Capítulo 3
Había programado la alarma para dormir una hora y me desperté de golpe, enviando otra pesadilla a lo más profundo de mi subconsciente.
No me entretuve dándole vueltas. Me duché, me recogí el pelo en una coleta y me vestí.
El desayuno fue un café y fruta para llevar.
Eché un vistazo para ver si me había olvidado algo.
La ropa sucia estaba en una bolsa, esperando para cuando tuviera un momento disponible.
Mi uniforme de policía de recambio estaba colgado, preparado para mi próximo turno.
Mis pistolas estaban en la caja fuerte, debajo de la cama.
El pequeño apartamento era luminoso y, en cierta forma, triste.
Quizá tuviera que colgar algunas fotos en las paredes.
Lo único que tenía estaba en mi mesita de noche.
Algunas fotos y, por supuesto, la placa de Tara: el homenaje a mi hermana gemela.
Era un rectángulo de piedra brillante y sencilla del tamaño de una foto de escritorio, negro azabache y con cursivas letras doradas en la parte inferior que solo decían «Tara Farrell». La acaricié con los dedos.
Me estaba retrasando. Los momentos previos a cada cita con el coronel eran así: un pavor enfermizo que no hacía más que crecer.
Si no pasaba alguna de sus pruebas, si respondía mal a una pregunta —o si él pensaba que había empezado a transformarme—, me llevaría de vuelta a la base sin darme la oportunidad de despedirme.
Puede que tuviera un pelotón esperándome en este mismo instante.
Pero posponerlo no iba a servir de nada, y llegar tarde era impensable. No se trataba solo de mi entrenamiento militar; no quería darles ningún motivo para que sintieran que tenían que venir a buscarme.
Salí a hurtadillas y cerré la puerta con llave tras de mí.
Veinte minutos más tarde estaba en el centro, delante del Museo de Arte de Denver, donde el coronel me había citado.
Llegó justo a tiempo, apareciendo de repente por una esquina y moviéndose con ese paso rápido tan suyo. Vestía pantalones oscuros, camisa y una chaqueta de verano clara.
—Coronel. —No llevábamos el uniforme y yo ni siquiera estaba en el ejército, pero me entraron ganas de hacer el saludo militar.
—Sargento. —Sus ojos se fijaron en mi brazo, que se había quedado en tensión.
Me estaba llamando por mi antiguo rango.
Era un buen compromiso; tanto Amber como Farrell habría sonado raro.
O puede que fuera el sutil recordatorio de nuestra relación: no estaba en el ejército, pero estaba claro que seguía trabajando para él.
Para mi sorpresa, compró entradas y entramos en el museo. Le seguí por las galerías. En ese momento del día, había muy pocas probabilidades de que alguien nos escuchara si hablábamos bajo, así que era tan bueno como cualquier otro lugar público.
Había dejado el instituto antes de tiempo y me enrolé en el ejército.
No fue una decisión impulsiva, más bien un cúmulo de circunstancias me empujó en esa dirección.
Tenía la vaga esperanza de meterme en algo emocionante, pero nunca había oído hablar de la unidad a la que me ofrecieron trasladarme tras mi entrenamiento básico para un programa especial.
Eso me intrigó. Cuando llegué, el instructor me dijo que abandonaría en menos de un mes, si no me había expulsado antes. Eso me motivó.
Me encantó. Pasé diez años en Ops 4-10, la unidad que casi nadie conocía, ni siquiera el ejército regular.
Realizábamos las misiones de alto riesgo donde Estados Unidos no podía implicarse públicamente, donde otros canales habían fracasado, dónde ya no quedaba ninguna esperanza.
Conseguíamos información estratégica, rescatábamos gente y destruíamos organizaciones en zonas en las que, si nos capturaban, Estados Unidos negaría cualquier conocimiento y nos abandonaría a nuestra suerte.
Había negación meritoria y nosotros no existíamos oficialmente.
El coronel era el oficial al mando. Era jodidamente bueno en eso.
Yo era muy buena en mi trabajo también, hasta que una noche no lo fui.
Perdí a todo mi equipo y casi pierdo mi vida.
En cierto modo, había perdido mi vida; y me dejaron con esto: un equilibrio precario entre cazar criaturas que nadie creía que existieran y acabar encerrada como si fuera una de ellas.
—¿Cómo ha estado? —preguntó.
—Estoy bien.
«Mentira».
No podía decir nada más. Si decía algo más que «bien», los científicos empezarían a cubrirse las espaldas y le dirían al coronel que podría volverme loca y arrasar centros comerciales matando niños.
Suponía que el coronel se había arriesgado para sacarme de la celda, pero no tendría más opciones que encerrarme de nuevo si los científicos se ponían nerviosos.
Y, una vez dentro, nunca más me dejarían salir.
Le entregué un sobre con los gastos e informes redactados. Lo guardó en su carpeta y me pasó otro sobre que contenía un cheque para cubrir mis últimos gastos.
