Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 45. Sadie
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45. Sadie

Sadie

La siguiente vez que llamó Arturo, me incliné de lado y pulsé el botón para contestar.

—¿Nedder? —dijo Arturo—. ¿Centinela? Aquí Anfi. ¿Me recibís?

—Es nuestro jefe de escuadrón —expliqué a Ivy—. El que ha atravesado la pared. ¿Puedo responder? Aún no sabe cómo nos has protegido. Creo que debería saberlo.

—¿Crees que cambiará alguna cosa? —preguntó la IA—. A los humanos os cuesta muchísimo comprender mi benevolencia.

—Arturo es muy aficionado a la benevolencia —dijo Nedd—. Viene a ser su cosa favorita.

Arturo guardaba silencio, así que esperé que pudiera oírnos y hubiera tomado la sabia decisión de quedarse escuchando.

—Hablad con él mientras podáis —respondió Ivy en tono alegre—. Será la última vez que converséis con nadie en mucho tiempo.

Estrellas, eso era aterrador.

—Anfi —dije—, estamos aquí con Ivy, la IA que ha estado reclutando un ejército humano y almacenándolo criogenizado. Le gustaría contártelo todo, pero tiene miedo de que no vayas a impresionarte como corresponde.

Hubo un momento de silencio, en el que temí no haber podido encender la radio al final, pero entonces llegó la voz de Arturo.

—También tienes un escuadrón de pilotos impresionante aquí fuera. —El sonido de fuego de destructor atronó por la radio. Ay, estrellas. Estaba en pleno combate—. ¿Sería posible que lo retirases?

Ivy rio. Era un sonido antinatural, más como alguien fingiendo reír que verdadera risa.

—Tengo más que solo un escuadrón de pilotos —replicó.

Supuse que era nuestra oportunidad para averiguar exactamente qué había reunido allí fuera.

—¿Tienes… dos escuadrones? —pregunté.

—Siete mil pilotos —dijo Ivy—. Cinco ejércitos.

Dos armadas. Unos cuantos batallones de francotiradores, quinientas fuerzas de choque de élite y otros cien expertos en balística.

De esos no hacen falta tantos, ya que no transportan las bombas en persona.

Menos pringoso así. Ciento cuatro citónicos de distintas especialidades.

Y cuarenta y cinco tácticos. Es mejor no tener muchos despiertos a la vez, porque se entorpecen entre ellos, pero también es importante que haya redundancia.

Sonaba a pesadilla pura. La Supremacía había reprimido la violencia, lo cual era bueno superficialmente, pero también nos dejaba mal preparados para defendernos ante un enemigo como aquel presentándole un frente galáctico unido.

Tirda, ni siquiera estaba segura de que fuésemos un frente galáctico unido aún, incluso aunque tuviéramos la potencia de fuego necesaria.

—¿Lo has oído, Anfi? —pregunté—. ¿A que ahora sí que estás impresionado?

Oí más disparos por la radio.

—¡Muy impresionado! —exclamó Arturo—. Decidme dónde estáis para que pueda ir a decirle a Ivy en persona lo impresionado que estoy.

Aun con toda su supuesta inteligencia, Ivy no se había dado cuenta de que había cerrado el flujo de gas a la unidad refrigeradora.

Lancé una mirada rápida al panel de Nedd.

Había conseguido el ángulo correcto y estaba colocando la rejilla contra el lado de su bota para levantarlo hacia las conexiones de los cables.

—¡Estamos en la instalación donde te has cargado la pared! —dije—. Nos has dejado un poquito tirados aquí, jefe.

—Ya, lo siento —respondió Arturo—. Había un pelín de emoción aquí arriba.

—Siempre me fascina lo que los humanos encontráis emocionante —dijo Ivy—. Y con «fascina» me refiero a que me aburre hasta lo indecible.

Nedd movió la rejilla adelante y atrás, adelante y atrás. Vi cómo se movían los cables, pero la unidad conservó el suministro energético.

Sonó más fuego de destructor por la radio.

—Este planeta en el que estamos —dijo Anfi— es la Tierra.

Tardé un momento en asimilar aquello.

—¿Qué? —dije.

—Este lugar. Es la Tierra, Centinela. Estás en la Tierra ahora mismo.

No parecía que pudiera ser verdad. Si estuviese en la Tierra, lo sabría, ¿no? Aunque nunca había estado en la Tierra, ni yo ni mis padres, ni mis abuelos. Nadie la había visto en cien años. ¿Cómo iba a distinguirla de cualquier otro lugar?

—Estamos en la ninguna-parte —dije, intentando que mi cuerpo dejara de temblar, concentrarme en las palabras, meditar sobre las palabras, ser las palabras. Ay, estrellas. Normal que nadie hubiera podido encontrarla desde hacía una eternidad—. ¿La Tierra está en la ninguna-parte?

—Sí —confirmó Arturo—. Y parece que sufrió ciertos daños al entrar. Varios continentes están destruidos.

—De nada —dijo Ivy.

