43. Sadie #2
Mientras repasaba nuestras opciones, fui consciente de que la unidad entera empezaba a enfriarse.
Se me puso la piel de gallina bajo el traje de vuelo.
Cada inhalación me irritaba los pulmones, así que supuse que el gas contenía algún compuesto que impedía que nuestras células se expandieran y quedaran destruidas al congelarnos, pero no era una sensación agradable.
—No hemos venido para atacarte —dijo Nedd—.
Si disparamos sobre tus naves fue solo porque ellas nos atacaron primero.
Te mentimos sobre que éramos de la Supremacía.
Solo estamos aquí para encontrar a otros humanos, ¡y lo hemos hecho!
Así que no tienes por qué preocuparte por nosotros.
Puedes dejarnos marchar. No hay por qué estar enfrentados.
No tenía ninguna arma con la que reventar el compartimento, ni tampoco podía darle un puñetazo o una patada.
La única herramienta que tenía disponible era la media rejilla que había sacado.
No quería hacer nada que atrajese la atención de Ivy sobre el hecho de que la había abierto, así que retiré el pie muy muy despacio, dejando que la rejilla se deslizara más por el suelo centímetro a centímetro, revelando más del compartimento al moverse.
—Quiero creerte —dijo Ivy—, pero tus amigos acaban de cruzar volando mi incubatorium con un caza estelar. ¿Sabes lo valiosas que son las paredes?
—Hum —respondió Nedd—, esa pared estaba hecha de ladrillo, ¿verdad? Así que la respuesta es… ¿no mucho?
Allí, por la parte de arriba del compartimento, distinguí un panel con varios botones e interruptores.
Si torcía un poco la tapa del hueco, quizá sería capaz de meter la esquina superior en ángulo para apretar algunos botones.
No tenía forma de saber cuáles hacían qué, y cualquier cambio brusco podría echarnos encima a los varvax.
Pero tampoco sabía qué otra cosa hacer, así que tenía que intentarlo. Moví el pie hacia atrás, poniendo en ángulo la rejilla, intentando situar la esquina superior donde debía.
—¡Depende de lo abundantes que sean los ladrillos en tu entorno actual!
—exclamó Ivy—. ¡Oferta y demanda! Pero, incluso si os perdono la destrucción de mi pared, aún queda el hecho de que básicamente habéis entrado en mi casa y habéis atacado a mis niños con un arma de guerra.
Y eso no es precisamente un comportamiento muy amistoso, ¿verdad que no?
¿Sabéis lo que me dice ese comportamiento de vosotros?
Nedd y yo cruzamos la mirada.
—¿Qué? —preguntó él.
—¡Me dice que sois exactamente la clase de personas que necesitan mi protección! Los humanos afrontáis muchísimas amenazas. Está la Supremacía, por supuesto, pero ¿sabéis cuál es la mayor amenaza de todas?
—¿Nuestros minúsculos cerebros? —aventuró Nedd.
—Casi, pero vuestros cerebros no son la única parte de vosotros que se falla a sí misma.
—Menos mal que te tenemos a ti para cuidarnos —dije.
Ahí lo tenía. La esquina de la rejilla ya apuntaba hacia el panel. Como no sabía lo que hacía ningún botón, me daba igual cuáles pulsar. Pasé los dedos de los pies a la parte de abajo de la rejilla y apliqué presión, de forma que la esquina superior cayera lentamente sobre el panel de botones.
—Pues sí —contestó Ivy—, menos mal.
Al otro lado de la ventana, los equipos de varvax recorrían el almacén despertando a un banco de humanos tras otro y equipándolos para la batalla.
—¿De verdad están listos para pelear? —pregunté—. Parecen un poquito confusos.
Un botón se hundió, pero no pareció que sucediera nada. Moví el pie para deslizar la rejilla un centímetro de lado.
—La desorientación tarda poco en pasarse —dijo Ivy—.
Es normal que se sientan un poco indispuestos al despertar.
¡Algunos llevan siglos inconscientes! Y estar desorientados ayuda a que comprendan sus instrucciones.
Son menos propensos a cuestionar la tarea si se les asigna en los primeros minutos después de que despierten.
Ivy quizá no respondiera bien a la indulgencia, pero desde luego le gustaba hablar de sí misma y de sus brillantes planes.
Oí un leve raspar al otro lado del refrigerador. Nedd se quedó muy quieto y yo fijé la mirada al frente hasta que él habló de nuevo.
—Dices que quieres proteger a los humanos y que necesitamos que nos salves. Pero estás tratando a la gente de ahí abajo como engranajes de una máquina, y utilizándolos para destruir a otros humanos. Eso es una traición a todo lo que dices representar.
Disimulé una mirada rápida hacia la rejilla del lado de Nedd. Había maniobrado su mitad de forma muy parecida a la mía y estaba intentando meter la esquina en una maraña de cables, justo en el punto por el que se conectaban al panel eléctrico.
Quise darle la enhorabuena, pero estaba claro que eso tendría que esperar.
—Mi ejército no es una máquina —restalló Ivy, sonando enfadada por primera vez. Estaba claro que Nedd había metido el dedo en la llaga.
—Era una metáfora —dije—. Sabes lo que es una metáfora, ¿verdad?
—Podría recitaros la lista alfabética de los once millones quinientas noventa y ocho metáforas más utilizadas por vuestra especie —contestó Ivy—. ¡Os creéis muy originales, pero algunas de esas metáforas tienen su uso registrado decenas de millones de veces!
Eso se llamaba esquivar la cuestión. Estaba bastante convencida de que Ivy solo estaba escupiendo datos para sonar lista, lo cual era una maniobra clásica de distracción. Si no necesitáramos seguir congraciados con ella, podría haberlo señalado.
Volví a hacer presión sobre el panel, apreté otro botón y esa vez el gas dejó de salir por el conducto.
Eso nos ganaría algún tiempo, como mínimo. Ya solo teníamos que averiguar cómo desactivar las sujeciones y el mecanismo de enfriamiento, para no morir congelados.
Moví las caderas, zarandeé la radio en mi cinturón y extendí los dedos hasta que llegué con la mano atada al botón de respuesta en el aparato.
Si no conseguíamos inutilizar la unidad criogénica a tiempo, al menos estaríamos preparados cuando Arturo volviera a intentar contactar con nosotros.