Sabía que no estaba contento con mi respuesta. Intentaba guardar silencio más tiempo para hacerme hablar, pero ya conocía esa técnica. Caminaría silenciosamente por el museo y observaría cada exposición hasta que se le acabara el tiempo, si fuera necesario.
—Ha pasado un año —dijo por fin—. Y solo unos meses desde que el último trabajo nos explotó en los dedos. No creo que «bien» sea suficiente para describirlo.
Un año. Lo sabía. Lo sentía en mis huesos, en el picor de mi garganta cuando me miraba en el espejo o por el pánico de mis pesadillas.
Hace un año que perdí a mi escuadrón, uno por uno, en las oscuras selvas de Sudamérica.
Yo sobreviví. De hecho, me dieron por muerta; nadie podría haber sobrevivido a esas heridas.
Me habían arrancado la mitad de la garganta.
Debía de parecer que había más sangre empapando la tierra que la que me quedaba dentro.
Pero no estaba muerta, y cinco días después las heridas casi no se podían ver.
Deliraba y gritaba, pero estaba viva y físicamente curada.
El ejército no creía en vampiros. Y si hablábamos del tipo de vampiros de Hollywood, seguía sin creer.
Los vampiros no se transformaban en polvo cuando los matabas; yo seguía sujetando la cabeza cortada de mi atacante cuando me encontraron.
La luz del sol y los objetos religiosos no tenían ningún efecto en ellos.
Pero sí que bebían sangre humana, y el ejército quería saber si yo también iba a hacerlo.
De momento, no lo hacía. Me encontraba estable.
Había algunos cambios físicos: era más difícil herirme y me curaba más rápido.
Mi salud, fuerza y estamina habían mejorado.
Veía mejor que una persona normal. El ejército estaba muy interesado.
O, como mínimo, la parte del ejército en la que yo había estado.
Nadie más lo sabía, y parte de las condiciones de mi «liberación» era que tenía que seguir siendo así.
Los inconvenientes —las pesadillas, la paranoia— no le interesaban al ejército.
«Solo es estrés postraumático. Lo superarás.
Ah, por cierto, no puedes hablar con ningún loquero. Cuestión de seguridad».
—Voy tirando —dije en voz alta—. El trabajo de policía es mejor que el de contable. —Mi voz sonaba ronca—. Estoy encontrando mi sitio y también estoy haciendo todo lo que me pidió.
El coronel abrió la carpeta.
—Bien, mientras que el equipo médico esté satisfecho con sus respuestas no tendrá que venir a hacerse otro chequeo.
Mierda. Eso era un recordatorio. Haría cualquier cosa por mantenerme alejada de ellos, incluso contestar a sus preguntas.
Nunca fui claustrofóbica hasta que me ataron a una cama y me encerraron en una habitación diminuta.
Lo único que me impedía gritar y retorcerme hasta desmayarme era saber que me estaban vigilando.
Incluso cuando no estaban allí, sus cámaras me apuntaban con sus ojos fríos en impenetrables, durante todo el día y toda la noche.
«El sujeto está angustiado».
De hecho, uno de ellos había dicho eso. El sonido de su voz flotaba entre la vorágine de recuerdos, frío y distante. Me estremecí.
Había encontrado una forma de reprimir mis reacciones, de no mostrarle nada de lo que sentía. Lo volvía a utilizar ahora, estaba determinada a que el coronel no viera lo alterada que estaba.
—¿Pesadillas? —preguntó de repente, con el bolígrafo repasando una lista impresa.
—Menos, las mismas de siempre. Ya me parecen muy repetitivas —mentí.
—¿Algún otro problema para dormir?
—No. —Eso era verdad. Las pesadillas no dejaban tiempo para nada más.
—¿Ansiedad, cambios fisiológicos inesperados, sensación de frío, calor, taquicardia, arritmia?
«¿Como ahora mismo?»
—Nada de eso —dije.
El coronel se paró delante de un cuadro.
—Además de las pesadillas —leyó de su lista—, ¿visualiza o piensa a menudo en acontecimientos del ejército?
—No —mentí de nuevo. Intentaba evitarlo. Me encantaba mi vida en Ops 4-10 y ahora no podía volver. Pensar en eso era torturarme. Tenía que romper esa costumbre. Esta era mi nueva vida. Aquí fuera, por mi cuenta. Me mantenía firme, sin mirar atrás.
—¿Desmayos?
Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Nos estábamos saliendo del cuestionario clásico del estrés postraumático. El equipo médico tenía la teoría de que sufriría desmayos psicógenos si mi «afección» evolucionaba.
—No. —Todavía no. Nunca, esperaba. Si me transformaba, no habría vuelta atrás. Pasaría el resto de mi vida inmovilizada, siendo estudiada por científicos que anotarían con frialdad la angustia del sujeto.
El coronel dobló la carpeta bajo su brazo y miró la escena del Oeste que teníamos delante. No era tonta, sabía que había más preguntas por responder.
—¿Sigue corriendo, sargento?
—Sí. Aunque ahora no lo hago tan a menudo, por mis horarios.
—¿Su forma física o sus niveles de estamina han mejorado inesperadamente?