Capítulo 1 #2
—Joder, Farrell, ¿qué pasa ahora? —dijo. La luz iluminó el rostro del cadáver y le cortó la respiración—. Oh, Dios —murmuró—. Menuda noche de mierda.
Nuestras linternas iluminaron la cabeza del cadáver y mi mano se retiró del cuello.
—Mierda —dije, y me eché hacia atrás.
El cuello del hombre tenía patrones de cortes que me provocaron escalofríos por todo el cuerpo.
Eran puñaladas profundas de forma triangular, como si las hubieran hecho con un piolet pequeño.
La carne a su alrededor no tenía sangre, como si fuera un pollo de supermercado.
Y las heridas formaban pares espaciados uniformes.
—¿Qué? —dijo Knight y siguió mi mirada—. Mierda —repitió—. ¿Qué demonios le ha pasado?
Habría deseado no saberlo.
Había pasado un año buscando este tipo de evidencia en Denver, pero en ese momento me di cuenta de que nunca había creído que iba a encontrar ninguna.
«Y no sabes si has encontrado algo ahora», me reprendí. Podía oír el mordaz comentario de mi antiguo instructor de operaciones especiales: «Los informes sin verificar son peores que nada».
Pasé el haz de mi linterna sobre el resto del cuerpo y la basura que seguía ocultando buena parte del cadáver.
Casi no se veía sangre. Me incliné hacia adelante, como si estuviera examinando las heridas más de cerca.
Estaba intentando captar el olor característico que confirmaría mis sospechas, pero el hedor de la basura lo impregnaba todo.
—¡Farrell! —gritó Knight—. Deja de perder el tiempo. Acordona ambas escenas con cinta perimetral y mantén el frente hasta que lleguen los refuerzos.
Vino hacia mí y me alejó del cadáver. Ya había empezado a hablar por su radio, llamando a la científica, Homicidios y más refuerzos uniformados.
Tenía razón. Nadie quería que examinase el cuerpo antes de que llegara la policía científica.
Tendría que volver más tarde. Mientras tanto, era la novata del coche 152 y, me gustase o no, tenía que respetar que Knight se tomase su rol de mentor en serio.
Si pudiera recordar que yo había gestionado más situaciones de vida o muerte que media docena de policías, sería estupendo.
O puede que lo recordase, y ese era el problema.
Acordoné el callejón por ambos extremos y saqué dos formularios de escena del crimen del coche patrulla: uno para el cadáver y el otro para los fugitivos del coche. Ocupé mi puesto y esperé a que llegasen los curiosos a la escena del crimen.
Había convivido con la muerte durante diez años en el batallón más letal y secreto de las fuerzas especiales.
Un cadáver era un cadáver, y había visto muchos.
El problema era que este no podría no ser otro simple cadáver.
Si resultaba ser obra de un vampiro, entonces tenía la obligación de informar; y no al departamento de policía de Denver, precisamente.
Otro par de patrullas llegaron para asegurar el lugar y me dejaron en el extremo sur del callejón, al lado de mi coche patrulla.
—¿Estás bien? —me preguntó Knight, pasando por debajo de la cinta para llegar a mi lado.
Me giré.
—Estoy bien, gracias.
Se sacudió los pies, cruzó los brazos y se recostó en el capó del Crown Vic.
Ya sabía lo que venía ahora y no tenía paciencia para esperar a que lo dijera.
—¿Te preocupa algo? —le dije.
Resopló sin rastro de humor.
—¿Me lo preguntas? —dijo—. Te metiste en ese callejón sin ni siquiera pararte a pensar.
Esos tipos podían haber ido armados. —Hizo una pausa para crear un efecto dramático—.
¡Oh, espera, de echo estaban armados! —Puso los ojos en blanco—.
Puedes darle las gracias a Dios que decidieron disparar al policía veterano que tenía el suficiente sentido común para ponerse a cubierto, y no a ti, que estabas saltando entre los coches y los contenedores de basura como si fueras Spidergirl .
Abrí la boca para contestar, pero levantó la mano y continuó.
—Es solo una cuestión de suerte que no tengamos dos cadáveres ahí, en lugar de uno. ¿Sabes todo el papeleo que tendría que haber rellenado si te hubieran matado?
Bajo ese tono mordaz, pude percibir una auténtica preocupación. Me contuve a tiempo, antes de soltarle un discurso al más puro estilo de la sargento Farrell. En su lugar, respiré profundamente y le expliqué mi razonamiento para seguir a los sospechosos hasta el callejón.
Knight frunció los labios mientras me observaba.
—¿Y confiabas completamente en tu capacidad para reducir a los dos tipos?
Había servido en una unidad poco convencional, y mi entrenamiento había sido poco común, además de brutal e intenso. No tenía ninguna duda de mi capacidad, pero Knight no sabía todos los detalles de mi entrenamiento y las reglas de confidencialidad me impedían dárselos.
—Iba a dejarte uno —dije, intentando quitarle importancia—. Luego empezó a disparar a Wilcox. Pero, oye, capturamos a los dos en el callejón, con el coche y la pistola.
