Capítulo 2
Un par de horas más tarde, y todavía sin haber conseguido nada, empujé la puerta de una zapatería, la última visita de mi zona.
Había estanterías con zapatos y un banco de trabajo a la izquierda, donde un hombre grande con barba poblada estaba guardando con cuidado unas botas de vaquero en una caja. Un aroma embriagador de café recién hecho llegaba desde el fondo de la tienda, compitiendo con el olor a cuero tratado.
El hombre me miró por encima de unas gafas de cerca.
—Bienvenida, bienvenida —dijo con voz atronadora marcada por un fuerte acento alemán—. Estas creo que son para ti. —Dejó la caja en un lado y colocó otro par de botas en su mesa de trabajo.
—Oh, Dios, me encantaría —dije. Me hizo un gesto y cogí una de las botas. Era el tipo de calidad que no se encuentra en los centros comerciales. Una bota hecha a mano, con la suela arqueada como un gato y una caña suave como la seda.
Las quería. Mi cabeza le dio una bronca a mi corazón y volví a dejar la bota en el mostrador. Mis dedos se negaban a dejar de acariciarla.
Suspiré.
—Me temo que estoy aquí para hacerle unas preguntas, no para mirar botas. —Pasé la página de mi libreta y escribí el nombre de la tienda en la parte superior: Schumacher’s. El nombre de hizo sonreír, significaba «zapatero» en alemán.
—Siéntese, siéntese. Contestaré a sus preguntas, no tengo nada de esconder. —Salió de detrás del banco de trabajo, riéndose y mostrando sus grandes manos en señal de rendición.
Me senté y él asomó la cabeza por la puerta que daba a la trastienda.
—Klara, ¿podrías traer un poco de café para esta joven? ¿Todavía quedan galletas?
Cerré los ojos.
—Si Klara no es su mujer, me casaré con usted en cuanto acabe mi turno.
Se rio, se quitó las gafas y se sentó enfrente de mí.
—Soy la oficial Farrell. —Sonreí—. Amber. Recuérdelo, lo necesitará para el certificado de matrimonio. ¿Y usted es?
—Me llamo Werner Schumacher. Mientras hablamos, tengo que hacer algo. Por favor, dame tu pie, sin el zapato.
Desconcertada y con un poco de incertidumbre, me saqué el zapato derecho, me subí el bajo del pantalón y le dejé que colocara mi pie en una máquina que había en el suelo entre nosotros. Estaba segura de que había algún tipo de reglamento policial contra esto, pero si eso le hacía hablar libremente…
—¿Vive en este edificio? —pregunté.
—Sí —dijo—. Vivimos en la planta de arriba, somos tres. No se mueva. —Apretó un botón y se asomó a la máquina que vibraba y hacía ruiditos.
—¿Estaba alguno de ustedes despierto ayer entre las diez de la noche y las cuatro de la mañana de hoy?
Me miró y parpadeó.
—Ayer por la noche, después de cenar estuve trabajando. Aquí, detrás del mostrador hasta las once, más o menos.
Klara llegó. Era una mujer pequeña y llena de energía. Lo más importante era que traía café. Auténtico café.
—¡Werner! —dijo—. Esta mujer está ocupada y tú estás probando tu juguete con ella.
Sonreí e hice un gesto despreocupado. Rechacé la leche, pero permití que dejase las galletas.
—Esto es importante, señor Schumacher. ¿Vio algo sospechoso en la calle en algún momento entre las diez de la noche y cuando dejó de trabajar? ¿Alguna actividad sospechosa?
La tienda estaba en el extremo más alejado del callejón. Si el asesino había traído a la víctima hasta aquí en coche, no habría visto nada y estaba bastante segura de que el cuerpo no había sido arrastrado por la acera. En Los Angeles a lo mejor, pero esto era Denver.
—El otro pie, por favor. —Tarareó un poco—. Sí, vi algunas personas que no me gustaron.
Cambié de pie.
—¿Gente que conoce?
