Injusticia (Amber Farrell – Investigadora Paranormal, precuela) Capítulo 1
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Injusticia (Amber Farrell – Investigadora Paranormal, precuela)

Injusticia (Amber Farrell – Investigadora Paranormal, precuela)

Por Mark Henwick

© inepub.com

Capítulo 1

VIERNES

Carrera de coches. Mejor que nada en una noche tranquila. Agarré el micro antes de que el oficial Knight tuviera tiempo de reaccionar. Para ser justos, el café en una mano y el dónut en la otra ralentizaban sus movimientos.

Di media vuelta con el Ford Crown Vic y dejé que las ruedas chirriasen mientras aceleraba para cortarles el paso. Por suerte no teníamos que preocuparnos por el tráfico en Denver a las cuatro de la mañana.

—Has dicho un minuto, Farrell —dijo Knight mientras tiraba el café por la ventana. Encendió las luces y se agarró al asidero del techo—. No cinco segundos.

«Gallina».

Cogió el micro.

—Coche 152 —dijo—. Solicito refuerzos para bloquear Broadway con la Séptima.

—Coche 142, oh mier… —La comunicación se cortó un segundo—. ¡Tenemos un 480! ¡480! En Broadway con la Trece.

Mierda, se había complicado rápidamente. No sé cómo, uno de los coches había encontrado a alguien a quien atropellar.

—El vehículo sospechoso ha girado hacia el este en la Once. El coche 142 lo persigue. El 148 se ha parado a prestar asistencia. Solicito ambulancia, Broadway con la Trece.

Al llegar a la avenida 12 giré bruscamente, las ruedas chirriaron en señal de protesta.

Knight se unió a ellas.

—¿Qué coño pasa? ¡Deja de hacer el payaso! —gritó—. No estamos en un puñetero programa de televisión.

—Tranquilo, Knight. Estoy entrenada para conducir vehículos a gran velocidad —dije.

Y mis reflejos estaban un par de puntos por encima de la gente normal.

Knight no podía saber eso, pero me habría gustado que dejara de comportarse como si fuera la típica novata recién salida del cascarón.

Mi entrenamiento militar me había dado una visión clara de mis capacidades y limitaciones, y cuanto antes aprendiera a confiar en mí, mejores compañeros seríamos.

—En la Once, después de Harrison —se escuchó en la radio. Era Wilcox en el coche 142.

Habíamos llegado a Harrison con la 12. Sabía que el corredor iba a intentarlo en la próxima. Y Knight y yo estaríamos allí para pararle. Por suerte, Knight había decidido callarse y dejarme conducir.

—Girando por la vía de servicio, al oeste de Gerritsen —dijo Wilcox.

«Justo a tiempo».

—¡Mierda! Está chocando contra los contenedores de basura —dijo Wilcox—. Estamos bloqueados. ¡Estamos bloqueados!

Pisé el freno a fondo e hice derrapar el coche, chirriando y quemando rueda, hacia el extremo sur de la vía de servicio.

—¡Joder! —gritó Knight, colocándose en posición de choque. No llegó. Los faros que se precipitaban hacia nosotros por el callejón se desviaron de repente cuando el conductor pisó el freno en seco y derrapó hasta detenerse. Se abrieron las puertas y salieron dos tipos.

«¡Los tenemos!»

—¡Policía! —dijo Knight por el megáfono—. Salgan con las manos…

Antes de que terminase la frase, yo estaba fuera del coche y corriendo.

El callejón era largo y estaba poco iluminado, con muchos lugares donde esconderse gracias a todos los contenedores volcados.

Si esos capullos estaban armados y les dejábamos colocarse en posición de defensa, serían invisibles y nosotros quedaríamos completamente expuestos cuando intentásemos acercarnos.

Eso sin mencionar todas esas ventanas de los pisos que daban al callejón: perfectas para que se colara una bala perdida.

Pero si pudiera acercarme lo suficiente, los delincuentes tendrían que seguir moviéndose y acabarían en el punto de mira de Wilcox y su compañero, o detenerse y darme la oportunidad de derribarlos en un cuerpo a cuerpo. Estaría encantada de hacerlo.

Los fugitivos quedaron iluminados por nuestros faros.

Un tipo alto y delgado con unos pantalones de chándal que dejaban ver la mitad de su trasero se tiró sobre el maletero y dio rápidamente media vuelta para escaparse por el callejón.

El conductor era otra historia: de complexión atlética y fuerte empezó a trotar marcha atrás, con la cabeza en alto y mirando a su alrededor, con la capucha puesta para ocultar su rostro.

Aunque cuando me vio llegar, dejó la cautela y salió corriendo.

—¡Espera, Farrell! —me llamó Knight. Quería hacerlo según el manual. No teníamos tiempo. Por cosas así echaba de menos la comprensión instintiva de mi antiguo equipo de las fuerzas especiales.

Salté, aterricé en el capó del coche de los fugitivos y me di impulso con el pie para lanzarme por los aires. El larguirucho se había quedado atrás, a pesar de sus frenéticos esfuerzos. Me escuchó aterrizar detrás de él y se giró, sorprendido de que hubiera llegado tan cerca, tan rápido.

«¡Sorpresa!»

No le di tiempo de reponerse. Lo empujé con el hombro contra un contenedor de basura y le dejé sin aliento. Le hice la zancadilla y lo tiré al suelo. Le puse las esposas antes de que pudiera recuperar el aliento necesario para resistirse.

