Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 43. Sadie
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43. Sadie

Sadie

—¿De nada por qué? —pregunté a Ivy—. ¿Por encarcelarnos?

—Por salvaros —dijo Ivy, como si fuera una obviedad.

Estaba empezando a pensar que quizá sus datos de bancos se hubieran corrompido.

—¿Es lo que es esto? —pregunté, levantando la barbilla hacia las puertas de cristal del refrigerador.

El aire entraba por una rejilla en la pared, oliendo un poco parecido a los disolventes que usábamos para limpiar nuestros cazas estelares. Estrellas. Los productos químicos que planeaban inocular en nuestros cuerpos en preparación de que los congelaran ya estaban llegando por esa rejilla.

—¡Os he salvado a todos! —exclamó Ivy, sin contestar en realidad a mi pregunta—. Y de veras que lo he hecho con muchísimo gusto. Lo digo desde el fondo de mi corazón.

Quizá fuese mejor seguirle el juego.

—¡Gracias! —dije—. ¡No sabes cuánto te agradecemos que nos hayas salvado! Y has sido de lo más efectiva haciéndolo, además. Ya estamos todos salvados. Así que, si no te importa, nos gustaría ir marchándonos…

Moví muy poco a poco el pie hacia la rejilla, tensando las sujeciones que me retenían contra el fondo del refrigerador. Si movía los dedos de los pies, quizá podría deslizarlos hasta el borde de la rejilla, pero no tenía alcance para hundirla de una patada.

—¿Y cómo pensáis mostrarme vuestra eterna gratitud? —preguntó Ivy.

Lancé una mirada de alarma a Nedd, que levantó los hombros como diciendo: «La brillante idea de darle las gracias a esta inteligencia artificial demente ha sido tuya».

Le devolví una mirada que confiaba en que respondiera: «Si no vas a ayudar, no tienes derecho a ponerte criticón».

Pensé que mi mensaje había llegado, porque Nedd abrió la boca.

—Pensábamos que bastaría con darte las gracias.

La IA hizo un ruido contrariado, pero entonces llegaron chillidos desde el almacén.

A través del cristal del refrigerador y de las ventanas que daban al enorme espacio, vimos cómo un caza estelar de la FDD cruzaba volando el portal a la ninguna-parte y seguía directo hacia la pared del almacén.

El Dulo salió a través de la pared y siguió volando, desapareciendo otra vez del almacén hacia el cielo de fuera.

Allí se veían otros edificios como el que ocupábamos, formando hileras y más hileras.

Parpadeé.

¿Quién había sido? ¿Gilaf? ¿Alanik? ¿Arturo?

—Esa era otra forma de entrar —dijo Nedd.

Estrellas, ¿cómo de mal se habían puesto las cosas ahí fuera para que un miembro de nuestro escuadrón hubiera hecho pasar una nave por ese portal?

—Pues sí —respondí.

Al momento, la radio de mi cinturón cobró vida con un chisporroteo.

—Nedder —dijo Arturo—, Centinela. ¿Estáis ahí? ¿Me recibís?

Intenté estirar la mano hasta la radio para apretar el botón y responder, pero estaba justo fuera de mi alcance.

Tirda. Tenía que haber alguna forma de contestar al mensaje. Nedd y yo nos quedamos mirando el agujero en la pared del almacén, como animando a Arturo a volver.

No lo hizo.

—Supongo que eso no era nuestro rescate, entonces —dijo Nedd.

—Es posible que estéis sufriendo alguna pérdida de memoria —intervino Ivy—. Como os he expresado con toda claridad, ya estáis salvados. Por mí.

Ah, claro.

—Si ya estamos salvados —replicó Nedd—, ¿por qué quieres almacenarnos?

—Me limito a protegeros de las consecuencias de vuestra propia ignorancia —dijo Ivy en tono imperioso—. Muchos miembros de vuestro pueblo no parecen comprender que los he salvado. ¡Ni siquiera las personas que me programaron regresaron jamás para mostrarme su agradecimiento! ¿Os lo podéis imaginar?

Me pregunté qué les había pasado a esas personas y si había tenido algo que ver con que Ivy las encadenara. Pero no creía que decirlo fuese a ayudarnos a salir de allí, que tenía que ser nuestra prioridad absoluta.

Mientras Ivy hablaba, doblé el pie arriba y abajo, haciendo caso omiso al cosquilleo para meter los dedos bajo el borde de la rejilla.

No había tornillos visibles en la parte de fuera, lo cual era prometedor.

Aparte de oler fatal, el gas que emanaba de la rejilla estaba empezando a hacer que me ardieran los pulmones.

Supuse que no nos mataría, si el objetivo final era tenernos congelados y preservados, y actuaba despacio, quizá para no matarnos en el tránsito al criosueño.

Pero, aun así, quería dejar de respirarlo cuanto antes.

—Y a todos esos luchadores de ahí fuera… —dijo Nedd—. ¿A esos los has salvado también?

—¡Por supuesto que sí! —exclamó Ivy—. ¿Sabéis lo que me habrían hecho esos alienígenas de la Supremacía si hubieran descubierto a qué me dedicaba aquí? He salvado a toda esta gente de ellos. ¿Querríais saber a cuántos?

Oh, estrellas. Ivy se había apropiado de la estación que vigilaba la reserva humana y había convencido a los varvax de allí para trabajar con ella en vez de con su propio gobierno.