Negó con la cabeza y miró hacia la máquina. Tomé un sorbo del café de la señora Schumacher y tuve un maravilloso subidón de cafeína pura.
—¿Podría describirlos?
—Estaba oscuro. Justo había terminado y había apagado las luces.
Puede que faltasen cinco minutos para las once.
—Movió la mano con incertidumbre—. Miré al otro lado de la calle.
Uno era muy alto, de casi dos metros diría, cabello claro.
Dos hombres más bajos, de tu talla, morenos, puede que mexicanos.
Uno llevaba bigote. Todos con abrigos hasta aquí.
—Se golpeó suavemente el muslo con la mano—.
Todos con el cuello levantado. —Se ajustó el cuello de la camisa.
Cogí otra galleta.
—¿Y qué era lo que no le gustaba de ellos?
Me robó una de mis galletas y se sentó de nuevo en su silla, pensando y masticando.
—Sus movimientos —dijo—. La forma como se movían. Estaban en la calle de una ciudad, pero se movían como cazadores, ¿me entiende? Estaban buscando a alguien, o siguiendo a alguien. No miraban a los lados, no hablaban. No parecían agradables. —Negó con la cabeza.
Lo anoté y me puse mis zapatos. Solo faltaba terminar el día con una visita de Buchanan a esta tienda para encontrarme sentada y en calcetines.
No pensaba que esta información fuese relevante, pero al menos había alguien que había estado mirando al exterior en el momento adecuado.
Quizá había visto algo más que recordaría más tarde.
—También podría ser que haya visto mucha televisión americana. —Se encogió de hombros y giró la pantalla de la máquina para mostrármela—. Mire, aquí están sus pies.
La máquina había escaneado mis pies y ahora los mostraba en un modelo 3D, girando lentamente.
—Cuando haga sus botas, tendré las medidas exactas. El ajuste será perfecto.
—Soy policía, señor Schumacher, casi no puedo permitirme unas botas de centro comercial, y mucho menos unas hechas a mano.
—¡Botas de centro comercial! —se indignó—. Basura, dinero malgastado. Mis botas —se inclinó un poco—, mis botas son una inversión.
Me reí.
—Primero tengo que invertir en mi coche, pero me tienta, la verdad.
«Nota mental: comprar un billete de lotería».
—Dijo que eran tres —continué—. ¿Quién es el tercero?
—Nuestra hija, Emily.
Algo en su voz me hizo levantar la vista de mis notas. Esto no tenía nada que ver con mi trabajo aquí, pero la tienda era la última de mi bloque y necesitaba una excusa para tomar un poco más de café y conseguir una última galleta de jengibre.
—¿Algún problema?
—No, en realidad no. —Sonrió un poco—. Cada año, echamos la vista atrás y pensamos que los problemas del año pasado no eran tan malos, ¿verdad?
—¿Cuál es el problema de este año?
—Oh, es una tontería —dijo Klara, que volvía con la cafetera—. Emily y sus amigas se visten de negro y se maquillan así. —Hizo gestos alrededor de sus ojos—. Ya sabe, con los ojos oscuros. Lo llaman gótico o EMO. Escuchan una música horrible.
Trajo una fotografía que había detrás del mostrador, una adolescente todavía con el pelo negro y los ojos muy abiertos. Tenía una mirada inocente que yo nunca conseguí tener a esa edad, no importa la de veces que ensayase delante del espejo.
En aquella época, pensaba que me saldría con la mía si conseguía mirar así. Ahora, me preguntaba en qué se habría metido.
—Los jóvenes experimentan con los estilos —dije, entregándole la foto de vuelta.
—¿Usted lo hizo? —preguntó Klara.
De hecho, no. Cuando era un poco más mayor que Emily, mi padre enfermó y murió. La compañía de seguros no pagó nada. Pasaron cosas malas. Dejé el instituto para ayudar a mi familia. Me alisté en el ejército y me especialicé en formas de matar a la gente.
—No, estaba demasiado ocupada.