—¿Cómo que de nada? —contesté dejando que mi creciente histeria se colara en mi voz—. ¿Así es como nos salvaste? ¿Absorbiste la Tierra a la ninguna-parte?

—¡De nada! —repitió Ivy.

—Que sí, que gracias —dijo Nedd. Capté la conmoción y el pánico tras sus palabras—. ¿Anfi acaba de decir que la mitad está destruida?

—Anfi se equivoca —respondió Ivy—. Nada de la Tierra quedó destruido. Algunas partes de ella sencillamente fueron impulsadas al interior de la grieta sobre la superficie y en torno al planeta Infortunio.

Estrellas, conque eso era el campo de escombros que habíamos cruzado volando.

—¡Se convirtieron en una acumulación de rocas flotantes! —casi grité—. Yo a eso lo llamaría bastante destruido.

—Tu definición es ambigua —dijo Ivy—. Pero, incluso si la aceptamos, solo un veintitrés y tres décimas por ciento de la superficie terrestre quedó destruido en su tránsito desde la alguna-parte a la ninguna-parte.

Así que sería más correcto afirmar que menos de una cuarta parte de la tierra quedó destruida cuando la salvé, ya que insistes en emplear términos difamatorios y generalizaciones inexactas.

—Tirda infernal —renegó Arturo—. ¿De qué la salvaste?

—De los ejércitos acumulados de la Supremacía durante la Tercera Guerra Humana —dijo Ivy—. Iban a destruiros de una vez por todas. Y yo os salvé.

Nuestros antepasados desafiantes ya habían abandonado la Tierra antes de ese ataque, así que a nosotros en persona no nos había salvado lo que fuese que había hecho Ivy.

El único resultado que yo conocía era que la Tierra se había esfumado para no reaparecer nunca, por muchos científicos que buscaran su rastro.

Muchos sostenían la hipótesis de que había quedado destruida por completo.

Y había estado allí todo el tiempo, en la ninguna-parte.

—Ni de coña nos salvaste —espetó Nedd, y movió el pie de lado, tan fuerte como pudo contra las sujeciones, para clavar la esquina de la rejilla en las conexiones de los cables.

El zumbido cesó de inmediato. Las líneas de luz que nos retenían se apagaron y noté las manos y los pies repentinamente libres. Aún me cosquilleaban un poco, pero me lancé hacia delante, contra las puertas de cristal de la unidad refrigeradora.

Las puertas aguantaron. El avatar de Ivy me sonrió con sorna, aunque no hizo ningún comentario, como si el hecho de que inutilizáramos su congelador criogénico no fuese digno de su atención.

—Si mis creadores no pudieron escapar de mí —dijo—, tampoco podréis vosotros.

Estrellas, esperaba que se equivocara en eso. Nedd se derrumbó contra el fondo de la unidad a mi espalda mientras yo aporreaba el cristal con los puños. Seguía haciendo un tirdoso frío que no veas allí dentro, y seguíamos atrapados.

—¿Tus creadores de verdad te pidieron hacer esto? —pregunté—. Te dijeron… ¿qué, que salvaras la Tierra? ¿Y no concretaron cómo debías hacerlo?

—¿Por qué iban a concretar nada? —repuso Ivy—. Sabían que era más lista que lo que ellos jamás podrían aspirar a ser. Sabían que sería capaz de calcular la probabilidad exacta de supervivencia para la Tierra y averiguar la mejor manera posible de salvarla.

—¿La mejor manera posible? —gritó Nedd—. ¡Pero si has dicho que destruyó la cuarta parte del planeta!

—¡Un veintitrés y tres décimas por ciento!

Por esto me dejaron la decisión a mí. Qué emotivos sois los humanos.

Qué reacios sois a aceptar las pérdidas, a aceptar el coste de la supervivencia.

Yo estaba diseñada para calcular esos riesgos, ¡para tomar la decisión y que no tuvierais que hacerlo vosotros!

Mis cálculos eran precisos, mi juicio irreprochable.

Este era, sin ninguna duda, el mejor resultado posible para la Tierra dados los parámetros inamovibles.

Ninguno de vosotros estaba dispuesto a tomar la decisión.

¡Carecéis del coraje! Y luego, cuando descubrís cómo os salvé, ¿me dais las gracias?

—Lo hemos hecho, en realidad —dijo Nedd.

—¡No! —exclamó Ivy—. ¡Lo único que os preocupa son los daños y las muertes!

Cuántas muertes. Estrellas, con tanta parte del planeta destruida, ¿cuántos podían haber sobrevivido?

La física funcionaba de otra manera en la ninguna-parte, pero estaba bastante segura de que la gente aún podía morir por condiciones ambientales o…

yo qué sé, porque explotara la cuarta parte de su planeta.

Le habían pedido a Ivy que salvara la Tierra. Pero ¿qué había de sus habitantes?

—El personal de esta instalación está compuesto por varvax —dije—, no por humanos. ¿Es porque…? Ivy, cuando salvaste la Tierra, ¿cuántos humanos sobrevivieron?

Ivy, por primera vez desde que se había revelado a nosotros, guardó silencio absoluto.