—No iban a escaparse, por el amor de Dios —dijo mientras señalaba al callejón—. Y hay una buena razón por la que trabajamos en parejas. Es más seguro. No es solo tu culo el que está en peligro, hay situaciones en la que es más seguro para los dos entrar juntos.
No estaba de acuerdo con su comentario sobre que no iban a escapar: el conductor habría saltado la valla si hubiera sido más baja.
Sí, había situaciones en las que sería más seguro y más eficaz trabajar en pareja, pero esta no era una de ellas.
Me había formado en academias más exigentes que la suya y la evaluación de amenazas formaba parte de mi instinto.
Yo lo sabía, pero también sabía que no podía decirlo en voz alta. Habría sonado como una falta de respeto a sus capacidades y su criterio.
—Bueno, a Wilcox le ha parecido bien. Vi cómo te felicitaba.
«Te vi recibiendo los elogios, en nombre de los dos».
—¿Sabes lo que me ha dicho Wilcox? —Knight miró a sus botas y me di cuenta de que su enfado no estaba dirigido a mí—. Dijo que estábamos chuleando, que nos estábamos convirtiendo en una pareja de vaqueros. Dijo que, evidentemente, era contagioso.
«Mierda». Había malinterpretado lo que estaba pasando. Knight no se comportaba como un capullo porque lo hubiese dejado en evidencia.
—Podrías haberle dicho claramente quién quería llamar la atención —dije.
—Yo no soy la novata con ambiciones —dijo—. Que Wilcox intente ponerme la etiqueta de vaquero no va a colar con el sargento. Pero si lo asocian contigo, podría aparecer en tu evaluación.
No necesitaba que siguiera por ahí. Un vaquero era un oficial de policía inconformista, alguien destinado a acabar relegado a trabajos de segunda porque nadie confiaba en él.
No era un juicio justo, pero si te colgaban el santo, era difícil deshacerte de esa imagen.
Así que Knight había intentado desviar parte de mi culpa, no quedarse con el reconocimiento, como había pensado.
—Bueno, puede que Wilcox esté exagerando —siguió—. Quizá sepas que lo haces mejor de lo que se te reconoce, pero la verdad es que no estamos trabajando bien juntos ahora mismo.
No era nada bueno. Por desgracia, no tuve tiempo para hablar sobre eso antes de que fuéramos interrumpidos por la primera llegada.
Un coche se paró, un hombre salió de él y se metió en el callejón. Estatura mediana, melena rubia espesa y un rizo que se apartaba de la frente con un movimiento rápido. Mandíbula marcada. Demasiado musculoso, con énfasis excesivo en los hombros y brazos. Un poco torpe al caminar. Sabía quién era.
Pero, igualmente, levanté la mano para detenerle. Me enseñó su placa. Ni siquiera me miró mientras rellenaba el formulario y seguía su camino. El detective Buchanan era demasiado importante para mirar a los uniformados.
Justo detrás suyo, una pareja de la policía científica llegó y me firmó los papeles. Ya había visto antes a la mujer rubia, pero su compañero larguirucho era nuevo para mí.
Entregué el formulario de la escena del crimen a otro uniformado mientras que la científica nos llevaba a Knight y a mí al interior del cordón de seguridad para hacer un recorrido.
La marca de mi bota en medio del capó les hizo arquear las cejas y pude ver cómo la mujer calculaba mentalmente la distancia hasta el lugar donde había derribado al primer fugitivo.
Nos desplazamos hasta la valla y omití cuánto me había adelantado respecto a los demás.
Knight no lo discutió. Con suerte, el documento de la policía científica con las secuencias de los eventos nos haría parecer menos como vaqueros y más como buenos compañeros.
En el primer contenedor, les entregué la foto que había hecho antes de abrir la sudadera, luego nos movimos hasta el contenedor con el cadáver. Les entregué mis guantes de látex, a los que había dado la vuelta y les expliqué que había retirado la basura y tomado el pulso en el cuello.
No me dejaron acercarme y el olor de la basura seguía cubriéndolo todo, así que terminé otra vez fuera del cordón de seguridad, todavía dudando de qué había matado a ese hombre, pero algo más contenta con Knight.
Cuando el sargento repartió los turnos la primera vez, vi que me habían asignado a Knight como compañero. Solo conocía su apodo, «Silencioso», y resultó ser una broma. No dejaba de hablar mientras yo conducía.
Pero era un tipo decente. No olía mal y no había intentado ligar conmigo.
Al menos, no de momento. No es que lo estuviera esperando.
Para empezar, soy demasiado alta para muchos tíos.
Corro un montón, practico artes marciales y he pasado años en el ejército.
No soy tímida. Muchos hombres no ven más allá del cabello castaño y los ojos verdes; resultado de una mezcla de sangre Arapaho y celta.
No era nada del otro mundo, pero había oído que largas horas compartiendo un coche patrulla hacía que cualquiera pareciera atractivo.
¿Cualquiera? Eché un vistazo a Knight y disimulé una sonrisa.
«No, eso no iba a pasar conmigo».