Dejé la tienda de los Schumacher un poco después, con la invitación de volver a pasar cuando estuviera en la zona y la seguridad de que siempre habría café, y a veces también galletas. Y no miré a las botas mientras salía. Tengo una voluntad de hierro.
Y la necesité para no arrancarle la cabeza al idiota de Buchanan cuando le informamos. Se tomó como una afrenta personal que todo lo que hubiéramos conseguido entre todos fuera un zapatero que podría haber visto a tres tipos por la calle que parecían raros.
Dejé de prestarle atención mientras se desahogaba y utilicé ese tiempo para escanear la actividad en el callejón. Ya hacía tiempo que se habían llevado el cadáver: embolsado, etiquetado y con destino al depósito de cadáveres. Me habría gustado haberlo visto mejor.
Iba a ver al coronel Laine hoy; era mi enlace con el ejército.
El hombre al que se supone que tenía que informar si encontraba alguna señal creíble de la presencia de vampiros o de su actividad en Denver.
Palabra clave: creíble. Había visto un patrón inusual en las heridas del cuello y una ausencia de sangre sospechosa en la escena, pero hasta ahora eso no era concluyente.
Necesitaba pruebas sólidas antes de hacer ningún informe.
Lo único que era peor que ser la única persona conocida que podía identificar vampiros sería ser una persona que veía vampiros donde no los había.
Ya había conseguido cabrear a mi compañero y ridiculizarme delante de otros oficiales.
Además, posiblemente había convencido al equipo de la científica de que era una lunática morbosa.
Buchanan ya me había tachado de su lista.
Si ahora implicaba al ejército y resultaba que estaba equivocada, se caería todo el castillo de naipes.
Si hablamos con rigor, ya debería estar de vuelta en la base, bajo estricta observación. Estoy segura de que eso es lo que habían recomendado los científicos. Su versión de estricta observación incluía ataduras y una celda de aislamiento sin ventanas.
Había pasado tiempo en esa celda. Me dolían las cuerdas vocales al recordarlo; aún me picaban las muñecas con las quemaduras fantasmas.
Todavía no podía creer que me hubieran dejado salir, incluso aunque ya hubiera pasado un año.
No solo salir: me habían encontrado un trabajo.
Dos, de hecho, ya que había metido la pata en el primero.
Trabajar en la policía era mi segunda oportunidad, y el sentido común me decía que también sería la última.
«¡Nada de esto es culpa mía, joder!»
Lo dejé a un lado, no podía perder el tiempo quejándome.
Esta era mi realidad. Para seguir a flote, debía tener éxito en la policía y también tenía que cumplir mis obligaciones con el ejército.
El problema era que a veces se solapaban, y podía fastidiar ambos con un solo movimiento en falso.
Y en el momento en el que ya no fuera útil para el ejército aquí fuera, terminaría en esa celda.
Tuve sudores fríos. Cualquier cosa menos eso.
Knight me llevó de vuelta a nuestro coche patrulla.
Quería volver a inspeccionar el callejón y el contenedor de basura, intentar olfatear el aroma de los vampiros, pero todavía había técnicos dando vueltas por ahí, tomando notas y removiendo la basura.
Knight pensaba que solo estaba curioseando y ya le había causado suficientes problemas por hoy.
Nos condujo de vuelta a la estación y fichamos la salida.
Por un momento pensé en intentar entrar en el depósito de cadáveres y darle un vistazo al cuerpo, pero consideré que ya había causado suficientes problemas.
Podría consultar los informes cuando el forense hubiera determinado la causa de la muerte.
Entonces, si se justificaba una investigación más a fondo, ya tomaría una decisión sobre qué hacer.
También tenía problemas más mundanos. Tenía que salir con más tiempo por si tenía problemas con mi coche y necesitaba descansar de verdad antes de mi reunión con el coronel.
Esos encuentros nunca eran fáciles, y esta vez tenía que esconderle la muerte sospechosa de hoy hasta que pudiera confirmar cualquier cosa.
Tendría tiempo de sobra para arrepentirme de esas decisiones en los próximos días.