47. Arturo
Arturo
Salimos volando por el portal y llegamos al estadio.
Le di la vuelta a la nave y la dejé flotando junto al antiguo cadáver de un varvax caído, con cuidado, para que Nedd y Sadie pudieran soltarse de la lanza de luz sin dar contra nada.
Los dos parecían muy alterados y les sangraban los brazos, pero estaban vivos.
—¡Has vuelto! —gritó Dayan por radio.
El coliseo se había vaciado un poco, aunque imaginé que las calles de fuera serían un caos.
Cuando Nedd y Sadie estuvieron a salvo en el suelo, elevé la nave de nuevo y apunté con los destructores hacia el portal.
Me había ocupado de algunas naves fuera del almacén y de muchos de los varvax armados dentro, pero Ivy al parecer tenía millones de soldados disponibles para despertarlos, y no sabía cuántos podían llegar desde el otro lado en cualquier momento.
No vi ningún movimiento. No salió nadie.
—¿Permiso para investigar? —pidió Alanik.
—Sola no —dije, aterrizando en la palestra. No sabía qué les había pasado a Nedd y a Sadie, pero estaban los dos sentados en la arena y parecían reacios a levantarse—. Llévate a Gilaf.
Alanik asintió, desembarcó y fue hacia Gilaf, en el borde de la palestra. Desaparecieron por la puerta a la sala del portal, todavía oscura aunque ya no cubierta de niebla.
—Está cerrado —dijo Alanik por el comunicador—. Bloqueado. No sé cómo abrirlo desde este lado.
No iban a perseguirnos, entonces. Ahora que sabíamos que tenía la Tierra y un ejército inmenso de humanos, Ivy había cerrado con llave su rincón oculto de la ninguna-parte, con nuestro planeta de origen y el resto de sus habitantes cautivos.
Alanik y Gilaf regresaron de la puerta y Dayan se acercó también, esa vez acompañade por un pequeño grupo de personas a las que no reconocí. Estaban mirando a Alanik y Gilaf con nerviosismo, así que me interpuse entre ambos grupos.
—Esta es la concejala Moran —me dijo Dayan—. Es consciente de que acabáis de salvar nuestra ciudad de unos atacantes alienígenas, pero tiene bastante borrosos los detalles.
Por fin podía pronunciar las palabras que había querido decir desde nuestra llegada.
—Tenemos refuerzos de camino. Vigilaremos el portal hasta que lleguen.
Suki salió flotando de mi nave en su pequeño disco mientras todas nuestras babosas se reunían en la arena bajo el ala de mi caza, formando un enorme montón, acurrucándose con sus nuevos amigos taynix.
Los concejales parecieron alarmarse incluso más con aquella exhibición, pero no parecían inclinarse hacia la violencia, cosa que era un buen principio.
No sabía cuántos de ellos habían estado compinchados con Ivy, ni cuánto sabían sobre su control de aquel asentamiento, pero, ahora que estaban separados de ella, suponían una amenaza mucho menor.
—Si no te importa, jefe de escuadrón —dijo Suki, y su alfiler tradujo en alto para todo el mundo—, estaría encantada de responder a las preguntas del consejo y hacerles unas cuantas propias a cambio.
Observé la reacción de los concejales. Titubearon, y entonces la que Dayan había llamado Moran habló.
—Será un honor hablar contigo y obtener respuestas —dijo.
—No sé si podré proporcionaros todas las respuestas que buscáis —contestó Suki—, pero lo intentaré.
—¿Podrás supervisar esa conversación? —pedí a Dayan en voz baja, pensando que no iba a dejar a Suki sola con unos humanos que, hasta hacía una hora, cabía suponer que odiaban a todo ser alienígena sin excepción y podrían haber estado colaborando con el enemigo.
—Por supuesto —dijo elle.
—Gilaf también puede asistirme —declaró Suki—, como miembro de mi equipo de seguridad personal. Con permiso del jefe de escuadrón, por supuesto.
—Claro —dije, y asentí con la cabeza mirando a Gilaf, que siguió a Suki, Dayan y los concejales hacia las gradas.
Alanik y yo nos quedamos callados en la arena de la palestra, mirando mientras varios gladiadores rodeaban a uno de los vástagos supervivientes y lo llevaban con suavidad a una esquina.
Me pregunté si la relación de aquella gente con las criaturas iba a cambiar cuando comprendieran que su lucha contra los vástagos siempre había estado manipulada por fuerzas oscuras.
—Ivy podría reabrir ese portal en cualquier momento —dijo Alanik—. Mientras esta gente viva aquí, correrá peligro.
Era cierto. A todas luces, nuestro cometido allí distaba mucho de terminar. Apenas habíamos comenzado.
—Gracias —dije.
Alanik me miró entornando los ojos.
—¿Por qué?
—Por luchar junto a mí —respondí.
Alanik sonrió, evaluándome durante un momento.
—Siempre es un placer luchar junto a ti —dijo.
Me sostuvo la mirada y, estrellas, cómo quería besarla. Vacilé, mirando alrededor hacia los líderes de Epifanía en las gradas con nuestros compañeros de escuadrón, hacia los gladiadores alrededor del vástago agotado, hacia Nedd y Sadie atendidos por varios de los médicos del estadio.
Alanik pareció captar mis titubeos.