No había rastro del conductor. Knight estaba llegando por detrás, iluminado por los faros del coche.

—Wilcox —dije por mi radio—, uno de ellos se dirige hacia ti a pie.

Escuché a Wilcox gritar, pero su voz se apagó con el sonido sordo de un disparo que resonó en el callejón.

«Mierda. No era un disparo de Wilcox ni de su compañero».

Salté por encima del contenedor y salí corriendo hacia la oscuridad. Knight podía encargarse del larguirucho; lo que significaba que no estaría expuesto a la luz de los faros.

El callejón era un caos. El coche de los fugitivos había movido más de la mitad de los contenedores y ahora estaban volcados en el centro y su contenido estaba desparramado por todos lados. El olor era insoportable.

El conductor estaba trepando por una valla metálica, situada a mitad del callejón. Ni rastro de un arma, ni de una sudadera con capucha.

Salté y le agarré por su cinturón. Aterrizó de puntillas, manteniendo el equilibrio y sin ganas de rendirse, sobre todo cuando vio que había sido atrapado por una mujer.

Nunca me canso de que la gente subestime mis capacidades.

Dejé que su puñetazo me rozara, guiando su impulso con una mano, potenciando un poco más su giro y desequilibrándolo. Luego le di una fuerte patada en la parte trasera de la rodilla. Mientras caía al suelo, le acompañé y le retorcí el brazo en la espalda.

No tardó mucho en darse cuenta que si se resistía, solo conseguiría dislocarse el hombro.

Ya no me quedaban más esposas, pero Knight o Wilcox llegarían pronto y gasté ese tiempo recordando a mi prisionero que tenía algunos derechos.

Eligió guardar silencio. Posiblemente estaba pensando en cómo explicárselo a sus colegas, cuando se enterasen de que había sido reducido por una chica.

No había ni rastro de su pistola.

Knight llegó con el larguirucho y esposó al conductor justo cuando Wilcox y su compañero llegaban con cuidado, con las armas en posición de ataque. Les observé para confirmar que sus dedos no estuvieran en el gatillo y luego me puse a buscar la pistola desaparecida del conductor.

Mientras subía por los contenedores, vi que Wilcox se hacía cargo de los sospechosos. Me iba bien, ellos habían sido los testigos del atropello y la posterior huida.

Además, si se los llevaban también se encargaban de papeleo.

«¡Ja!»

Wilcox dio una palmadita a Knight en el hombro. Lo de siempre.

Con la cara escondida, me permití poner los ojos en blanco y un ligero suspiro. Los elogios serían para nosotros dos, claro.

El departamento de policía de Denver tenía un montón de buenos oficiales, y Wilcox y Knight no estaban mal.

Eran de fiar. Eran el tipo de persona que siempre acudían a los partidos del departamento, que siempre invitaban a una ronda en el bar y que siempre tendrían tiempo para visitar a una familia en duelo.

Pero tenían una opinión muy cerrada sobre cómo tendrían que ser las cosas.

Esa visión incluía el tipo de rol que deberían cumplir los novatos. Con mi experiencia y entrenamiento, yo no entraba en ese papel. Era incómodo para ambas partes.

Negué con la cabeza. No valía la pena preocuparse por eso ahora. Me subí a un contenedor volcado para iluminar otro con mi linterna.

Había una sudadera dentro. Fuera de mi alcance, por supuesto.

Me metí con cuidado. El conductor había sido lo suficientemente tonto como para disparar a un policía, pero no tan idiota como para ser atrapado con la pistola en cuestión.

Hice una foto con una cámara de bolsillo y luego deshice el fardo con un bolígrafo, con cuidado de no tocar nada.

Se había quitado la sudadera y los guantes y había envuelto la pistola con la tela antes de tirarlo al contenedor.

Tampoco era tan listo. Puede que hubiera mantenido sus manos limpias de cualquier residuo causado por el disparo, pero su ADN estaría por todos lados en esas prendas.

Llamé a Knight.

—Tengo la pistola.

Vino, pero no se ofreció a entrar en el contenedor de basura conmigo, así que lo marqué para la policía científica y empecé a salir con cuidado.

Por el silencio de Knight podía imaginar que no estaba contento por cómo habían ido las cosas esta noche; todo estaba a punto de empeorar.

Un contenedor más grande que se había volcado estaba justo detrás del que yo estaba saliendo.

La basura estaba derramada contra una pared.

Había algo extraño en las figuras que reflejaban las sombras.

En lugar de salir por donde había entrado, trepé por la parte trasera hasta el gran contenedor.

Me asomé por el borde y apunté con mi linterna hacia la basura desperdigada. Me quedé helada.

—¡Knight! ¡Ven aquí!

Salté al suelo.

Medio escondida detrás de la basura, había una mano humana.

Saqué un nuevo par de guantes de látex y me los puse.

La mano era masculina, y la piel estaba fría bajo mis dedos. Quité la basura que cubría el brazo y subí hasta el hombro y el cuello. Yacía boca arriba, con el rostro contorsionado en una expresión de dolor y los ojos fijos.

Busqué el pulso en el cuello, pero ya sabía que no encontraría nada.

Knight llegó, abriéndose paso entre el montón de basura, con el haz de la linterna balanceándose mientras saltaba por encima de lo peor.