre que los años cincuenta habían quedado atrás hacía mucho tiempo, pero entonces oí a Rom soltar una carcajada bajo el Honda.
«Vale». Esto formaba parte del trato que había aceptado.
Dejé de trabajar y miré mejor a la chica.
Tenía una expresión que reconocí de mis días en el ejército: mujeres jóvenes que anhelaban que alguien les dijera hasta qué punto podía crecer la imagen que tenían de sí mismas.
Le había costado mucho superar su timidez para hablar con una desconocida.
Lo mínimo que podía hacer era dejar de estar tan absorta en mí misma.
Casi podía sentir cómo me observaban mis instructores del ejército.
El sargento mayor de la unidad, Top, estaría allí de pie en posición de descanso, balanceándose hacia delante sobre las puntas de los pies y mirándome con el ceño fruncido.
«No es suficientemente buena, Farrell».
Saqué la cabeza del capó y la miré directamente a los ojos.
—No tengo novio, y aunque lo tuviera, no le pediría que hiciera esto.
Por la expresión de desconcierto en su cara, supe que mi respuesta le había suscitado otra docena de preguntas.
Di un golpecito al alternador.
—¿Ves esta pieza? —Se asomó y asintió—. Es el alternador. Se supone que debe recargar la batería, pero no lo está haciendo. Si mi batería no se recarga, el coche no puede arrancar. Es un cambio sencillo y puedo hacerlo yo sola.
Podía ver cómo lo pensaba antes de formular la siguiente pregunta.
—Vale, ¿cómo aprendiste a hacer eso?
—En el ejército. Parecía algo útil de saber.
—Resoplé—. A decir verdad, no era una opción.
Todos los miembros de mi unidad tenían que saber cómo desmontar un motor y montarlo de nuevo.
El instructor no te daba el visto bueno hasta que no hubiera hecho un viaje de ida y vuelta a la ciudad.
Y que Dios te ayudase si el coche se averiaba en el camino.
Y, sorpresa, los coches de muestra eran unos Ford como este.
—¿Las mujeres también? —preguntó.
Asentí.
—¿Todas?
—Sí. ¿Cómo te llamas? —pregunté.
—Jofranka. —Apartó la mirada, como si le diese vergüenza que le preguntase—. Jo está bien.
—Soy Amber. —Empecé a sacar la mano y luego la miré. Puede que no. Pero la suciedad no le hizo echarse atrás; me cogió la mano y la estrechó con vacilación.
—¿Está bien si te pregunto cosas? Porque dicen que pregunto demasiado.
Me mordí la lengua para no preguntarle de dónde demonios alguien había sacado esa idea. Mantuve el rostro serio mientras sacaba el viejo alternador.
—No te prometo que pueda contestarlas todas.
Se abrió la compuerta.
En el entorno de Ops 4-10, te ponías manos a la obra, hacías lo que tenías que hacer y te olvidabas de cómo era la gente de fuera.
El género no era una excusa para que se esperase menos de ti.
Jo no había tenido eso. Cuando dejaba su timidez, era brillante y alegre.
Pero parecía haber elegido una actitud derrotista respecto a sí misma y a las mujeres en general.
Era la sobrina de Rom y, cuando no estaba en la escuela, pasaba la mayor parte del tiempo en su casa o en su taller.
No sabía cómo era su casa, pero podía imaginarme el motivo por el que Rom quería que hablase conmigo y viera cómo podía hacer las cosas yo sola.
Esperaba haber ayudado. Casi hice que perdiese su autobús.
Me preguntó cuándo iba a volver y salió corriendo por la puerta justo cuando ya estaba terminando.
Había estado con la cabeza en las nubes, preocupada con el coronel y lo que me estaba pasando.
Nada de eso servía de nada. Jofranka me había sacado de ese bache y me hizo sentir bien conmigo misma.
Incluso Top habría sonreído. Esperaba encontrarla por aquí cuando volviera para cambiar la bomba de combustible.
Coloqué las herramientas en su sitio y bajé el capó.
Rom salió de su escondite bajo el Honda. Se había estado riendo tanto que tenía lágrimas en las mejillas.
—¡Oh, tía! Lo has hecho genial. ¡Te debo una! —dijo jadeando, mientras se limpiaba la cara con los antebrazos.
—No, teníamos un trato. —Le entregué el dinero a pesar de sus protestas. Pero se me había ocurrido una idea. Me faltaba algo para el evento en el club esta noche, y era mi llegada. Tenía que causar una buena impresión para estar segura de que me dejasen entrar.
—Vale —dije—. Te cobraré el favor, si estás disponible más tarde.
—Claro, ¿qué necesitas?
—Tengo que entrar en un club esta noche. Es muy difícil, incluso con el estilo adecuado. Necesito causar sensación con mi llegada.
Rom miró hacia su camioneta, desconcertado. Negué con la cabeza y le expliqué lo que quería que hiciera.
—¿Estás segura?
—Sí. Tienes que venir a buscarme a una manzana del club y dejarme en la puerta. Ya volveré por mi cuenta.
—Vale. —Volvió a reírse—. ¡Qué locura! Trato hecho.