46. Sadie
Sadie
Teníamos que salir de allí. Ivy estaba permitiéndonos a Arturo y a mí hablar porque creía que no teníamos ninguna posibilidad de huir. Tenía sentido, ya que nos tenía encerrados en una caja.
—Arturo —dije—, ¿te falta mucho para llegar?
—Aguanta —respondió él.
—Incluso si consigue abrirse paso —dijo Ivy—, mis varvax tendrán otro escuadrón de pilotos despierto y preparado muy pronto.
Contuve las ansias de chillar.
—¿No querías que quedaran humanos vivos para agradecértelo? ¿Asesinaste a la población de todo un planeta y ahora vas a matarnos también a nosotros?
—No hice tal cosa —restalló Ivy—. Gran parte de la población había emigrado, y otro gran porcentaje fue evacuado. De quienes quedaban, algunos sobrevivieron.
—¿Cuántos? —pregunté.
Ivy no contestó.
—¿Cuántos?
—Doce millones —dijo por fin—. Un diez y trece centésimas por ciento de la población restante del planeta.
—¿Y dónde está esa gente ahora? —pregunté—. ¿Congelada? ¿O solo preservas a los que son útiles?
—Sus descendientes… me esquivan —dijo Ivy a la defensiva.
No me extrañaba. Estrellas, la Tierra era otra colonia penitenciaria más.
—Casi estoy —dijo Arturo.
Pateé las puertas de cristal con las botas y luego recogí del suelo la rejilla, sin importarme ya lo que pudiera pensar Ivy, y ataqué el cristal con ella, pero fue en vano.
Arturo no sería capaz de llegar luchando hasta allí y liberarnos.
Teníamos que escapar nosotros si queríamos unirnos a él cuando regresara.
Lancé mi cuerpo entero contra el cristal, y esa vez la unidad refrigeradora osciló hacia delante, solo un poco. Miré atrás hacia Nedd. Me sostuvo la mirada un momento y retrocedí contra el fondo de la unidad otra vez.
Y entonces nos abalanzamos contra las puertas de cristal al mismo tiempo. La caja se meció hacia delante y luego se enderezó con un golpetazo.
—¿Qué estáis haciendo? —preguntó Ivy, y por primera vez parecía preocupada.
—¡Vamos! —me animó Nedd, y juntos nos arrojamos de nuevo contra el cristal, y hacia atrás, y repetimos, haciendo oscilar la unidad cada vez un poco más.
—¡Parad! —gritó Ivy, y empezó a llamar a sus asistentes varvax con siseos y chasquidos.
—Oye, sobre esa cita… —dije a Nedd mientras proyectábamos el cuerpo adelante y atrás—. ¿Qué vamos a hacer? ¿Cenar? ¿Un paseo bajo la luna por un bosque de vástagos?
—¿Merienda en la playa? —propuso él, con la tensión evidente en su voz—. Creo que puedo organizarlo para que visitemos una en Orilla Perpetua. Hay ciertos kitsen que me deben un favor.
—Orilla Perpetua se ha dicho —respondí, con una mueca al golpear el cristal con el hombro—. Quiero nadar en el océano.
—Sí —dijo Nedd—. Por favor.
—¿Dónde estáis del edificio? —preguntó Arturo.
En la siguiente oscilación, la unidad quedó precariamente cerca de volcar antes de volver a enderezarse.
Estrellas, Arturo estaba escuchando todo aquello.
—Primera planta —contesté mientras embestíamos contra las puertas de nuevo—. La sala de encima del almacén, con las ventanas grandes mirando hacia dentro.
—Allá va —dijo Nedd, y el refrigerador entero cayó hacia delante.
Aterrizamos sobre las puertas de cristal, que se hicieron añicos contra el suelo bajo nosotros, y al momento hicimos fuerza contra la unidad y la levantamos.
Nos quitamos aquel trasto de encima, con los brazos sangrando, y salimos a toda prisa con tiempo de ver dos cosas: la expresión alarmada de Ivy mientras pedía ayuda con gesto frenético y el almacén explotando hacia dentro, el hormigón cayendo sobre las criocámaras, dejando un segundo gran agujero junto al primero.
La puerta se abrió de golpe y varios varvax entraron en tropel. Agarré la camilla más cercana y la envié rodando hacia ellos. Derribé al primero al suelo.
—¡Detenedlos! —gritó Ivy.
Aquellos varvax eran asistentes médicos, no guerreros, y no tenían armas, aunque supuse que los que sí que iban armados no tardarían en llegar.
Un varvax agarró un utensilio médico de una bandeja y lo lanzó hacia nosotros.
Esquivé, pero entonces cogió otro. Lo levantó sobre la cabeza, dispuesto a arrojarlo también, y entonces chilló.
El utensilio cambió en pleno vuelo, convertido en el cuerpo multicolor de Hoid.
Otro objeto de la bandeja se transformó en Vuelta, que gritó un despliegue impresionante de palabrotas a los varvax.
Me sorprendió casi más oírla conjurar tantas palabras originales que el contenido.
Habían logrado camuflarse. Cogí a Vuelta mientras Nedd trastabillaba hacia la puerta y casi chocaba con un equipo de varvax armados con pistolas destructoras, flanqueado por más drones de descarga eléctrica. Nedd maldijo y dio un portazo.
Estrellas, seguíamos atrapados allí dentro.
Justo entonces, la nave de Arturo entró volando por el agujero que había abierto y el techo de fuera estalló en fuego de destructor, haciendo llover más trozos de hormigón.
Las ventanas se hicieron añicos también y Arturo disparó su lanza de luz hacia nosotros.
Dio en una camilla que había cerca del agujero que había ocupado la ventana.
—¡Agarraos! —gritó por radio.
Los varvax de la sala se habían encogido todos detrás del depósito de fluido criogénico. Nedd agarró a Hoid y cruzó la sala a tumbos hasta la línea de luz.
—¡Detenedlos! —gritó Ivy de nuevo mientras me ponía a Vuelta bajo el brazo y corría hasta donde me esperaba Nedd.
Me cogió de la mano y me ayudó a salir por la ventana.
Nos quedamos colgados de la lanza de luz de Arturo, mientras la camilla caía y oscilaba por debajo de nosotros.
Vi que disparaban pistolas destructoras desde abajo, y Arturo llenó el almacén de fuego, vaporizando a varvax y a humanos sin distinción.
Nedd y yo nos aferramos desesperados a la lanza de luz, con las extremidades todavía un poco entumecidas.
Seguimos colgando justo por debajo del fuselaje mientras Arturo cruzaba el portal para abandonar aquella instalación y regresar al coliseo.