—Habíamos decidido que no iban a importarnos las convenciones sociales —afirmó—. Pero supongo que, con la situación diplomática que hay aquí, no es buen lugar para empezar a romperlas.
Estrellas, podríamos haber muerto muchas veces a lo largo de los últimos días. Quizá no fuese la elección diplomática más sabia, pero ¿quién decía que no estaríamos estableciendo un buen precedente para unas buenas relaciones alienígenas-humanas?
Recorrí la distancia que me separaba de Alanik y la besé. Ella sonrió contra mis labios.
Y, en ese momento, me trajo sin cuidado quién mirara.
Unas horas después, nuestros refuerzos de la FDD por fin llegaron.
Varios escuadrones de cazas estelares se congregaron en el cielo sobre Epifanía mientras un pequeño transporte descendía a tierra.
Traía a veinte personas, entre ellas FM y un enviado diplomático.
Llevé a los diplomáticos primero con Dayan.
—Elle puede presentaros a los líderes de la ciudad —dije, y Dayan sonrió agradecide—. Suki ya ha estado hablando con ellos.
—¿Algo que deba saber antes de que empecemos? —me preguntó FM.
—Esta gente estaba condicionada y radicalizada por un contingente de varvax rebeldes que actuaban obedeciendo órdenes de una inteligencia artificial, no de la Supremacía —dije—.
La IA y los varvax se han vuelto contra ellos, han intentado matarlos y un estadio lleno de gente lo ha presenciado todo.
Estoy… bastante seguro de que querrán colaborar con nosotros, dado que acaban de vernos luchar para proteger a su pueblo, junto con sus propios héroes gladiadores.
—El privilegio ha sido nuestro —repuso Dayan.
FM asintió.
—Bien hecho —me dijo.
Estaba en pleno modo diplomático, así que no se detuvo para interrogarme sobre Ivy, aunque supuse que recibiría el informe completo de Jorgen y entonces le surgirían pero que muchísimas preguntas.
Como a todos.
Un miembro del personal de mando me llamó por señas desde la nave de transporte.
—El almirante quiere hablar contigo —dijo.
El hecho de que Jorgen hubiera acudido en persona me reveló que ya se hacía una idea de lo serio que era todo aquello. Mi trabajo era hacerle un informe completo, pero no había estado presente durante varios de nuestros descubrimientos más importantes.
—¡Sadie! —vociferé hacia el otro lado de la palestra.
Sadie alzó la mirada desde donde estaba sentada junto a Nedd. Tenían los brazos vendados porque, al parecer, habían roto una urna de cristal con sus propios cuerpos. Llegué al trote.
—Hay que informar a Jorgen —dije—. Ven conmigo.
Sadie miró a Nedd, como creyendo que me dirigía a él.
—Centinela —insistí—, vamos. Tú has visto más de lo que ha pasado que nadie.
—Nedd también estaba allí —respondió ella—. Y él es el jefe de…
—Sabe mi rango —la interrumpió Nedd—. Pero tú eres quien se ha ocupado de hablar, Sadie. Ve a ayudar con el informe.
Sadie negó con la cabeza.
—¿No deberíais ir vosotros dos a hablar con Jorgen?
Sadie había guiado la conversación… no, había guiado todas nuestras conversaciones, desde que habíamos llegado a Infortunio. Era la elección evidente. Nedd parecía estar de acuerdo.
—¿Quién, yo? —dijo—. ¿Hacer un trabajo que otra gente es perfectamente capaz de hacer por mí? No, gracias. Yo voy a quedarme aquí a intentar bloquear para siempre el recuerdo de cuando casi me criogenizan.
Le di una palmada en el hombro.
—Por desgracia, me gustaría que acompañaras a FM para ayudar a Dayan a responder a sus preguntas.
—Muy bien —dijo Nedd, levantándose—. Supongo que mi represión psicológica tendrá que esperar.
Sadie y yo subimos al transporte y encontramos a Jorgen sentado en un amplio banco al fondo, en el que cabrían tres personas sin problema. Nos indicó que ocupáramos los asientos encarados hacia dentro a ambos lados del banco y lo hicimos, Sadie con más reticencia que yo.
—Podéis salir —dijo Jorgen a sus asistentes que aún estaban allí.
Se fueron de la nave. Jorgen no cuestionó la presencia de Sadie. Sabría que no la habría llevado si no tuviera algo valioso que compartir.
—Alanik me ha puesto al día en el momento en que hemos superado el inhibidor —dijo Jorgen—. ¿De verdad habéis… visto la Tierra?
Asentí.
—He volado por el cielo sobre ella, pero Sadie y Nedd han obtenido la mayoría de la información. Yo solo escuchaba por radio.
Hice un gesto hacia Sadie, que me miró con los ojos muy abiertos y luego le hizo a Jorgen un informe bastante detallado de la conversación que habían mantenido Nedd y ella con Ivy.
—A Ivy le faltan varios tornillos —añadí—. Parece que le encomendaron salvar la Tierra durante la Tercera Guerra y, bueno… la absorbió a la ninguna-parte. Una parte enorme del planeta quedó destruida, Norteamérica y Sudamérica como mínimo.
—Un veintitrés coma tres por ciento de la superficie —dijo Sadie—. Arturo tiene razón: está loca. Obsesionada con la idea de que deberíamos agradecerle lo que hizo.
—¿Sobrevivió algo de la población?