—¿Un par de cientos de miles? —estimó Nedd.

—Casi cinco millones —dijo Ivy.

Estrellas, ¿cómo de grande era su operación, si había conseguido recolectar a cinco millones de humanos? ¿Cuántos otros planetas había como Infortunio, y cuánto tiempo llevaba aquello en marcha? Harían falta muchas menos de cinco millones de tropas para arrasar Epifanía. Teníamos que avisarlos.

Redoblé mis esfuerzos, moviendo los dedos de los pies bajo el borde de la rejilla.

Era difícil saber si se movía llevando la bota puesta, pero me dio la impresión de que cedía un ápice cada vez que flexionaba los dedos.

A no ser que Ivy tuviera una cámara apuntada directamente a mis pies, no sería capaz de ver lo que estaba haciendo fuera del marco de las puertas del refrigerador.

Nedd pareció haberlo captado, porque giró también su bota hacia la rejilla desde su lado de la unidad refrigeradora e hizo que Ivy siguiera hablando.

—¿Por qué entrenas a los gladiadores de Infortunio contra vástagos? —preguntó—. ¿Por qué utilizar látigos de luz y lanzas electrificadas?

—He entrenado a guerreros en todas las especialidades —dijo la IA—.

Incluso yo, que puedo predecir las probabilidades con una precisión de la centésima parte de un percentil, no sé exactamente qué desenlaces posibles van a materializarse.

¡Así que planifico para todos ellos! ¿Sabéis cuánta coordinación ha requerido eso?

¿Cuánto esfuerzo? ¿Cuánto cariño y atención ?

¡Y solo tenía a varvax para ayudarme! Han estado a punto muchas veces de revelar mis planes a la Supremacía.

Debieron de localizarnos hará como un mes, porque un buen día, ¡la mitad de nuestros taynix desaparecieron sin más!

Solo conservamos los que estaban bajo mi protección aquí dentro.

Ah, conque así era como Ivy había conservado a los taynix. Los que controlaba ella habían estado en la ninguna-parte cuando los zapadores liberaron a las babosas cautivas de la Supremacía.

Sí, estaba claro que la rejilla se movía bajo los dedos de mis pies. Intenté superar el entumecimiento y rotar el pie tanto como pude.

La mitad de la rejilla se deslizó fuera de su hueco y quedó apoyada en mi pierna.

Con mucho cuidado, la moví de vuelta contra la pared, donde se quedó erguida, tapando la mayoría del hueco.

Por la rendija que quedó en la parte de arriba vi que dentro había tubos, conectados a cartuchos que contenían distintos líquidos, todos etiquetados en un idioma que no sabía leer.

—¿Cómo te ocultas de los zapadores aquí dentro? —preguntó Nedd, con la punta del pie bajo su mitad de la rejilla, meneándola para aflojarla.

—Ah, ¿de ellos? Nunca abandonan el centro de este dominio.

Y este dominio ni siquiera debería tener un centro, ¿lo sabíais?

No existe centro alguno en el espacio infinito.

Sin embargo, aquí en la periferia, solo es cuestión de combar un poco la curva infinita del tiempo y ¡pum!

Ya tienes una bolsa en la que nadie podrá encontrarte.

Desde luego, ellos no. Tampoco es que vayan a sacar la cabeza de las interminables arenas del espacio-tiempo para venir a mirar qué pasa.

—Ya, ya —dijo Nedd—. Eso lo aclara todo.

—¡Pero los varvax…! —continuó Ivy—. ¡He tenido que estar vigilándolos a cada minuto, solo para evitar que lo echaran todo a perder! ¿Podéis imaginaros lo mucho que he sufrido?

—Uf —dijo Nedd—. Sí que suena horrible.

Sacó la cubierta del compartimento por su lado y el zumbido de la unidad refrigeradora se oyó más alto.

Había piezas electrónicas en el hueco, piezas que hacían funcionar la unidad.

Si conseguíamos dañar lo que hubiera ahí dentro, quizá podríamos desactivarlo por completo, y eso también debería apagar las líneas de luz que nos retenían.

Pero no lograba levantar el pie lo suficiente para dar una patada dentro de la rejilla, y mis manos seguían muy bien atadas.

—No es que sea una carga vigilar —explicó Ivy—.

Tengo subrutinas que se ocupan de eso. Apenas afecta a mi capacidad de procesamiento; es un esfuerzo tan nimio que casi no puede medirse.

Pero ¿tener que interactuar con unos varvax, con sus mezquinas preocupaciones y sus frágiles cuerpos? Es casi insultante.

Yo no era precisamente una admiradora de los varvax, después de lo que le habían hecho a Detritus, pero hasta yo me ofendí un poco en su nombre.

—¿Y qué harás con la gente, ahora que la has salvado? —preguntó Nedd.

El avatar de Ivy lo miró con expresión consternada, como una madre molesta con el hijo que le ha hecho la misma pregunta por centésima vez. Habló muy despacio, como si pudiera costarnos entender sus palabras.

—Voy a protegerla. Creía que ya lo había dicho.

—Y es verdad —respondió Nedd.

—Ya sé que lo es. Tengo un banco de datos que lo registra todo. Estoy tomando nota de este diálogo en concreto, de modo que, si sientes la necesidad de preguntar lo mismo otra vez, puedo limitarme a reproducírtelo. Porque me importa.

—No va a dejarnos marchar —dije—. Moriremos aquí.